Por Fernando Urriolabeitia

Algunos lo ubican con 181 partidos, otros con 183 juegos en el banco sabalero como DT. El recuerdo del "Vasco", el entrenador que más veces dirigió al Club Atlético Colón de Santa Fe en toda su historia.

Por Fernando Urriolabeitia
(especial para El Litoral)
Cuando nací en el año 1973 ya había pasado la primera etapa de mi padre como Director Técnico de Colón. Así es, el vínculo se inició en 1971 y duró buena parte del año siguiente. Ahí empezó todo, una relación entre Colón y "El Vasco" que iba a dejar huellas indelebles para ambos. A esa unión debe añadírsele la ciudad de Santa Fe y su gente. La amabilidad y calidez del sabalero y todo santafesino con mi padre y nuestra familia merece ser recordada. Es que ya en la segunda etapa, en el año 1974, y con más razón en las posteriores de los años 1977 y 1978, toda mi familia supo vivir con plenitud ese entorno acogedor que era Colón y el día a día en la ciudad.
Colón desde el inicio supo darle a mi padre el espacio y la libertad necesaria que él requería para su trabajo. A cambio, el club recibió una dedicación plena de él en la cotidianidad y con proyección de futuro. Solía expresar que "el mejor juez era el tiempo" y, sin lugar dudas, Colón recibió muy buenos frutos por permitirle trabajar a su estilo.
La unión, en varias ocasiones, entre Colón y "el Vasco" Urriolabeitia dio lugar a que todavía al día de hoy sea el director técnico con más partidos dirigidos y ganados en la historia del club, pero considero que lo más trascendente de ese vínculo es que permitió cosechar, por un lado, equipos inolvidables para el hincha sabalero y, por otro, la concreción de valores que marcaron a fuego una época.
Nada se hacía de cualquier manera, había mucho trabajo, orden, responsabilidades, métodos y modos de conductas a seguir, tanto dentro como fuera de la cancha. La improvisación no tenía lugar, mi padre llevó a Colón a un nivel de profesionalismo que supo tener durante toda su carrera previa como jugador y técnico (desde sus inicios jugando para Estudiantes de La Plata, luego River Plate y la Selección Argentina, como en su paso por Colombia, y previo a Colón ya de técnico con las Inferiores de Estudiantes y la primera de Racing, y así lo llevó a cabo en todos los clubes en que estuvo). Dedicación sin retaceo alguno, responsabilidades claras y compartidas, disciplina, respeto mutuo, diálogo permanente, sinceridad, esfuerzo solicitado con sentido, preocupación constante por el jugador en todos sus aspectos, conocimiento del fútbol al brindar entrenamientos con preocupación táctica y estratégica e individualmente a cada jugador la instrucción técnica de su puesto. Ningún profesional que pasó bajo su dirección técnica olvida el trabajo semanal de los entrenamientos y, mucho menos, el consejo y las enseñanzas de vida que trascendían lo meramente futbolístico. A mi padre siempre le preocupaba la vida del jugador más allá del fútbol.
Sobre esos sólidos pilares edificaba mi padre un equipo de fútbol que debía brindarle al espectador, al hincha sabalero, un determinado estilo de juego. Es que tampoco en este aspecto, el del juego dentro de la cancha, valía hacer cualquier cosa. También allí se tenía el deber de tener determinados comportamientos y una manera de expresión futbolística. En la cancha, con medios nobles y en base a mucho trabajo previo, esperaba que sus jugadores brindaran un determinado estilo de juego: jugar bien al fútbol. Era tratar con cuidado y calidad técnica el balón, con toque, mucha creatividad y actitud ofensiva irrenunciable, siempre pensando en el arco rival, todo a fin de que el hincha disfrute de un espectáculo y se canse de gritar goles.
En los registros y crónicas periodísticas de sus años en Colón puede comprobarse que esos equipos alcanzaron ese gran nivel de calidad. En todas las etapas formó equipos que han sido inolvidables para el público sabalero, hubo muchísimos partidos que han quedado en la memoria colectiva, encuentros que culminaron con goleadas históricas. Bajo el influjo de ese toque, de esa dinámica con creatividad y ritmo ofensivo, han sucumbido frente a Colón tanto su clásico rival como equipos de la talla de River Plate y Boca Juniors, por mencionar algunos.
