Cecilia Moscovich Foto: ARCHIVO el litoral

Por Estanislao Giménez Corte

Cecilia Moscovich Foto: ARCHIVO el litoral
El libro cuenta con ilustraciones de Mónica Weiss y fue elegido por un jurado integrado por Mario Lillo, Graciela Perrone y Karina Fraccarolli. Foto: ARCHIVO el litoral
-Vos sabés que siempre me costó pensar en los escritores que leo como “influencias”. Yo creo que con los escritores pasa como cuando uno se enamora o cuando pega onda con los amigos. A mí al menos me pasa así. De pronto descubrís un tipo o una mina (que capaz se murió hace varios siglos, o capaz está vivo) con el cual compartís una sensibilidad y te conmueve su manera de ver y nombrar el mundo. Yo me enamoro de los escritores, y soy tan mala lectora que casi no puedo leer a alguien que no me enamore, aunque sea buenísimo, es como que no me banco las medias tintas para ponerme a leer. Me cuesta mirar la literatura como un artefacto y una serie de procedimientos, que sin duda eso también es lo que es. Supongo que varias veces he vuelto a los escritores que me enamoraron para ver cómo resolvieron ellos alguna cosa, y supongo que a eso se le puede decir influencia, pero la lista es larga y heterogénea, y en ella la mayoría no son de literatura infantil: desde Bradbury a Lorca, y pasando también por Claire Keegan, Jack London, el Hemingway de “El Viejo y el mar”, los poemas de Carver, Calveyra, la grossa de Hebe Uhart, Selva Almada, hasta Stephen King. De literatura infantil vos sabés que hay pocos que me enamoren; en poesía, obviamente, María Elena Walsh, y una mina injustamente poco conocida pero que era una maga con las palabras, Edith Vera. De narrativa yo sé que suena re anacrónico, pero me siguen conmoviendo los relatos para chicos de María Granata y Juana de Ibarborou que leía cuando yo era chica. Y ahora hay un montón de libros para chicos, libros álbum, libros increíbles donde va asociada la ilustración y la palabra, pero donde el texto por lo general es corto o casi inexistente; y de esos hay un montón que me vuelan la cabeza: por nombrarte algunos Isol, Mandana Sadat, Satoshi Kitamura, Anthony Browne, María Wernicke. Pero yo creo que si uno les preguntara a ellos si se consideran ilustradores o escritores, te dirían que son ilustradores.
-¿Cómo podrías sintetizar el argumento de “La llamarada verde”?
-Es sobre una nena en Brasil, en Pernambuco, que se enamora de los gitanos y se escapa al campamento de éstos, establecido en el campo de su padre, tantas veces como puede. Y bueno, cuenta todas las cosas que ese encuentro despierta en ella.
-¿Qué destacó el jurado de tu trabajo?
-Lo que más me ponderaron quizá fue el lenguaje poético con el que, según dijeron, está escrito. También destacaron la originalidad de la historia y la diversidad cultural que se veía representada. Pero odiaría que la novela se leyera en clave “es una novela sobre la diversidad cultural”. Siempre detesté esos libros para chicos que se escriben a propósito para un “tópico”: me parecen la antiliteratura. La diversidad cultural que aparece en el libro es la diversidad de la vida, y la diversidad de Brasil, un país que amo. Pero la historia es la historia de un encuentro muy poderoso como podría haber sido cualquier otro encuentro, aunque no sea “entre diversos”. También le gustó al jurado que en la novela aparece fuerte la escritura y la lectura como ocasiones poderosas para dejar marcas, transformarse, y para abrir el mundo.
-¿Qué otros proyectos relativos a la literatura estás trabajando a futuro?
-Este año sale publicado por Editorial Uranito (Buenos Aires) un libro de cuentos infantiles mío. Y la editorial de la UNL tiene también pendiente publicar una serie de libros de literatura infantil, que son parte de un proyecto que presentamos con otros colegas escritores e ilustradores de la ciudad. Por otro lado, estoy trabajando sobre una serie de cuentos para chicos o jóvenes.