Sentado en una silla en la puerta de su casa, Carlitos Sejas sobresale por su quietud mientras en el barrio la vida está en movimiento. Los coches pasan, las señoras hacen las compras, los chicos están en la escuela. Pero Carlos está allí detenido, con su mirada perdida en tiempos pasados.
Hace veinte años vive en Jardín Mayoraz, barrio al cual destaca como uno de los mejores, sobre todo por la calidad de su gente. “Lo principal es tener buenos vecinos”, afirma.
Durante toda su vida fue feriante, incluso llegó a ser secretario de la entidad que los nucleaba. Eran otras épocas en Santa Fe. No existían los megamercados ni las grandes verdulerías, y las amas de casa trajinaban entre puestos callejeros eligiendo los mejores productos para llevar a sus hogares.
“Éramos más de trescientos en cada feria, familias enteras que se dedicaban al negocio. A mis cuarenta años, trabajaba para todos los grandes; era propietario de tres camiones y un galpón para 2.000 cajones de manzanas. Tenía en verdad un imperio”, recuerda.
Sin embargo, durante el relato algo cambia en su mirada, que se torna vidriosa y melancólica. “Todo cambió cuando en el año ‘78 compré 400 mil bultos y me fue mal. Por una mala inversión perdí todo en manos del banco. Veinticinco años de trabajo, mi matrimonio... todo. No aguantó la fruta y tuve que ofrecerla a cambio de monedas”, cuenta.
Hoy Carlitos no abandonó del todo su actividad. Sigue vendiendo bolsitas de verduras que no suelen conseguirse en los locales cercanos. El imperio ya no existe, pero al menos logra sumar algunos pesos a su jubilación.
“Hoy hay sólo seis feriantes, porque no tienen adónde ir. Son muchos los gastos y tenés que vender barato para sobrevivir frente a las grandes cadenas. El súper de a poquito se fue comiendo todo. Los costos se volvieron muy altos y los buenos feriantes desaparecieron”, comenta.
Y es que el impiadoso paso del tiempo también afectó a la geografía y a las costumbres de la ciudad, dejando a miles de familias sin un salario y ante la necesidad imperiosa de un nuevo empleo.
Actualmente, Carlitos tiene 75 años. Sus días transcurren serenos en compañía de su señora. Lejos han quedado las pérdidas y la desesperanza, y ha llegado el momento de disfrutar de aquellas cosas que sólo después de cierta edad logran valorarse.
Su mensaje final es una enseñanza: “Nunca hay que entregarse. A mí me pasaron muchas cosas. Pero hay que ponerse firme y nunca mirar atrás, aun cuando todo salga mal, hay que darle para adelante”, demostrando que la vida no es más que una serie sucesiva de comienzos, cuyos senderos se bifurcan constituyendo un laberinto tan infinito como el tiempo.






