El contingente avanza despacio sobre la arena. El agua de la laguna Setúbal apenas se ondula bajo la luz suave del atardecer y, sobre los juncales, una silueta inmóvil parece confundirse con el paisaje. “Ahí está”, dice en voz baja el ornitólogo Pablo Capovilla, mientras señala hacia la vegetación. Lo que para muchos podría ser apenas una sombra entre el verde, para él es uno de los habitantes más esquivos del humedal: el mirasol grande, “el fantasma de la Setúbal”.


Capovilla repite una idea que ya se volvió bandera en cada recorrida guiada que organiza la Municipalidad de Santa Fe junto a vecinos y turistas: la Setúbal “no es solo el paisaje emblemático de la ciudad”. Para el especialista, la laguna constituye “un santuario de biodiversidad que posiciona a la región como un epicentro ecológico de vital importancia”.

La afirmación encuentra sustento en un dato contundente: de las 12 especies de garzas registradas en toda la provincia de Santa Fe, 11 viven, se alimentan o nidifican en este humedal. Una concentración extraordinaria que convierte a la laguna en uno de los escenarios naturales más ricos del litoral argentino.

Paisaje
“Acá la vida se manifiesta con una densidad asombrosa”, explica Capovilla, mientras a unos metros el bote de un pescador cansado que recorre el espinel se desliza por las orillas cubiertas de vegetación flotante. Cada especie parece ocupar un mundo propio dentro de la misma geografía acuática.

La más familiar para los santafesinos quizás sea la garza blanca, elegante y serena, convertida ya en parte inseparable del paisaje cotidiano. Más pequeña y movediza aparece la garcita blanca (Egretta thula), que durante la época reproductiva desarrolla largas plumas finas, casi un traje de gala destinado a conquistar pareja.

En los pastizales cercanos suele caminar el chiflón (Syrigma sibilatrix), para muchos “la más linda” de las garzas por la combinación de sus colores suaves y su silbido característico. A diferencia de otras especies, prefiere recorrer plazas y campos antes que hundirse entre las lagunas.

Más difícil de observar es la garcita azulada (Butorides striata), la única migradora entre las garzas de la Setúbal. Cuando llega el invierno abandona la laguna y se desplaza hacia el norte del país.

Garzas sobre la laguna
También rara es la presencia de la garza azul (Egretta caerulea), una especie que sorprendió años atrás cuando apareció en el Parque de la Constitución y se convirtió en tapa de El Litoral. Los juveniles, curiosamente, nacen completamente blancos antes de adquirir el tono azulado de la adultez.

En contraste con esas especies pequeñas aparece la imponencia de la garza mora (Ardea cocoi), la más alta y grande de América entre las garzas, la que “da combate a un río”, dice la Tonada de Luna Llena escrita por Simón Díaz. Capovilla hace una aclaración casi obligatoria durante las visitas: “No hay que confundirlas con el tuyuyú o el jabirú; esas son cigüeñas”.

Cuando cae la tarde emerge otra protagonista singular: la garza bruja (Nycticorax nycticorax), la única especie nocturna registrada en Santa Fe. Nidifica en grandes colonias y, al anochecer, abandona los árboles lanzando un sonido áspero y repetitivo que recuerda al ladrido de un zorro.

Con historias
Entre los juncos acecha el hocó colorado (Tigrisoma lineatum), un cazador costero experto. Sus juveniles poseen un plumaje atigrado que funciona como camuflaje perfecto para ocultarse mientras aprenden las estrategias de caza antes de alcanzar la adultez.

Pero ninguna historia parece tan extraordinaria como la de la garcita bueyera (Ardea ibis). Su plumaje nupcial se tiñe de tonos canela y su origen encierra una travesía continental. La especie llegó desde África hacia América arrastrada —según se cree— por fuertes corrientes de aire a fines del siglo XIX. Los primeros registros en Sudamérica aparecieron en la zona de Guayana y Surinam alrededor de 1877. Décadas más tarde, el reconocido ornitólogo Claes Olrog realizó el primer registro argentino en 1969, sobre las costas del río Salado, en Santa Fe. Y en 1972, Martín de la Peña y Darío Yzurieta encontraron el primer nido del país en la provincia de Buenos Aires.

El relato de Capovilla mezcla ciencia, memoria y contemplación. Cada especie parece aportar una pieza distinta al rompecabezas ecológico de la laguna. Algunas resultan visibles para cualquiera que pasee por la Costanera; otras exigen paciencia, silencio y suerte.

Los más misteriosos son los mirasoles. El grande (Botaurus pinnatus) permanece oculto entre camalotes y juncales, donde su canto grave recuerda al bramido de un toro. Verlo, dicen los observadores, “es un privilegio”. El mirasol estriado (Botaurus involucris), más pequeño, comparte esa habilidad para desaparecer entre la vegetación. Ambos poseen una curiosa adaptación: pueden mirar por debajo del pico, una postura que mejora su camuflaje y les permite vigilar el entorno mientras aparentan estar mirando hacia el cielo.

Cuidar la laguna
Para Capovilla, semejante diversidad transforma a la Setúbal en mucho más que un atractivo turístico. “La presencia de casi toda la familia de las garzas subraya la urgencia de proteger este ecosistema”, sostiene. Porque el humedal funciona como “un termómetro vivo de la salud ambiental” del litoral. Y los santafesinos tienen el privilegio de convivir con estas orillas a metros de la ciudad, en una relación silenciosa donde naturaleza y vida urbana todavía se retroalimentan.

Mientras el recorrido termina y el sol empieza a caer sobre el agua marrón de la laguna, las siluetas blancas vuelven a cruzar el cielo santafesino. Algunas planean en silencio. Otras lanzan gritos roncos desde los juncales. Todas forman parte de un equilibrio frágil que todavía resiste en el corazón mismo de Santa Fe.

Vivir la experiencia
Para quienes quieran encontrarse con ese espectáculo silencioso que ofrecen las garzas sobre la Setúbal, existen varios puntos privilegiados de observación en torno a la laguna. La Costanera Este y la playa Los Alisos, en barrio El Pozo, permiten ver cómo las aves se refugian entre la vegetación del humedal. También el solarium de la Costanera Oeste, con toda su franja de arena desde los espigones hasta el Faro, ofrece postales permanentes de vuelos rasantes y bandadas suspendidas sobre el agua.

Más al norte aparece El Chaquito, ya en jurisdicción de Monte Vera, un rincón tranquilo frecuentado por fotógrafos de naturaleza que buscan registrar escenas difíciles de repetir. Y hacia el este de la ciudad, la Reserva Ecológica de la UNL propone senderos rodeados de lagunas internas donde muchas de estas especies encuentran refugio.

Los observadores coinciden en un consejo simple: los mejores momentos para descubrir a las garzas en todo su esplendor son el amanecer y el atardecer, cuando el cielo espejado de la laguna multiplica sus siluetas sobre el agua marrón de la Setúbal.

La jornada culmina. A lo lejos, en el horizonte marrón que se funde con el cielo, viaja un embalsado aguas abajo. Entre las “orejas” verdes de los camalotes resplandecientes con el último sol asoma esbelta una garza que es capturada por la lente de Capovilla. Un precioso registro fotográfico más de esta maravilla tan nuestra, tan profundamente santafesina. La magia de la naturaleza.