Suele suceder en el fútbol que no hay nada más claro y eficaz para recordar épocas que dar las formaciones de los equipos que emocionaron al simpatizante. Así en el Colón de "El Vasco" de 1971, acompañado como ayudante y a cargo de las inferiores por el querido Rubén Cheves (también presente en los restantes ciclos), se disfrutaba cada domingo de: Costantino; Araos, Zuccarelli, Tardivo y Mario Rodríguez; Ripke, Trullet y Lo Bello; Ocaño, Di Meola y Zibecchi. Y, podemos añadir que en el año 1972, por ejemplo, se dieron las siguientes variantes: Costantino (Bertinant); Araos (Silguero), Trossero (Spadaro), Zuccarelli y Edgar Fernández; Álvarez (Sacconi), Trullet (Ripke) y Córdoba; Britez, Di Meola o Borgna y Zibecchi.
Al pasar a la etapa de 1974, recordarán emocionados los hinchas que Colón salía a la cancha con: Baley; Araos, Villaverde, Trossero y Edgar Fernández; Álvarez, Zimmermann y Carlos Ángel López; Lamberti, Coscia y Britez.
Y, en el año 1977, el sabalero quedaba saciado de tanto fútbol brindado por este equipo: Andrada; Fertonani (Araos), Di Plácido, Zimmermann (Mariano) y Edgar Fernández; Villarruel, Roldán y Di Meola; Vega (Juan Carlos López), Luñiz y Aricó. En el año 1978 se sumaron también alternativas de calidad: Andrada; Araos, Vergara, Zimmermann y Edgar Fernández; Villarruel (Mazo), Roldán y Di Meola; Monzón, Luñiz o Agüero y Aricó o Dominé.
Sin lugar a dudas, a quienes presenciaron el fútbol de estos jugadores bajo la dirección de Urriolabeitia, se les vendrán una catarata de recuerdos, anécdotas y goles y más goles, ese obsequio que los equipos de él sabían dar como agradecimiento por el esfuerzo que cada espectador hacía para estar en la cancha. Eran equipos generosos, brindados al espectáculo, que buscaron que el hincha sabalero disfrute de buen fútbol y retorne lleno de alegría a su hogar.
Quizás se pensará que todo lo escrito previamente pudo haber sido expresado por cualquiera que no haya sido su hijo, y es cierto, pues todo aquello se veía públicamente en la semana y el domingo en el estadio, todo era un claro fruto del trabajo responsable, serio y equilibrado de Urriolabeitia. Sin lugar a dudas se tendría razón en pensar así, pero ello tiene una explicación y, además, demuestra una coherencia en "El Vasco" con los valores que pregonaba. Es que las vivencias que tuve de mi infancia, plena década del setenta en la que nací, no era la de "Juan Eulogio Urriolabeitia, Director Técnico de Colón", sino la del registro de que él era para mí -nada más y nada menos- que un padre. Un papá muy dedicado a su querida familia, es decir, a su esposa Mariela, a sus hijos Vilma, Nancy y Fernando. Recuerdo que siempre procuraba regresar lo más rápido posible a nuestra casa y aislarse de todo lo que implicaba el fútbol profesional para brindarnos mucho amor, dedicación, atención, protección y enseñanzas de vida.
Así es, hubo un "Vasco" Urriolabeitia, Director Técnico, inolvidable para Colón y, también, un papá increíble para su familia. Sin lugar a dudas, ambas facetas me llenan inmensamente de orgullo como hijo, saber que fue un hombre extraordinario como jugador y director técnico de fútbol y, al mismo tiempo, un padre que supo brindar todo su amor a la familia.
Esa era la cotidianidad que vivía con quien afuera de casa era el artífice de tanta pasión futbolera para la hermosa ciudad de Santa Fe. Recuerdo el viejo foso del estadio de Colón, el jardín de infantes al que iba, el barrio en que vivíamos, las amistades de mis padres, la casa con una terraza o lo que sería un techo accesible a un niño ubicada sobre una calle que la memoria me dicta como Obispo Gelabert, ese hogar donde nos criaron y que todos los días a una determinada hora mi papá, ya sea con el buzo deportivo o si era domingo con impecable traje, salía a convertirse en el "querido vasco de los sabaleros" camino al "Cementerio de los Elefantes".