Néstor López


Néstor López
“Lo esencial es invisible a los ojos”, es la célebre frase que utilizó Antoine de Saint-Exupéry para describir que el verdadero valor de las cosas no es siempre evidente, en su libro El Principito que nos acompañó, a casi la mayoría, en nuestra entrada o en medio de la adolescencia.
Me remonto a mis primeros picados en el potrero de Córdoba e Isidro Lobo en mi Genera Roca natal, siempre la cita era en invierno antes de la leche y en verano antes de la cena, se elegía equipo contando pasos uno frente al otro avanzando y el que pisaba al otro tomaba la iniciativa. A veces, lo que menos costaba eran los arqueros, porqué ya ellos solos querían volar como el Pato Fillol o achicar haciendo “la De Dios” como el Loco Gatti.
Después, era arrancar y meter, correr y disfrutar hasta que el foco de la esquina o el grito de uno de los arqueros “¡no veo nadaaa!” diera por finalizado el partido. En verano, ya extenuados, juntábamos las monedas hasta donde alcanzaran y comprábamos gaseosas una de naranja y otra de cola y compartíamos charlas, que con los años fueron pasando de comentar los partidos de Buenos Aires cuando no había Superliga o Liga Profesional y la cantidad de nombres que abundan hoy, hasta de la piba del barrio con la que te cargaban o compañera del colegio que te gustaba.
De ese grupo, ninguno llegó a jugar en Primera División, pero sí sus hijos, Pablo Batalla hijo de Miguel, Miguel Caneo hijo del Chino, Gastón Gil Romero hijo de Roberto, Seba Salomón hijo del “Vita” y algún otro que ya no recuerdo. De ese grupo “del picado” en el baldío, algunos estudiaron. Hay contadores, abogados y nunca falta un ingeniero otros simples trabajadores y la gran mayoría ya no vivimos en el pueblo y en el barrio donde quedaron nuestros padres. Y algunos ya no están, pero lo que quedó grabado a fuego fue la esencia. Esa misma que nunca imaginábamos que en ese lugar rodeados de yuyos, tierra salitrosa y con arcos casi invisibles íbamos a forjar una amistad genuina sin medir de respetar al que tenía los “Sacachispas” nuevos o al de las zapatillas rotas, al que vivía en el chalet de la esquina o el del inquilinato de la calle Chacabuco.
Un potrero era eso, ahí nacía un crack de fútbol y si no llegaba a serlo, formaba buenas personas. Era la esencia misma que hoy llevamos con nosotros. Por eso debe disculparnos El Principito. En esa época y en ese lugar, “lo esencial era visible a Los ojos. Va dedicado a mis amigos del barrio Patronato, a los que están y a los que se fueron a jugar el picado al cielo.