Cruzo la calle y advierto que el local Merlin, de muebles y objetos cotidianos para niños, confeccionados con amor por el matrimonio joven, acaba de cerrar. En el saloncito vacío, respuesta indudable a un aumento impagable de alquiler, queda un sueño roto. Pienso en los millares de sueños rotos que cotidianamente nos golpean en una sociedad impiadosa, dura, distante.
Y al leer el diario del día, sus páginas vuelven a alimentar una realidad que desazona, tanto como desconcierta: ¿hasta dónde? Las cifras de la inseguridad manchan de rojo esas páginas, dentro de una virtual dramática de la existencia actual. El celular portado por el muchacho que la semana próxima iba a viajar al extranjero como becario, mereció el tiro de gracia a la ilusión. Las escuelas destruidas por el vandalismo estadísticamente una por semana, en el país- corrompen la voluntad de educar. Los rostros del hambre, los cuerpos de los sin techo, los desocupados que salen a la calle todas las mañanas, equivalen a millones de sueños rotos. Las estadísticas no mienten totalmente: siempre reflejan sólo una parte de la tragedia.
Dejo el diario y acudo a la pantalla: homo videns obligado. La imagen me da una respuesta inquietante: por un lado, los productores de frutas del país que vienen a la plaza de Mayo de la urbe a dejar millares de kilos de manzanas y peras que no comerciarán por su rédito negativo. Miles de ilusiones rotas. Por el otro, cuadras y cuadras de colas de pueblo, esperando recibir un par de esas frutas, aunque muchos lleven bolsitas... Mi amado pueblo está allí y duele. (Por lo menos, me dice alguien al oído, no tiran la leche, el vino, las uvas, al suelo...). Me azota entonces la impresión de los más de mil doscientos tambos que han cerrado desde el año anterior, por lo que no respondo.Y la tragedia de los yerbateros... Otros tantos sueños rotos...
El mundo se ha achicado tanto, que por todos lados las noticias saltan y agreden. No es que todo sea negro, sino simplemente que todo es tan inesperado como fustigante. No hay tiempos apacibles en el interregno. No hay recuperación de los asombros frente a la dimensión del espanto. Los ataques de guerrillas y sectores ideológicos enfrentados, suman sangre a los desafíos emigratorios por huir, huir hacia la muerte, si cabe.
Que todo esté cifrado en la esperanza de cambios, de recuperos, de retorno a la cordura, no alcanza. Los edificios de la corrupción están firmes y sus cimientos no ceden. Y la trama delictiva, el narcotráfico, la urdimbre de sectores institucionales de todo tipo, tornan más que improbable la capacidad de acción para reformar, educar, regresar a la consecución de un sano bienestar general.
¿Dónde estamos parados? ¿Lo estamos o sólo somos el cociente de ecuaciones denigratorias que ubican al hombre en un plano suspendido? Los sueños rotos equivalen a desvirtuaciones de la ilusión: palabra esta última que proviene de illudere, el verbo jugar. Siguiendo este camino, ¿cabría retornar al Merlin del comienzo de estas divagaciones, y pedirle que saque de su cajón de mago la varita para revertir algunas, sólo algunas, de estas disociaciones de la felicidad?