Mario Cáffaro
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“Mi historia es sobrevivir dos veces; no es poco, hay que sobrevivir dos veces”, resalta Sara Rus dispuesta y convencida de la necesidad de dar testimonio para conocer los horrores a los que es capaz de llegar el hombre. A los 12 años mutó la tranquilidad y felicidad de Lodz, en su Polonia natal, a conocer los padeceres de los nazis que tomaron ésa y otras ciudades. La liberación de manos de los americanos fue en el campo de Mauthausen, en Austria, el 5 de mayo de 1945, una fecha que en su relato cobra una gran significación. Luego, casarse y no poder ingresar legalmente a la Argentina por un gobierno que optaba por abrir la puerta a los derrotados alemanes más que por los perseguidos judíos. Asentarse en Paraguay y con la ayuda de Eva Perón poder radicarse en el país soñado. Después la dictadura le quitará un hijo, físico nuclear, lo que la lleva a ser una de las Madres de Plaza de Mayo que todavía sigue buscando “aunque ya no tengo esperanzas”.
Rus disertó sobre “Memoria de los pueblos, justicia y construcción democrática” en el aula Vélez Sarsfield de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNL en el marco de una conferencia organizada por la Daia Delegación Santa Fe y la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia de Santa Fe. Antes, fue recibida por el gobernador Antonio Bonfatti a quien entregó una copia del libro “Sobrevivir dos veces, de Auschwitz a Madre de Plaza de Mayo”, de Eva Eisenstaedt que es la biografía de Sara. El libro fue traducido al alemán y en 2010 fue presentado en la Feria Mundial del Libro en Francfort.
En la visita a la ciudad también disertó para docentes en el marco del trayecto de formación “Enseñar la Shoá: entre el conocimiento, el recuerdo y una ética del cuidado del otro”, que se viene desarrollando en conjunto entre la Daia local y los ministerios de Educación y de Justicia y Derechos Humanos de la provincia.
“Veo de manera excelente que la juventud se interese por estos temas. Me escuchan con muchísima atención y es un gusto poder darles las charlas. La Shoá no es un tema de los judíos, es un tema de todos. Voy a colegios que no son judíos y los chicos me escuchan. Creo que estamos aprendiendo, y es muy importante que nosotros (los sobrevivientes) todavía tengamos esa fuerza de hablar y dar nuestro testimonio”, reafirma ante El Litoral.
Años de terror
Nació el 25 de enero de 1927; pasó su infancia en Lodz, una ciudad fabril de Polonia cerca de la frontera con Alemania. Su papá era sastre: confeccionaba trajes para hombres de buen pasar y tapados de piel para sus mujeres y aseguraba, mediante su oficio, la vida holgada que llevaba su familia. “Para ser sastre había que tener título” recuerda y detalla además que su progenitor también era maestro.
Sara iba a la escuela y en su tiempo libre tocaba el violín “de oído” y más adelante recordará que el instrumento le fue destrozado por un soldado alemán durante una requisa a su vivienda. “Hasta 1939 viví una vida hermosa”, dice con nostalgia y lo que añoraba era tener un hermano. A partir del ’39, la sombra del Holocausto sobrevolará cada anécdota de su vida: la invasión alemana a Polonia, la persecución nazi hecha realidad, la obligación de cambiar su casa por un gueto donde nacerá su hermano y viviría unas pocas semanas; el tren a Auschwitz en 1944 y la separación de su padre a quien nunca más volvió a ver; el traslado a Freiberg para trabajar en una fábrica de aviones donde debió manipular herramientas de mayor peso que el suyo y un último desplazamiento al campo de Mauthausen, en Austria, donde Sara y su mamá recuperaron la libertad el 5 de mayo de 1945. Salió de allí con menos de 30 kilos.
No se olvida de los detalles de cada padecimiento sufrido de jerarcas y soldados alemanes a los que más de una vez sorprendió hablándoles en su propio idioma que aprendió desde niña en su Polonia natal.
En el gueto de Lodz, su padre le había presentado a un amigo, Bernardo, 12 años mayor que ella de quien se enamoró. Ya liberada por los americanos en Mauthausen recibió una carta de Bernardo con una declaración de amor. Se encontraron en Lodz y decidieron emigrar a la Argentina donde no les fue fácil ingresar pese a que parientes ya radicados en Buenos Aires los estaban esperando. Primero Paraguay y desde allí -carta mediante a Eva Perón- tuvieron la posibilidad de radicarse en el país.
Sara tuvo dos hijos: Daniel y Natalia que le dio dos nietos y una bisnieta. El 15 de julio de 1977, Daniel Rus fue secuestrado en la puerta de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), donde trabajaba mientras preparaba su tesis para recibirse de físico. Entonces comenzó la búsqueda incansable y se unió a las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, donde sigue militando hasta hoy, alegrándose de que Estela Carlotto haya podido conocer a su nieto.
Pañuelo blanco
Sara Rus sigue buscando a su hijo Daniel, secuestrado en 1977, en la Comisión Nacional de Energía Atómica.
“Jamás supe de él. Soy madre fundadora, tengo el pañuelo blanco” en referencia a su participación en Madres de Plaza de Mayo.
“Estamos en lucha continua, se encuentran nietos, el último fue el de Carlotto. Te podés imaginar qué felicidad para todos, si hay un nieto más importante es el de la representante de la entidad”, agrega.
Ya no tiene esperanzas de encontrar a su hijo quien no dejó nietos. “Ya no tengo esperanzas, puede ser que encontremos los restos; están nuestros ADN en el Banco de Datos Genéticos. No recibí nunca ninguna certeza dónde estaba”.
Milita en Madres línea Fundadora y admite “diferencias de pensar y de actuar con Hebe Bonafini, es más revolucionaria, más agresiva; nosotros vamos de diferentes maneras, menos politizada”.
Reivindica la Justicia. “La Justicia nos dio bastante en los últimos años; los represores están en la silla de los acusados, unos ya no viven como Videla. Videla tenía una carta de mi esposo que se publicó; nos mandó la respuesta que iba a hacer lo posible pero no sabía nada de nuestro hijo. Mi esposo pidió cinco meses de vida, si no venía el hijo ya no le interesaba la vida. Justo a los seis meses falleció de un cáncer, esperando al hijo”.
Fecha
Sara cuenta que en el gueto de Lodz, con Bernardo y su madre imaginaban dónde asentarse y una de las posibilidades era Buenos Aires por referencias de parientes. “El ya conocía la historia de Buenos Aires porque leía mucho y nos contó que había un edificio importante, el Kavanagh. Nos relató que Argentina era un país joven y con futuro. Me pidió una libreta y anotó una fecha, 5-5-1945.
Dijo que si a esa fecha estábamos con vida nos encontraríamos en Buenos Aires frente al edificio Kavagnagh. Ese día no nos encontramos, pero fue el día exacto en que los aliados llegaron al campo de Mauthausen, en Austria, donde con mi mamá recuperamos la libertad”.







