Celestino Rodrigo y el globo monetario. Ilustración: Lucas Cejas

Por Rogelio Alaniz

Celestino Rodrigo y el globo monetario. Ilustración: Lucas Cejas
Rogelio Alaniz El dirigente empresario Ignacio de Mendiguren resucitó la palabra “rodrigazo”. No se sabe si la dijo para expresar un diagnóstico o anticipar una profecía. Después se arrepintió y pidió disculpas. Mendiguren suele hacer esas cosas. De todos modos, la palabra quedó vibrando en el aire como una inquietud o como una acechanza. Los dirigentes sindicales recogieron el guante y dijeron lo suyo. Para ellos, la palabra evoca la puja entre la CGT y el gobierno de Isabel Martínez; también las movilizaciones reclamando el aumento de salarios nominales más importante de la historia argentina. O el instante en que, desde un gobierno de signo peronista, se proponía un ajuste que ni los liberales más ortodoxos se habían animado a hacer hasta ese momento. La palabra “rodrigazo”, por lo tanto, suscita múltiples sensaciones en la memoria política de la Argentina. Recuerda a Isabel, López Rega y las Tres A, al ajuste salvaje, a la burocracia sindical movilizándose en una situación donde su destino estaba en juego. Pero fue algo más que un conflicto de coyuntura. El “rodrigazo” fue, en términos históricos, el punto final de la Argentina “peronista”, representó la respuesta -en signo conservador y liberal- a una crisis que se extendía más allá de nuestras fronteras y, al mismo tiempo, era el anticipo del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y de los ajustes practicados luego por Martínez de Hoz. Por último, la palabra es sinónimo de transferencia brutal de ingresos de un sector a otro de la sociedad. En términos históricos, “Rodrigazo” refiere al plan de ajuste promovido por el ingeniero Celestino Rodrigo, designado por Isabel Perón e íntimo colaborador de López Rega. Los economistas e historiadores sugieren que la palabra adecuada debería ser “Zinazo” en referencia a Ricardo Zinn, autor intelectual del programa que Rodrigo dio a conocer el 4 de junio de 1975. Ricardo Zinn fue, a partir de 1976, colaborador político de Alfredo Martínez de Hoz y, en tiempos de Menem, la mano derecha de María Julia Alsogaray en las privatizaciones de Somisa y Entel. “Achicar el Estado es agrandar la nación”, era una de las consignas de su autoría. Como se dice en estos casos: una trayectoria consecuente. Boudou o Echegaray cuentan con ilustres predecesores. Ricardo Zinn murió en un controvertido accidente de avión en 1995. En la ocasión, lo acompañaba José Estenssoro, y hasta el día de hoy los investigadores indagan sobre el origen de ese extraño y sugestivo accidente. Volvamos al “rodrigazo”. Fue básicamente un cambio de paradigma en el funcionamiento del capitalismo criollo y, a su manera, rompió el esquema histórico de políticas públicas quebrando un modelo de país cuyo origen podría ubicarse a mediados de la década del cuarenta. Dicho con algo de sorna, fue la decisión antiperonista más eficaz promovida por un gobierno peronista y, nobleza obliga, resistida por la jerarquía sindical peronista. Como se sabe, Isabel sucedió a su marido, y a fines de 1974 Gómez Morales se hizo cargo del Ministerio de Economía desplazando del cargo a José Ber Gelbard. En el período que nos ocupa, Gómez Morales preparó las condiciones para la llegada de Celestino Rodrigo. Aunque, como aseguran otros, Rodrigo intentó arreglar por el peor de los caminos los desquicios perpetrados por Gelbard. El flamante ministro se hizo cargo del poder el 2 de junio de 1975. Esa mañana salió con su familia desde su domicilio en el barrio de Caballito y tomó el subterráneo de la línea A para llegar al Ministerio de Hacienda, toda una puesta en escena para demostrar que era un ciudadano común dispuesto a vivir austeramente. Los que no eran austeros eran los planes de Isabel y López Rega. Según el economista Guido di Tella, si el camporismo expresó a la izquierda peronista, Isabel representará a la derecha. Para el mismo autor, el período más rescatable de esos años fue el que encabezó Perón desde septiembre de 1973 a julio de 1974. Lo que Di Tella no explica es por qué ese giro a la derecha. O por qué Isabel se compromete en esa dirección. Y no lo explica, porque probablemente la economía no alcance a dar una respuesta a decisiones que pertenecen al ámbito exclusivo de la política. Isabel Perón iba a demostrar en esas jornadas que era algo más que la esposa de Perón o una simple mujer colocada en un lugar inadecuado. Su apuesta era fuerte y para hacerla había que