El día que un almanaque cambió para siempre la forma de ver el campo argentino
El 14 de marzo de 1930, el artista firmó un contrato con la emblemática marca. Ese hecho, terminó llevando sus humorísticos gauchos a millones de paredes y provocó que su obra se convierta en parte del imaginario del país.
"Vaca… yendo la gente al baile", publicada en 1941. Foto: Museo Zorrilla Uruguay
Mucho antes de convertirse en lo que son hoy, una especie de objetos de colección, los trabajos creados por Florencio Molina Camposestaban colgados en lugares modestos: almacenes de ramos generales, estaciones de tren, pulperías de pueblo, talleres mecánicos o cocinas familiares.
En esos espacios, entre el mate y el trajín cotidiano, esos gauchos de narices largas, caballos inquietos y ademanes exagerados fueron entrando, de a poco pero con firmeza, en la memoria visual de los argentinos.
El punto de partida de ese fenómeno tiene fecha precisa: 14 de marzo de 1930. Fue ese día cuando la Fábrica Argentina de Alpargatas contrató al artista para ilustrar el almanaque de 1931. Lo que parecía un encargo más terminó siendo una de las difusiones artísticas más masivas del siglo XX en el país.
Museo Zorrilla Uruguay
Las escenas camperas deMolina Campos comenzaron a reproducirse en millones de láminas que circularon por toda la geografía argentina. Y armaron una "narrativa visual" sobre la vida rural que hoy es parte del imaginario colectivo.
Bisagra
Cuando Alpargatas convocó a Molina Campos, el pintor ya había dado señales de su talento. Había presentado su primera exposición pública en la Sociedad Rural, donde sus caricaturas de escenas gauchas llamaron la atención.
Pero el contrato de 1930 le dio una vidriera inédita. La empresa le encargó doce pinturas originales, una para cada mes del almanaque de 1931. El éxito fue tal que la colaboración se prolongó durante años: primero entre 1931 y 1936, y luego nuevamente entre 1940 y 1945.
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Como explicó Segundo Deferrari, director del Museo Las Lilas, en el catálogo publicado por el Museo de Artes Visuales Ernesto Alexandro de Uruguay, el fenómeno fue tan potente que terminó creando un circuito cultural propio.
"Donde llegaba la mercadería de Alpargatas, había una obra de Molina Campos que la promocionaba. Así, la empresa jugó el doble papel de difundir sus productos y el arte de don Florencio", destacó.
La circulación fue monumental. Cerca de 18 millones de láminas se distribuyeron por todo el país, llevando esas escenas gauchescas a lugares donde el arte rara vez llegaba.
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La Argentina de los 30
La Argentina de los años 30 vivía una transición. Buenos Aires crecía, mientras el campo seguía siendo símbolo identitario de la nación. En esa tensión (tradición y modernidad), las obras de Molina Campos brindaban una mirada singular.
No idealizaban al gaucho como héroe romántico, tampoco lo reducían a una caricatura grotesca. Más bien lo mostraban en su vida cotidiana: trabajando, bailando, jugando a las cartas, cortejando a una "china" o domando caballos.
Para el filósofo y ensayista Pablo da Silveira, "Molina conocía profundamente ese mundo, pero tenía la distancia necesaria para mirarlo en perspectiva. Lo quería profundamente, pero no se sentía obligado a reverenciar. Por todo eso se permitió retratarlo con un humor casi farsesco, que es muy poco frecuente entre quienes han tratado el tema".
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Literatura gauchesca en un almanaque
A partir de 1934, los almanaques comenzaron a incorporar textos escritos por el propio artista. Allí apareció Tiléforo Areco, personaje emblemático de su universo creativo. Inspirado en un capataz de estancia, Tiléforo era un paisano que contaba su historia con giros rurales, exageraciones y humor.
Ese folletín criollo fue tan popular que el personaje terminó llegando a la radio. Durante dos años, Molina Campos lo interpretó en Radio Splendid, con retransmisiones en emisoras del interior como Bahía Blanca y Rosario.
Publicidad y patrimonio cultural
Lo más llamativo del fenómeno es que esas obras nacieron dentro de una campaña publicitaria. Sin embargo, el tiempo terminó haciéndolas patrimonio cultural.
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Las láminas se colgaban en bares, talleres, escuelas y bibliotecas. Muchas familias las guardaban incluso después de que terminara el año del calendario. La gente se apropió de ellas: las apreció, las guardó y las exhibió.
Un artista popular
El artista retrató un universo rural que todavía estaba vivo en la memoria colectiva de la Argentina de la primera mitad del siglo XX. Pero lo hizo con una mirada moderna, capaz de captar la dimensión humana del paisaje criollo.
En palabras de la historiadora cultural Mariana Wainstein, directora nacional de Cultura de Uruguay, su obra se sostiene en una convicción profunda.
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"Dedicó su vida entera con tenacidad inquebrantable a mantener vivas las costumbres y las tradiciones campestres plasmadas en su rico legado. Y fue con ese entusiasmo y esa resolución que supo conquistar también a los exigentes públicos de los EUA y de Europa", afirmó.
A más de 90 años del contrato firmado con Alpargatas, la obra de Florencio Molina Campos sigue ocupando un lugar singular en la cultura argentina. Sus pinturas están en museos, colecciones privadas y exposiciones internacionales. Pero el corazón sigue siendo el mismo.