Lía Masjoan
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Las motos son el principal problema de tránsito que tiene la ciudad. Al diagnóstico lo comparten todos: la Municipalidad, que focaliza gran parte de sus operativos en ellas y siempre lideran las estadísticas de los vehículos retenidos; los médicos, enfermeros y camilleros de guardia del hospital Cullen, que están cansados de atender heridos y recibir muertos a causa de accidentes de este tipo de rodado; el personal de las ambulancias, que los trasladan; los profesionales del Vera Candioti que insisten en que gran parte de sus pacientes en rehabilitación tienen lesiones por esta causa; los vecinos de la ciudad, que ven a diario una enorme cantidad de motociclistas sin casco, llevando de a dos o tres menores y cruzando semáforos en rojo.
Lo que sucede en la Costanera es grave: que un grupo de 30 a 50 personas se adueñe de un espacio público y, a la vista de inspectores y policías, cometa todo tipo de infracciones es inadmisible. En este contexto, disponer controles constantes con escasa capacidad de acción no parece dar resultado. Y esperar a que se cansen de provocar, excediendo los límites de velocidad, sin llevar casco ni patente, mucho menos. De hecho, El Litoral reflejó esta situación hace un año y tres meses y todo sigue igual.
¿Son eficaces?
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