

Natalia Pandolfo
Y un día, como por arte de magia, se abren esas puertas que siempre viste de afuera, desde un asiento del Etacer o del Fluviales que te traían de vuelta de la facultad, y alguien -por curiosidad o por intuición o por solidaridad o por empatía- te dice dale, pasá; y entrás, ese verbo que creías imposible, y sentís esa mezcla de olor a tinta y a café y a pucho y sabés que es ahí, es en ese lugar adonde querés estar; y te presentan a uno, y después a otro y a otro, y todos se te ocurren importantes, inabordables, y sentís que no sos digna; y de repente estás detrás de un escritorio y alguien te enseña los comandos de la compu, y un compañero te convida un mate y alguien hace la pregunta que te acompañará de por vida -“¿sos pariente de?” -, y una chica un poquito más grande que vos se compadece de tu pánico y te da charla, te pregunta cosas, y vos querés demostrar que sabés, que podés, y le ponés todo tu empeño a esa primera gacetilla que alguien deposita en tus manos con la orden “editala” y ese día, ese mágico día, cuando ves que cada una de las letras que tipeaste a la mañana aparece impresa en el diario de la tarde te sentís Gardel y Borges y Maradona juntos, y recortás y guardás como un tesoro esas seis líneas; y pasan los días y vas tejiendo redes y te vas equivocando, te equivocás tanto que aprendés, y alguien te pregunta si te animás a una nota y decís que sí aunque no, aunque estés temblando, aunque tengas la certeza de que nada interesante podrá salir de tu cabeza ni de tus manos; y entonces vas y te pedís un café y te sentás y escuchás a los maestros, a los más grandes, a los que saben, saben tanto que te abruman, te sentís muy pequeñita, insignificante al lado de esos monstruos que hablan de cine, de música, de arte, y nombran a gente que no conocés y sentís que tenés que escuchar, tenés mucho que escuchar, tenés todo por aprender y nada por decir, sólo tratar de seguir algunas de las tantas semillas que estos grandes tipos tiran por el camino, y sentís que nunca, nunca vas a estar a la altura; y cada vez que abrís un archivo nuevo sentís esas cosquillas, ese terror de la página en blanco, esa necesidad de hacerlo bien, de dejar todo en esa nota, y al poner el punto final pensás que sí, que a lo mejor sí, que puede ser, hasta que a la tarde abrís el diario y la ves en letras de molde y la odiás, y te odiás, y no te gusta nada, y le corregirías cada coma, y cerrás el diario porque te da pudor verte y te prometés que la próxima; y a veces pasan días, pasan meses en que te amesetás, en que te dejás dormir por el copipasteo nuestro de cada día, y alguien desde el fondo grita si hoy no hay mate, y algún alma caritativa va y busca agua caliente y charlás un rato, y te buscás en los otros, buscás esa chispita que a veces amaga apagarse y te decís que no, que a vos no te va a pasar, que no estudiaste para copiar y pegar papeles ni para alimentar caprichos ni para llenar páginas, y te empecinás en aguzar el oído para encontrarle la música a cada texto, y entremedio van y vienen personas, noticias, casos, egos, ansias de fama, enojos, acusaciones, miserias, discusiones; y un día le pasa algo a uno de adentro y decís que no, que no puede ser, y te duele y te consterna y la redacción se queda muda como un gigante herido pero sigue, sin embargo sigue, a pesar suyo sigue, porque la endiablada maquinaria no se detiene nunca; y cada día agradecés a la vida por ser parte de este bello oficio de contar, y volvés a entrar cada vez por esa puerta y mirás al cielo y te decís qué lindo sería si el viejo, que por algún cielo debe andar garabateando versos, pudiera ver hasta dónde llegaste.