disponer de una personalidad política formada. Al programa de Rodrigo, entonces, hay que contextualizarlo en un período histórico de crisis, donde la tentación de un giro autoritario y neoliberal tenía posibilidades de articularse. Los objetivos de la estrategia de Isabel eran globales. En primer lugar, el gobierno se comprometía ante los militares a eliminar la subversión con recursos propios, es decir con las Tres A. La oferta paramilitar resultaba tentadora para las Fuerzas Armadas, en tanto el trabajo sucio quedaba a cargo de los sicarios de López Rega. El otro objetivo era la liquidación de la izquierda en las universidades. Los hombres encargados de esa tarea serán Oscar Ivanissevich y Alberto Ottalagano. El tercer objetivo, será ponerle punto final a los arrebatos nacionalistas y distribucionistas de los sectores reformistas y populistas. La propuesta apuntaba a fortalecer la economía de mercado, congelar los salarios y alentar las inversiones extranjeras. El programa político incluía someter a los dirigentes sindicales y reducir su poder corporativo. Finalmente, se reclamaba a las Fuerzas Armadas que se comprometieran con esa estrategia, la que se conocerá después con el nombre de “profesionalismo integrado”, cuya expresión en esos meses será el general Numa Laplane. Los anuncios de Rodrigo tuvieron el efecto de un shock. El dólar que estaba a cinco pesos pasó a treinta y en el mercado negro subió a cuarenta y cinco. La nafta aumentó de 5,50 a quince pesos, las tarifas de gas y electricidad se incrementaron en un sesenta por ciento. La propuesta concluyó con un aumento de salarios del 45 por ciento, una limosna para un plan que encareció el costo de la vida en un 180 por ciento. El plan incluyó, además, algunas decisiones que no adquirieron estado público, pero que eran claves. Por lo pronto, según Rodrigo, lo que se intentaba con ese “paquete” era sincerar la economía. Esto significaba reducir el déficit fiscal y aumentar la productividad por la vía de la devaluación del peso. Pero también se proponía licuar las deudas de banqueros amigos y aumentar la tasa de ganancia de las empresas. En definitiva, lo que se puso en juego fue una disputa durísima por la distribución del ingreso. A partir de ese momento, la brecha entre ricos y pobres empezó a profundizarse, mientras que en poco menos de tres meses se duplicó el número de desocupados que para entonces apenas superaba el dos por ciento. Rodrigo habló por cadena nacional el miércoles 4 de junio, y entre otras consideraciones criticó a quienes viajaban en avión acusándolos de gastadores e improductivos. Como se podrá apreciar, Julio de Vido y Abal Medina cuentan con destacados predecesores a la hora de atacar a las clases medias y sus hábitos de consumo. Hecho público el plan, se decretó un feriado cambiario hasta el lunes 9 de junio. Alguna conciencia tenía este buen hombre de lo que estaba haciendo, porque sus palabras de despedida fueron: “Mañana me matan o mañana empezamos a hacer las cosas bien”. Nadie lo mató. Celestino Rodrigo duró en el cargo menos de dos meses. Después estuvo detenido por los militares y murió en Mar del Plata en 1987. Por primera vez en la historia, los burócratas sindicales peronistas, con Lorenzo Miguel y Casildo Herrera a la cabeza, le declararon una huelga general a un gobierno de su mismo signo político. En realidad, las tensiones entre el lopezreguismo y los sindicalistas venían de antes, lo que sucede es que en algún momento esos rivales se unieron para enfrentar a Montoneros, pero no bien el peligro de la patria socialista fue conjurado, instalaron sus disputas en el centro del escenario. El movimiento obrero y las clases medias en la calle liquidaron al plan de Rodrigo, pero no a algunas de sus consecuencias. En principio, los militares advirtieron que no era posible un profesionalismo integrado y comenzaron los preparativos del golpe de Estado, entre otras cosas porque las movilizaciones de masas de junio y julio de 1975 les demostraron que sin una dictadura militar no era posible “sanear” la economía. Como se podrá apreciar, se hace muy dificil, por no decir imposible comparar lo sucedido en 1975 con lo que ocurre en estos días. Mendiguren hizo bien en pedir disculpas. Si algún peligro existe hoy en la Argentina es el estallido de las variables económicas. Esperemos que no sea así. Y esperemos, si ocurre, que las transferencias de ingresos de los sectores más débiles a los más concentrados no sean tan brutales. Sobre estas intervenciones sin anestesia Mendiguren algo conoce.