Por María Teresa Rearte

El pasado el 30 de septiembre la liturgia católica celebró la memoria de San Jerónimo, presbítero y Doctor de la Iglesia. Es también el día del santo patrono de la ciudad de Santa Fe.

Por María Teresa Rearte
El pasado el 30 de septiembre la liturgia católica celebró la memoria de San Jerónimo, presbítero y Doctor de la Iglesia. Es también el día del santo patrono de la ciudad de Santa Fe.
El Concilio Vaticano II ha confirmado “el honor” atribuido a la edición “llamada Vulgata” de la Biblia (Cf. Const. Dei Verbum, 22), de San Jerónimo. En tiempos pretéritos “la Iglesia estimaba que la antigua edición de la Vulgata era suficiente para comunicar la Palabra de Dios al pueblo cristiano. No obstante, el Papa San Juan Pablo II, en la Constitución Apostólica Scripturarum Thesaurus declaró y promulgó “la edición típica de la nueva Biblia Vulgata”, el 25 de abril de 1979.
Parece oportuno en la memoria de San Jerónimo como preclaro Doctor de la Iglesia y responsable de la Vulgata destacar la veneración que siempre ésta ha tenido por la Sagrada Escritura así como por el Cuerpo del Señor, en tanto toma el Pan de Vida tanto de la mesa de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, que reparte a los fieles. (Cf Const. Dei Verbum, 21)
EL SALMO 147
El inicio del Salmo 147 se hizo muy conocido y con frecuencia llevado al latín como “Lauda, Jerusalem, Dominus”. Estas palabras iniciales, “alaba al Señor Jerusalén”, constituyen la típica invitación de los himnos de los Salmos para alabar al Señor. Jerusalén personifica al pueblo, que es interpelado para que exalte y glorifique a Dios (versículo 12). Él ha sido el Liberador de Israel del exilio de Babilonia. El que dio seguridad al pueblo reforzando “los cerrojos de las puertas” de la ciudad (versículo 13).
El Señor volvió a construir la ciudad derrumbada ante el asalto del rey Nabucodonosor en el año 586 a.C. Se restablecieron sus muros para que fueran otra vez un oasis de paz. La paz, “shalom”, en la Biblia no tiene un sentido negativo, la ausencia de guerra. Sino que es un dato positivo, que se refiere a la prosperidad y la seguridad en sus fronteras. Por eso el salmista habla de saciedad al mencionar la “flor del trigo” (versículo 14). ¡Qué válido es evocar el don de la paz en el momento presente, de carencias y preocupaciones que afligen el corazón de tantos argentinos! Y pedir la abundancia del pan pero también de la justicia. De la fraternidad. Y la bendición de la salud y la vida amenazadas ambas por la pandemia que azota al mundo. A nuestra Patria y a esta provincia y su ciudad capital, que conmemora a su santo patrono.
¡Cuánto y cómo necesitamos de la Palabra de Dios, que la Biblia dice que como un mensajero recorre veloz los grandes espacios de la tierra! (Cf versículo 15). Y también hace florecer muchas maravillas. Llegado el invierno con la nieve como lana y la escarcha esparcida por los campos. El hielo congela la tierra e impide el crecimiento de la vegetación (versículo 17). La Palabra divina también hace reverdecer la primavera. Se deshace el hielo. Sopla el tibio viento y discurren las aguas (versículo 18). Se repite el ciclo de las estaciones. Y con ellas la fecunda posibilidad de la vida humana. Nuestro Señor se da como el grano de trigo que cae en la tierra y se multiplica para la vida del hombre. ¡Sí! Para la vida del hombre. Que esta certeza nos anime cada día.
El Señor actuó por medio de su Palabra en la Creación y sigue actuando en la Historia. Con el lenguaje de la naturaleza. Sin palabras. Pero también y de manera explícita a través de la Biblia. Lo hizo de modo personal por medio de los profetas. Y aún con plenitud por medio de su Hijo (Cf Hebreos 1, 1-2). Todos son dones convergentes de su Amor. Por eso todos los días debe elevarse nuestra alabanza al Cielo. Nuestra acción de gracias desde la aurora en la oración de Laudes.
LA PALABRA DE DIOS COMO UN TESORO
En esta reflexión sobre nuestro himno de alabanza volvamos nuestra mirada al Señor de la Historia para valorar la Biblia como lo que es: el tesoro de la Palabra divina. Y recordemos lo que dice el Prólogo del Evangelio de San Juan: que “la Palabra se hizo carne. Y puso su Morada entre nosotros”. (1, 14)
Llamados a abrevar de la Palabra de Dios que seamos también conscientes de que vivimos en un mundo que todo lo relativiza. En una sociedad dividida y aún enemistada. En una cultura ávida de idolatrías. De entretenimientos. En el contexto y la permanente confrontación de una historia de desencuentros. Con la fatiga y el sufrimiento del presente. Y la incertidumbre del futuro. ¿Qué espacio queda para el encuentro con Dios y como seres humanos, hijos de una misma Patria, y bautizados en la misma fe?
El cambio cultural del mundo en el que vivimos es enorme. La medicina le otorgó al hombre la posibilidad de vencer muchas enfermedades. Y aún hacer retroceder la muerte. Se ha descubierto un sentimiento de autosuficiencia, no obstante el cual el hombre tiembla de temor frente a la pandemia que a todos nos aflige. Esta situación nos conduce a repensar y profundizar el peregrinar humano en la ciudad terrena. El cristiano sabe que vivimos en un estadio de construcción del Reino final ya iniciado. Pero también siempre amenazado. Estamos por lo tanto todos invitados a preparar el retorno de Cristo, conscientes de que la escatología no es sólo una cuestión de cronología. Sino de tensión interior. Una preparación a partir de las tareas terrenas. Nada de lo humano nos es ajeno. No lo son las alegrías ni los dolores que atraviesan la ciudad del hombre.