"El éxito se puede comprar, pero la obra que uno hace es como el diario de la propia vida: estados de ánimo, pensamientos, protestas. Y eso es lo valedero. Lo único que importa, en definitiva".

Su obra vuelve a interpelar desde una ética del trabajo y una poética sostenida en sus estudios americanistas. Pintor, ceramista y gestor cultural, dejó un legado coherente, todavía abierto a nuevas lecturas.

"El éxito se puede comprar, pero la obra que uno hace es como el diario de la propia vida: estados de ánimo, pensamientos, protestas. Y eso es lo valedero. Lo único que importa, en definitiva".
Lo dijo Artemio Alisio en 1979, en una entrevista concedida a El Litoral. A veinte años de su muerte, esa frase vuelve a imponerse como síntesis de un artista que entendió al arte como testimonio y escritura de una identidad americana.
Recordar hoy a Artemio, fallecido el 10 de febrero de 2006 en Concepción del Uruguay, es más que repasar una biografía. Es volver sobre una visión del arte ligada al trabajo, la memoria, la tierra y una idea de cultura como responsabilidad histórica.

Su obra, múltiple y coherente, sigue pidiendo nuevas lecturas, especialmente en un tiempo que tiende a sacar de contexto los procesos creativos.
Artemio Alisio nació el 26 de agosto de 1942 en Soledad, una pequeña localidad del departamento San Cristóbal, al norte de la provincia de Santa Fe. Ese origen, en apariencia periférico, fue uno de los núcleos simbólicos de su producción.
Entre 1956 y 1960 se formó en la Escuela Provincial de Bellas Artes Juan Mantovani de Santa Fe, institución que tuvo un rol muy importante en la modernización del arte regional.

Allí adquirió una sólida base técnica, pero también una conciencia crítica que lo acompañaría siempre. Santa Fe fue un espacio de aprendizaje, de inserción institucional y de compromiso cultural.
Entre 1970 y 1977 se desempeñó como curador del Museo Municipal de Artes Visuales Sor Josefa Díaz y Clucellas, donde dejó su personal impronta organizativa y conceptual.
Pintor, dibujante, escultor, ceramista, restaurador, docente. En Artemio no había "compartimentos estancos". Su taller fue un crisol donde convivían telas y papeles, pigmentos y barro, hornos y herramientas.

Ese carácter de "artista total" fue su forma de estar en el mundo. Trabajaba con una ética del hacer que lo emparenta con la figura del obrero del arte, alguien que insiste, investiga, y vuelve una y otra vez sobre los materiales.
Si hay un eje vertebrador en la obra de Artemio es su americanismo. No como consigna declamativa, sino como experiencia estética. Su interés por las culturas precolombinas, los mitos fundantes y las tradiciones indígenas se tradujo en una obra que dialoga con el pasado para interpelar el presente.
"Trabajo a la manera de una persona del siglo XX, pero siguiendo las guías de los anteriores", afirmaba, dejando en claro que su modernidad no negaba la tradición, sino que la reescribía.

En esa línea, su interpretación del Popol Vuh (la Biblia de la región quiché) es uno de los puntos altos de su producción, por la potencia simbólica y el dominio técnico.
De gran pericia en cerámica, dibujo y pintura, Alisio dotó a cada pieza de un magnetismo particular. Forma y contenido se funden en una misma pulsión expresiva. Su obra es auténtica y personal, reconocible como una "huella digital".
La trayectoria de Artemio Alisio fue vasta. Realizó más de 103 exposiciones individuales en Argentina y en el exterior, y fue distinguido en 54 oportunidades en salones oficiales y privados.

Entre los premios más destacados se cuentan el Premio Trabucco de la Academia Nacional de Bellas Artes, el premio a la trayectoria en el Primer Salón de la Crítica, y primeros premios en los Salones Nacionales de Santa Fe y Entre Ríos.
Sus obras integran colecciones y museos de Argentina, Alemania, Inglaterra, Italia, Chile, Cuba y Brasil, y fueron especialmente valoradas en centros artísticos de Alemania.
Críticos de la talla de Fermín Febre, Osiris Chirico, Nelly Perazzo, Jorge López Anaya, Osvaldo Spano Asini y Romaldo Brunetti ubicaron su producción en un lugar distintivo dentro del arte latinoamericano.

Más allá de su obra, Artemio fue gran promotor cultural. En 1977 fundó el Museo de la Cerámica de Santa Fe y, en 1989, fue convocado por el gobierno de Entre Ríos para crear el Museo Provincial de Dibujo en Concepción del Uruguay.
Desde allí desarrolló una labor de enorme trascendencia nacional, ampliando el acervo, incorporando el grabado y organizando salones anuales de referencia.

Ese museo, que desde 2009 lleva su nombre, fue dirigido por Alisio durante 16 años. A ello se suma su tarea como formador: en 1984 creó y codirigió junto a su esposa, la Escuela de Cerámica del Colegio Superior del Uruguay.
En 2014, el Centro Cultural Borges de Buenos Aires le dedicó una muestra. Allí, el crítico Jorge Taverna Irigoyen indicó que "es una obra de una gran originalidad, no solo temática, sino también por el lenguaje expresivo que practica el artista".
"Sería muy importante que el público redescubra a Artemio Alisio, porque es una obra que está siempre pidiendo nuevas lecturas, nuevas miradas, y tiene un rico trasfondo americanista", recalcó.
A veinte años de su muerte, esa afirmación conserva toda su vigencia. En su haber, quedan obras que merecen un destino pensado, un corpus que permita comprender una concepción artística coherente y enraizada en América.