Irpinia es una de las zonas más pintorescas de la Italia meridional, con una ondulante geografía formada por valles y montañas, donde también tienen sus asentamientos numerosos pueblos y ciudades. La provincia de Avellino es, precisamente, su capital, y cada uno de aquéllos atesora sus propias particularidades, sus historias milenarias y sus propios dialectos. ¡Qué gozo es para los oídos sentir ese neolatino modificado según las regiones! Y desear que siempre se proteja ese acervo cultural que es la lengua...
En este contexto, la zona de Materdomini, donde nos alojamos, es uno de los sitios que en 1980 se vio afectado por un terremoto, aunque ahora ha sido reconstruido, pero conservando su trazado medieval. Una de las construcciones más castigadas fue la iglesia de San Gerardo (data del 1200), pero hoy reconstruida. Detrás de ella se erigió un nuevo templo, de líneas modernas, frente a una remozada plaza muy frecuentada por peregrinos que llegan hasta ahí para venerar a su santo, San Gerardo Majella, patrón de las madres y de los niños. Hasta allí peregrinaba en sus años jóvenes Carminella D’Amelio, hoy ciudadana de nuestra Santa Fe (en villa María Selva, retacito de la Italia del sur).
A poca distancia de Materdomini está otra de sus reliquias, la abadía del Goleto, cuyas ruinas y claustros medievales se conservan incólumes, aunque con las secuelas del paso de los siglos y de los cimbronazos que tantas veces sacudieron estas tierras. Kilómetros (pocos) más allá y con menos de un millar de pobladores, asoma Rocca San Felice (paese medioevale, como consigna su cartel comunal), en cuya cima perduran los restos de esas típicas fortalezas que regularmente encontramos en cualquier rincón de Italia. Ésta perteneció en un tiempo a los dominios aragoneses, esto es a la Casa de Aragón, reinante por entonces en España.
IL MERCATO DI AVELLINO
Es ésta una típica ciudad italiana, con menos de 60.000 habitantes, situada a unos 40 kilómetros de Nápoles. Y como tal es una urbe apacible, que sólo se agita un poco los sábados, cuando en la piazza ubicada en los aledaños de su estadio de fútbol se instalan infinidad de tenderetes (tan característicos en Italia), donde la gente se vuelca a hacer sus compras, que van desde ropa de todo tipo a comestibles, bebidas y cuantos artículos se pueden encontrar en un mercado multifacético, en los que sus clientes pueden también regatear los precios, que habitualmente son más moderados que los de cualquier comercio convencional. Ir a Avellino los sábados, desde luego, implica recalar en esa feria de grandes proporciones, que hace las delicias de los visitantes argentinos por sus precios increíbles.
EL “PAESE” DE CARMINELLA
La comuna de Lioni, con su amplio corso Vittorio Emanuele II -que concentra la casi totalidad de la actividad del “paese” -es también parte de esa Irpinia hoy remozada, sin vestigios del sismo que la azotó en 1980.
Sobre uno de los extremos del corso central, la iglesia de San Rocco se destaca con su cúpula circular, mientras que un poco más allá una serie de callejuelas se ramifican hacia otros rincones del lugar, todo enmarcado en esas montañas que hace décadas dejó atrás Carminella, buscando otros horizontes, pero cuyas imágenes aún hoy perviven en sus pupilas. Pueblo pequeñito, pero lleno de ese encanto sureño.
BAJO LA TUTELA DE FEDERICO II
Transitar por las calles de Nápoles implica sumergirse en un mundo tumultuoso, decididamente agitado, desordenado, con un tráfico endemoniado, plagado de autos, ómnibus, motocicletas (“motorini’’) en abundancia, que raudamente van esquivando cuanto se interponga en su carrera. La ciudad se enfrenta con su amplia bahía, donde el puerto ocupa un vasto espacio, a cuyas espaldas se extiende la urbe en sí, con los altos muros de su Castel Nuovo, más allá el Palazzo Reale, frente a ese epicentro de la ciudad que es la Piazza del Plebiscito, a metros de la cual se encuentran el famoso (y varias veces centenario) teatro lírico San Carlo y las señoriales Gallerie Umberto I.
