Foto: Archivo El Litoral

No hay palabra más dulce que mamá. No hay palabra más infantil que mami. No hay palabra más tierna que viejita. No hay palabra más compinche que vieja. No hay palabra más sublime que madre, tan fuerte.

Foto: Archivo El Litoral
Natalia Pandolfo
No hay palabra más dulce que mamá. No hay palabra más infantil que mami. No hay palabra más tierna que viejita. No hay palabra más compinche que vieja. No hay palabra más sublime que madre, tan fuerte.
La acunamos en el pecho, casi al mismo tiempo que los primeros latidos. La aprendemos primero, la decimos mil veces, la invocamos, la usamos de escudo, recurrimos a ella tanto. Mi mamá no me deja. Dijo mi mamá. Le voy a contar a mi mamá.
La ponemos tan arriba y luego la hacemos bajar, despacito, paso a paso, hasta ubicarla a nuestra altura. La observamos de un costado, la miramos de reojo, le acercamos reflectores. La deletreamos, la separamos en sílabas, le descubrimos fallas. Estudiamos su cadencia, vemos sus modos, denunciamos su manera de manipular, de organizar, detectamos con enojo sus lados más oscuros, los llevamos a un diván, los analizamos, los vemos tan claramente, indignados, espantados.
Descubrimos luego, para nuestro horror, esos mismos modos reproducidos hasta el infinito en nuestros mecanismos, como un calco o una pesadilla o una plaga bíblica.
Nos juramos trabajar duramente para no caer en la tentación de repetir, dios nos libre. Nos descubrimos inmersos en ese mecanismo como un actor con un traje ajeno del que no puede despegarse.
Ponemos la carne al asador y los dedos en la llaga, nos desentrañamos como se desarma una madeja enredada, intentamos no perdernos el hilo, no caer en el enredo, desactivar la trampa.
Nos juramos, en el altar de nuestra conciencia, encender luces amarillas toda vez que algún atisbo de repetición asome en el horizonte. Como si fuera realmente posible hacer foco en algún horizonte, como si los recovecos de la vida vinieran con manual de uso.
Y así, entre el amor infinito y la observación cruda, llega un día en que la luz del sol ya no enceguece. Entonces, cuando algunos rayos van dejando de atravesarlo todo con su haz; cuando alguna hoja se va amarilleando y besa el piso, decidimos que ya es hora de bajar los reflectores, de darle reposo al dedo índice, de sonreír abatidos -¡resignados jamás!- ante la repetición y la fe que la empecina.
Decidimos que ya es hora de volver a acunar esa palabra y lograr con ella una caminata de ritmos parejos, tratando de no tropezarse con el palito de la idealización, pero intentando acompasar el paso.
Y entonces, volvemos a pronunciarla y la sentimos de otro modo, la abrazamos desde otro lugar, la miramos a los ojos, nos reconocemos en esos ojos, medimos la distancia pero también medimos, en esa especie de balanza, el amor o como sea que se llame ese vínculo primero, esa conexión milagrosa con la vida. Entonces, volvemos a decir mamá: finalmente, la lucha cuerpo a cuerpo se convierte en abrazo, otra vez. Mamá ya no con el peso de esas emes, ni tampoco con la pureza de esas aes. Mamá con sus montañas altísimas que elevan y con sus aes redondas, que cobijan. Mami, como si se pudiera volver. Vieja, que te bancás ésta y muchas más. Madre, imperfecta y sublime.