Remo Erdosain Estamos tomando el habitual café de la mañana. Algo desganados, como si los vapores de las fiestas nos hubieran adormecido, conversamos con tonos de voces bajos. El 2013 se puso en marcha y, más allá de los buenos deseos, para todos nosotros el futuro sigue siendo una incógnita. -Yo no creo en estas ceremonias de las fiestas dispara Marcial. -En realidad vos no creés en nada responde José. -Por lo menos no creo en lo que vos creés- contesta Marcial en voz baja. -Creer o no creer es lo que menos importa en estos casos digo- porque lo cierto es que desde tiempos inmemoriales los hombres celebran el fin de una estación o el inicio de otra. O el fin de un año y el inicio de otro. -Yo no le veo ningún significado insiste Marcial- los problemas que tenía el 30 de diciembre no son diferentes de los que tengo el 2 de enero. -La vida es algo más que la enumeración de problemas acota Abel con cierto tono filosófico. -¿Será así? pregunta Marcial. -¿Acaso te cabe alguna duda? repregunta Abel. -No una, sino muchas. Pero para no hacerla larga, díganme que más hay en la vida que no sean los problemas y los logros reales. -Yo podría decir la espiritualidad, amar a una mujer, querer a los hijos. Cualquiera de esas cosas son decisivas en la vida y no son mensurables materialmente -puntualiza José. -Agrego algo más digo- el hecho de reunirnos a perder el tiempo en este café es una prueba de que en la vida hay algo más que hacer plata. -Puede ser responde Marcial poco convencido, para después agregar- pero estábamos hablando de las fiestas y yo decía que me parecen innecesarias, tontas, miles y miles de personas reunidas para comer hasta hartarse y beber hasta quedar borrachos. Yo no le veo la gracia a hábitos que con un mínimo de racionalidad serían calificados de salvajes. -No todos hacen lo mismo afirma Abel. -Son las excepciones -señala Marcial. -Vos no mencionás, además, las fechas religiosas, concretamente la Navidad. -No soy creyente y, por lo tanto, no me meto con esa fecha. Creo que toda persona tiene derecho a celebrar su religión como mejor le parezca o como lo manden sus normas. De todos modos, la pregunta que les hago a ustedes que son creyentes es la siguiente: ¿Realmente existe hoy algún cristiano que celebre la navidad como Dios manda? -Por supuesto exclama José. -Yo no estoy tan seguro responde Marcial. -¿Y por qué esas dudas? pregunta Abel. -Por lo que veo. Sencillamente por eso. A mi las fiestas de Navidad me recuerdan más a las festicholas de los tiempos paganos que a una celebración religiosa que se debería distinguir por su ascetismo, moderación y sobriedad. -Seguís generalizando -reprocha José. -Generalizo porque los comportamientos son generales. Yo lo que veo son multitudes que compran comida en los supermercados, heladeras desbordadas de comida, mesas servidas hasta el hartazgo y bebida, mucha bebida. ¿Qué tiene que ver eso con el nacimiento de Jesús?- pregunta Marcial y le hace señas a Quito para que le sirva otro té. -Yo creo que a pesar de todo es un día de reflexión, de fe y de agradecimiento insiste José. -Si lo es, lo disimulan muy bien refuta Marcial. -Además no sé qué es lo que hay que agradecer. -Agradecer que estamos vivos, por ejemplo. -También son días de balance digo-, momentos en que reflexionamos acerca de nuestra vida, de lo que hicimos bien y mal, de lo que nos falta hacer. -Todo muy lindo y conmovedor, pero no lo creo refirma Marcial. -¿Y se puede saber por qué no creés? pregunta Abel. -Respondería a tu pregunta diciendo: porque no soy creyente. Pero te voy a dar otro tipo de respuesta. Y lo voy a hacer a través de un ejemplo. Mi amigo Roberto es contador y me dijo el otro día, que él no creía en los balances porque vivía de los balances. Y cuando le pedí que me aclarara lo que acababa de decir, dijo: Todos los balances están “tocados”, acomodados, en definitiva son una mentira, a veces una mentira menor, a veces una mentira enorme. Esos son los motivos por los que no creo en esos juegos de introspección, en esas reuniones de corazones abiertos. Siempre generalizás y te vas por las ramas observa José-. Yo a las fiestas las disfruto y las disfruto sin atormentarme con los reproches. Me gusta esta tradición, es la misma que practicaban mis vieios y mis abuelos. Y me gusta que mi familia esté en la mesa después de haber ido a misa y hasta me gusta el cuento del Niño Dios y los Reyes Magos. -Eso no me extraña apunta Marcial- vos toda tu vida has sido un gran consumidor de cuentos. -No sé lo que querés decir responde José algo amoscado. -Lo que escuchaste aclara Marcial. -Vos podrás decir lo que mejor te parezca interviene Abel-, pero a mí las fiestas me gustan. Me gusta todo el ritual, el religioso, el de la familia, el de los amigos, los brindis a media noche, la música navideña, las cañitas voladoras y los cohetes, a todo eso lo asocio con mis mejores recuerdos de la infancia. -Está claro que es una evaluación infantil -observa Marcial con su inefable sonrisa. -lo que pasa es que vos sos un amargo. acusa José-, y no te alegrás por nada, nada te entusiasma, nada te hace feliz. -No estés tan seguro -responde Marcial. -A vos la felicidad no te importa acusa Abel- a vos te importan los números, las cifras, tus propiedades, eso es lo único que te hace feliz. -No es así contesta Marcial moviendo pensativamente su cabeza-, no es así. Yo creo en la felicidad y en los buenos momentos. Lo que pasa es que mi felicidad no es la misma que la de ustedes. Yo para ser feliz no necesito emborracharme. O comer hasta quedar tirado en el suelo. Eso no es felicidad, eso es embrutecimiento o, como diría mi amigo Erdosain, un acto de alienación. -Vos sos incapaz de disfrutar de las cosas simples -acusa José. -Largá otra frase parecida y ya tenemos una canción de Pimpinela. -Por lo menos son más vitales que vos. -Los vitales son ellos. Vitales para cobrar, cobrarles a los giles como vos que consumen esas bazofias. -¿Y se puede saber que consumís vos? -Pimpinela seguro que no -responde Marcial. -Está bien, está bien digo-, creo que discutiendo como lo estamos haciendo no llegamos a ningún lado. -Es lo que pasa habitualmente en esta mesa observa Marcial. -Estábamos hablando de las fiestas digo, como si no lo hubiera escuchado-, estamos hablando de las fiestas y de la posibilidad de pasarla bien en estos días. -Eso es lo que me molesta exclama Marcial. -¿Qué es lo que te molesta? pregunta José algo impaciente. -Me molesta vivir la felicidad por decreto, que me digan que para tal día que tengo que estar contento y satisfecho. La felicidad para mi es una cosa demasiado importante como para hacerla depender del almanaque. Por el contrario, yo elijo el lugar, el día y la y la hora para celebrar con mis amigos. -No comparto contesta Abel.