Como cualquier ciudad italiana, Nápoles es pródiga en iglesias de diferente magnitud, pero aquí conviene hacer un alto en una capilla, la de Sansevero, cuya atracción principal es el Cristo Velado, que muestra a un Jesús sin vida, cubierto por un velo en el cual el genio del escultor Giuseppe Sanmartino (1720-1793) transformó el mármol en una mágica transparencia. Ante este capolavoro es inevitable sentirse invadido por una especie de éxtasis.
En tanto, preservando los tesoros culturales napolitanos, se alza la figura señera de Federico II Hohenstaufen, nieto del temido emperador Barbarroja, y emperador también él del Sacro Imperio Romano Germánico, llamado con justicia “stupor mundi” por sus conocimientos, su excentricidad, su amplitud de criterio y su amor por el arte y las ciencias, condiciones poco comunes, o casi inexistentes en gobernantes de aquella época. Es así que fue el fundador de la Universidad de Nápoles, que lleva su nombre. Aquí me vienen a la memoria los innumerables homenajes y recordaciones que tuvieron lugar en Italia, en 1994, al cumplirse los 800 años de su nacimiento.
A la distancia, el Vesubio permanece en calma, pero siempre intimidante, aunque lo hayan convertido en motivo de atracción turística, con caminos de pedregullo que permiten acceder a la cima del monte y a la boca misma del volcán.
ENTRE CAPRI Y AMALFI
Un aliscafo, de esos que constantemente comunican con Capri, una soleada mañana nos llevó hasta la isla, decididamente bella, en cuyos muelles desembarcamos en menos de una hora de navegación. Por supuesto, el lugar es tan multitudinario como la propia Nápoles, claro que aquí son los turistas quienes mayoritariamente recorren su calles, pasean por sus playas, husmean en sus comercios, abordan una lancha que los lleva a visitar la famosa Grotta Azzurra y montan en el funicular que los eleva hasta Anacapri, desde donde la vista no sólo es más prodigiosa, sino que la zona, de callejuelas angostas y serpenteantes, también lo es.
Camino a Salerno, bordeamos Eboli, pueblo que Carlo Levi hizo famoso con su novela “Cristo se detuvo en Eboli”, que años después Francesco Rosi llevó al cine. Y cuando llegamos a aquella ciudad, no podemos resistir la posibilidad de acercarnos a la incomparable Amalfi. Mientras tanto, apreciamos que Salerno en sí concentra buena parte de sus actividades a la vera del lungomare Trieste, un bulevar que bordea el mar a imagen y semejanza de los que se encuentran en la Riviera francesa. A lo largo de ese paseo se desarrolla el movimiento comercial y administrativo y su más que centenario teatro lírico, el Verdi, donde las óperas continúan representándose periódicamente..
Desde un embarcadero y al cabo de unos 45 minutos, un catamarán nos deposita en los muelles de Amalfi y al desembarcar, de inmediato, nos maravillamos ante il Duomo, una espléndida catedral en la que Juan Pablo II dijo que “l’arte è il luogo dell’incontro col mistero, perchè la bellezza delle cose create suscita la nostalgia di Dio”. A partir de ese punto numerosas callejuelas medievales giran en ascenso hacia el interior de la ciudad, o descendiendo hacia un radiante mar azul, que se hace más subyugante al atardecer, cuando el sol se pierde en el horizonte. La Amalfi de hoy nos deja aún entrever la importante Repubblica Marinara que fue.
LAS DOS CASERTA
Otra día nuestro peregrinar nos llevó a Caserta, donde buena parte del tiempo lo dedicamos en visitar el famoso Palacio Real (la Reggia di Caserta), una especie de Versalles italiano, que fue residencia de verano de los Borbones, y donde se filmaron escenas de “Ángeles y demonios”, la versión cinematográfica de la novela “El código Da Vinci”. En la Reggia deslumbran sus jardines y fontanas.
En tanto, la Caserta Vecchia es un pequeño burgo medieval de los alrededores de la ciudad en sí y que, como tal, conserva añosos caseríos de piedras, calles estrechas y empedradas, una pequeña piazza, la Vescovado y, frente a ella, su propio duomo. Rodeando ese singular y encantador espacio pueblerino, las ruinas centenarias de lo que fue la Caserta primigenia.
Textos y Fotos: Graciela Daneri






