Rogelio Alaniz
La pregunta está instalada. Gobernantes, intelectuales, académicos, reflexionan sobre el tema. Y como suele ocurrir en cuestiones trascendentes, las respuestas son diversas y no bien se presta atención a los argumentos, todos parecen tener una cuota de verdad. Esto quiere decir, por lo tanto, que no hay respuestas sencillas y mucho menos soluciones sencillas. Tampoco hay margen para presentar los hechos con los tonos del blanco y el negro. Quienes se pronuncian a favor de la legalización de las drogas, aseguran que si ello se cumpliera, en poco tiempo se reduciría el delito y el consumo; quienes se oponen, afirman todo lo contrario: más legalidad es más consumo y más crimen.
¿A quién creerle? Otra pregunta difícil de responder. Planteamos en principio que el problema existe y las diferentes iniciativas que se han tomado para luchar contra el narcotráfico y el consumo de drogas, han fracasado. Esa sensación de fracaso es la que autoriza los reclamos de los partidarios de la legalización. Economistas como Milton Friedman, escritores como Vargas Llosa, se suman a esa posición y lo hacen con argumentos brillantes, aunque, como se sabe, la experiencia enseña que los argumentos brillantes no siempre suelen ser los verdaderos o los más justos. Su brillo no es sinónimo de verdad; en muchos casos, es el producto de la habilidad para presentar una idea. Por lo tanto, más allá de la retórica, lo que importa es hacer un esfuerzo para tratar de entender la calidad del problema o, para ser más precisos, de los problemas que se deben afrontar.
En primer lugar, está el tema del narcotráfico con sus negocios multimillonarios, sus crímenes feroces y su capacidad para corromper al sistema político y a la propia sociedad. En segundo lugar, están las víctimas de las drogas, las que mueren con el cerebro, el hígado o los riñones destrozados por los tóxicos; después están los que se precipitan al robo y al crimen para conseguir las dosis necesarias.
Conectado con este tema, deberíamos agregar la responsabilidad de una sociedad y un gobierno con sus ciudadanos, porque alguien en nombre de la libertad muy bien podría decir que quien desea destruirse a través del consumo de drogas, que lo haga. Esa repuesta, supuestamente liberal, pero con ciertas resonancias cínicas, no puede ser aceptada por un Estado que se diga responsable y que defienda algunos principios constitutivos de la condición humana.
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La vuelta al mundo
¿Legalizar las drogas?
Por Rogelio Alaniz

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