«Vanidad de vanidades, todo es vanidad», proclama el Eclesiastés. Y sin embargo, en el corazón mismo de esa vanidad late la huella indeleble del dedo de Dios. Así comienza el texto curatorial de una exposición que no pide permiso para incomodarnos, para arrancarnos de la tibieza del espectador pasivo y arrojarnos al centro mismo de la pregunta más antigua: ¿qué es el hombre?
Galería La Pipa
Homonstruos, la nueva serie de Ignacio Malara que se exhibe en la Galería La Pipa, es el fruto de un largo descenso. El artista decidió volver deliberadamente a la caverna, desandar la historia hasta encontrar al hombre antes de la vergüenza, antes del nombre, antes del pecado que nos enseñó a cubrirnos. Explorando las variantes del "homo" —sapiens, ludens, faber, peccator— Malara llegó al homo nudus: el hombre desnudo y primordial, tal como fue soñado y amado por su Creador.
Hay algo de Frankenstein en estas criaturas: seres ensamblados desde el polvo, la tela y el papel, que cobran vida bajo las manos de un artista que no teme mancharse de barro sagrado. Pero a diferencia del monstruo de Mary Shelley, los homonstruos de Malara no buscan venganza ni redención. Se ofrecen. Son ecce homos que no acusan al mundo, sino que se entregan a él.
En este regreso no hay nostalgia edénica ni romanticismo fácil. Hay un grito bifronte: de gratitud desbordada por el don inmerecido de existir y de dolor lúcido ante la certeza de que todo se desvanece. Cada obra es un salmo encarnado. Los cuerpos se retuercen, se desgarran, se multiplican, se deshacen; la carne se hace grito y el grito se hace carne. Sangre, lágrimas, barro: materia sagrada que sabe que volverá al polvo y aun así canta.
Para Malara, la belleza no es adorno: es la herida por donde entra la luz divina. El dolor no es castigo: es el lugar preciso donde el hombre toca a Dios y Dios toca al hombre. Sus criaturas no son monstruos que provoquen horror, sino homonstruos que provocan adoración.
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Esta travesía por el universo de Homonstruos la emprenderemos en dos entregas. En este primer artículo nos detendremos ante dos obras capitales que funcionan como pórtico de la serie: el Caín americano que aúlla por su nomadismo perdido y la pareja primordial que sufre el descubrimiento de la agricultura. Dos visiones que reescriben el Génesis con pinceladas de rabia y ternura. En la segunda parte completaremos el recorrido hasta llegar al banquete final que cierra la muestra.
Caín llorando al perder su condición de nómade
Técnica mixta sobre tela, 190 x 180 cm, 2025
Esta es, probablemente, la obra más desgarradora y políticamente incorrecta de toda la serie. Un homonstruo verde, mitad bestia y mitad hombre, aúlla bajo un sol indiferente mientras lleva cosida a la carne la bandera de Estados Unidos. El título lo dice todo: Caín llorando al perder su condición de nómade. Una provocación teológica y política que Malara lanza sin pedir permiso.
Porque lo que llora este Caín no es la maldición de vagar eternamente que le impuso Dios después del fratricidio, sino la pérdida de esa misma maldición. Llora porque le han quitado la única libertad que le quedaba: la de no pertenecer a ningún lugar. La bandera estrellada no es adorno; es la marca de Caín moderna, la ciudadanía, la nacionalidad, el pasaporte que lo convierte en alguien, que lo fija, que lo domestica. Y él la detesta.
El verde bilioso de su cuerpo —color de envidia, de hiel, de vida que se pudre— choca con el rojo y blanco de las barras como heridas abiertas. El sol amarillo, lejos de consolarlo, lo observa con la misma frialdad con la que Dios miró a Caín después del crimen: un disco perfecto, apolíneo, inalcanzable. El paisaje que lo rodea es un paraíso falso, un jardín americano de plástico donde ya no hay lugar para él.
Malara se atreve a algo que muy pocos artistas contemporáneos se animan: decir que la pertenencia puede ser la peor de las condenas. Que la identidad nacional, el "ser de algún lado", puede ser la forma más sofisticada de la marca de Caín. Y lo hace sin caer en el panfleto porque el cuadro no acusa: se ofrece. El homonstruo extiende sus garras amarillas como quien pide auxilio o como quien bendice.
Técnicamente es una de las piezas más violentas y más bellas de la serie. La pincelada es rabiosa, casi punitiva; la pintura parece arrancada de la tela a mordiscos. Al final, este Caín no quiere redención. Quiere volver al polvo, al camino sin fin, al no-ser-ciudadano. Y en ese deseo imposible late la verdad más incómoda: tal vez la verdadera libertad sea la de no pertenecer nunca del todo.
Eva y Adán sufriendo por descubrir la agricultura
Técnica mixta sobre tela, 190 x 180 cm, 2025
Malara comete aquí un acto de herejía bellísima: reescribe el Génesis no como caída por el conocimiento del bien y del mal, sino por el conocimiento de la agricultura. Dos cuerpos —uno siena-gris-negro, otro naranja-rojo— se funden en un abrazo que es a la vez consuelo y estrangulamiento. No hay rostros claros, solo torsos retorcidos, extremidades que se confunden, piel que parece derretirse y gotear como cera o como sudor.
El fondo blanco, casi cegador, no es cielo ni luz divina: es vacío, la nada edénica que ya no existe. El cuadro duele porque es la imagen exacta del fin del paraíso nómada. Malara nos dice algo brutal: la verdadera expulsión del Edén no fue comer el fruto, sino aprender a cultivarlo. El sufrimiento de Eva y Adán no es por la desnudez descubierta, sino por la tierra dominada.
La agricultura —ese supuesto primer paso hacia la civilización— es aquí la nueva serpiente, la tentación definitiva de dejar de ser extranjeros y peregrinos para convertirse en propietarios. El abrazo desesperado de las figuras es el momento exacto en que entienden que han cambiado la libertad del cazador-recolector por la esclavitud del labrador. "Ganarás el pan con el sudor de tu frente" ya no es castigo divino, sino autolesión humana.
El título es una ironía devastadora. No sufren por el pecado original, sino por el pecado civilizatorio. Malara se atreve a sugerir que tal vez Dios no nos castigó con la agricultura: nosotros la elegimos. Y que Caín, el primer agricultor, no fue el primer asesino por envidia, sino por la desesperación de quien entiende que ha perdido para siempre la condición de nómada.
Esta pintura es una de las acusaciones más radicales que el arte argentino contemporáneo ha hecho al progreso. No es ecologismo naïf ni nostalgia romántica: es teología cruda.
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Hemos cruzado apenas el umbral de esta caverna sagrada. El Caín americano y la pareja primordial nos han mostrado las primeras heridas de una humanidad que perdió su nomadismo para ganar banderas y surcos. Pero el recorrido no termina aquí.
En la próxima entrega nos adentraremos en las profundidades de Homonstruos: una lección de nomadismo donde simios azules ofician de artistas primordiales, el día exacto en que la codicia se hizo carne y bota, y finalmente, un Petrarca invertido que abandona las cumbres para arrodillarse ante una flor moribunda. Al final del recorrido nos espera el banquete terrenal prometido: mesas quebradas, frutos mordidos, cuerpos que ya no temen mancharse porque saben que Alguien lavará sus pies.
Continúa en la Segunda Parte...
Más información
"Homonstruos" de Ignacio Malara. Curaduría Guillermo Aleu. Galería La Pipa (Sánchez de Bustamante 2498, CABA). Inauguración: 27 de noviembre de 2025. Cierre: 28 de febrero de 2026.