Natalia Pandolfo
Migraciones
Migré es sinónimo de tardes y noches de millones de argentinos paralizados frente al televisor, durante años.
Migré define con su nombre un modo de pararse frente al mundo. “Parece una de Migré”. “No me vengas con una de Migré”. Migré, pretérito del verbo migrar, transitó el camino del éxito saltando permanentes bombardeos de desprecio.
Un recuerdo fuerte une a Alberto Migré con algún registro de mi memoria: la canción del Paz Martínez en “Una voz en el teléfono”, Carolina Papaleo y Raúl Taibo, el regreso de la escuela, la leche, las masitas, el tele prendido y el gancho imposible de esquivar: “¿Qué pasará porque esta vez no me llamó?”.
Liliana Viola, la autora de este libro que contiene tantas historias, tantos entramados de lectura que sería imposible resumir en dos o tres líneas, dijo en una entrevista en Página 12 una frase sobre Alberto Migré con la cual me identifico: “No lo conocí ni fui fanática, pero tengo la sensación de extrañarlo”.
Migré forma parte del inconsciente colectivo argento porque, como reza el subtítulo de este libro, revolucionó la educación sentimental del país.
Hay una frase de Manuel Puig que también se rescata en el contexto de este libro y que traigo a colación, porque creo que abre la puerta de un camino que, de otro modo, nos estaría vedado: Dice: “Tengo el temor de que las formas cultas del arte hayan ejercido una grave represión, y que haya oportunidades fascinantes dentro de las expresiones condenadas y descartadas”.
La de Migré fue una expresión condenada. Sin embargo, superado el prejuicio y leyéndola, como la lee Liliana, como un fenómeno social de la magnitud que alcanzó, podemos ver que ofrece lecturas múltiples y profundas sobre la historia del país, sobre la represión de los ‘70 en el plano de lo simbólico, sobre el rol de las mujeres a lo largo de las décadas.
Migré, en su universo complejo y fascinante, ubica en la pantalla conflictos y modos del ser nacional que atraviesan clases sociales, generaciones, ideologías.
Por ejemplo, en “Rolando Rivas, taxista”, la novela que marcó el antes y el después en su corpus de producción, hay una escena donde la mejor amiga de Mónica (Soledad Silveyra) trata de convencerla para que no se haga un aborto. Entre las razones que enumera, le dice que lo más hermoso que le puede pasar a una mujer es darle un hijo a su esposo. Le dice que la maternidad te completa. Esas cosas. Entonces, Mónica le pregunta: “¿Y eso quién lo dice?”, “Ay no sé -dice la amiga-, ahora no me acuerdo si fue Simone de Beavouir o Mirtha Legrand”.
Cuarenta y cinco años después todavía no hemos logrado que algunos dirigentes políticos comprendan este mensaje que Migré tiraba sobre la mesa familiar, allá por el año 1973.
En otra de sus novelas emblemáticas, “Piel naranja”, el asesinato de sus protagonistas (Arnaldo André y Marilina Ross) implica una ruptura respecto del contrato de final feliz con el público. Es justo en los años previos a la dictadura; como si en algo pudiera el autor advertir la manta oscura que se empezaba a extender sobre el país.
En fin, cada página de este libro nos devuelve algo del modo en que fue construido simbólicamente nuestro imaginario colectivo. Sin etiquetas, sin concesiones, mostrando al personaje bajo un prisma que todo lo abarca: su soberbia y sus caprichos, sus obsesiones, sus miedos, su modo de narrar.
La reconstrucción que hace Liliana de la vida y de la obra de Migré, a través de testimonios orales y escritos, constituye una obra que vale por lo que cuenta pero también por lo que sugiere. No hay un cierre, un modo unívoco de abordar al protagonista. Migré es, en este texto, el personaje de su propio libreto.
Cada capítulo atrapa por su riqueza de elementos, por los quiebres en el relato, por la cantidad de información que brinda. Migré, el que enunció los amores y desamores de generaciones enteras, migra en este trayecto que propone Liliana hacia un lugar en el que los reflectores lo alumbran desde todos los lados. Cada capítulo abre puertas a lo incierto, el punto final no es opción. Como en toda buena novela.
(*) A propósito de “Migré. El maestro de las telenovelas que revolucionó la educación sentimental de un país”, de Liliana Viola.
Migré, en su universo complejo y fascinante, ubica en la pantalla conflictos y modos del ser nacional, que atraviesan clases sociales, generaciones, ideologías.
Cada página de este libro nos devuelve algo del modo en que fue construido simbólicamente nuestro imaginario colectivo. Sin etiquetas, sin concesiones, mostrando al personaje bajo un prisma que todo lo abarca: su soberbia y sus caprichos, sus obsesiones, sus miedos, su modo de narrar.
Un recuerdo fuerte une a Alberto Migré con algún registro de mi memoria: la canción del Paz Martínez en “Una voz en el teléfono”, Carolina Papaleo y Raúl Taibo, el regreso de la escuela, la leche, las masitas, el tele prendido y el gancho imposible de esquivar: “¿Qué pasará porque esta vez no me llamó?”.







