El crimen ocurrido en la escuela de San Cristóbal -donde un alumno de 15 años disparó y mató a otro, e hirió a compañeros dentro del ámbito escolar- sacudió a toda la comunidad y volvió a poner en debate qué está pasando con los vínculos sociales. “Esta escena traumática es un espejo donde no nos querríamos haber visto reflejados jamás”, plantea la especialista Carina Kaplan, quien advierte que “algo del orden de lo humano se ha resquebrajado” y que es urgente reconstruir lazos desde el mundo adulto y desde la escuela.
Kaplan: “Necesitamos recuperar en la escuela el lazo humano desde una pedagogía de la empatía”
La investigadora advierte que los discursos de odio y la cultura digital “anestesian” a los jóvenes. En ese sentido, contrapone el rol de la escuela que “puede ser refugio y contrapeso frente a una sociedad atravesada por la violencia”.

Con una vasta trayectoria académica, Kaplan es doctora en Educación por la UBA, magíster en Ciencias Sociales con mención en Educación por la Flacso y realizó un posdoctorado en la Universidade do Estado do Rio de Janeiro (UERJ), Brasil. Es investigadora del CONICET y de la Universidad de Buenos Aires y profesora titular en la Universidad Nacional de La Plata. Sus investigaciones y libros abordan, desde hace años, los vínculos escolares, las violencias y las emociones en la experiencia educativa.

-A raíz del caso en la escuela de San Cristóbal, ¿qué debemos reflexionar como sociedad?
-Que un niño mate a otro niño, y que además éste sea su compañero, y que el hecho suceda en la escuela a la que ambos asistían, conmueve los cimientos sobre los que construimos la convivencia social. Es difícil poner palabras frente a tanto dolor de toda una comunidad escolar y de todo un país. Sentimos todos los ciudadanos, en general, que esta escena traumática es un espejo donde no nos querríamos haber visto reflejados jamás.
-¿Qué nos pasa como sociedad para que un adolescente llegue a cometer un hecho así?
-La conmoción es tan fuerte que intuimos que algo del orden de lo humano se ha resquebrajado: eso que sucedió es casi impensable. Pero necesitamos pensar y actuar. La sociedad está rota y necesitamos hacer algo urgente para repararla. Vengo pensando, a partir de mis investigaciones, donde converso desde hace muchos años con adolescentes y jóvenes en escuelas sobre su malestar, que es imperioso que recuperemos nuestro rol adulto para protegerlos. Se sienten bastante solos, perciben que no tienen futuro. La cultura digital, omnipresente en el cotidiano de las vidas de los niños y jóvenes, los subsumen en más soledad. Están conectados a las máquinas y se les dificulta establecer lazo humano.
-¿Cuál es el mensaje en la comunidad escolar que tal vez siente culpa de algún tipo porque es una violencia que se desató en el mismo lugar donde se trata de enseñar otra cosa, empatía, por ejemplo?
-Niños y jóvenes demandan amor. Para ciertos estudiantes habitar la escuela simboliza un refugio, mientras que para otros representa una vivencia dolorosa. La invitación es a pensar el papel de la empatía en la construcción de una experiencia escolar que fortalezca la autoestima. Una pedagogía amorosa nos educa para registrar y validar lo que sentimos y lo que sienten los otros.
En la escuela se aprende no solo matemáticas sino también a convivir junto a otros. Y fundamentalmente, se aprende a conmoverse y a reparar el dolor ajeno. Uno de los aprendizajes sociales más importante que nos deja la escuela es la de empatizar con el dolor ajeno: “siento tu dolor”. Si un niño o joven humilla a otro (que es una forma de violencia) es necesario que en escuela aprenda (y que todos los estudiantes aprendan) que la violencia daña y que hay que tener un gesto reparador. Se daña con la violencia física pero también hieren las palabras.

“Conectividad desconectada”
-¿Cómo abordar situaciones de conflictividad familiar que atraviesan a los estudiantes?
-Vivimos en una cultura de hiperconectividad donde está mal visto expresar el sufrimiento. Esa “conectividad desconectada” profundiza la distancia emocional. La escuela puede ser el espacio para compartir lo que se siente y reparar lo dañado.

-¿Qué impacto tiene la forma en que los medios abordan estos hechos?
-El tratamiento mediático sobre las violencias y las escuelas, tiende a reforzar estereotipos. Se transmite la idea de que la escuela "es violenta" y se la acusa en general de su inacción. Es preciso tener en cuenta que las violencias en las escuelas son un espejo de la violencia social. Desde ya que es necesario abordar las conflictividades que se expresan en el cotidiano escolar (tanto las violencias físicas como las simbólicas) aunque con el propósito de colaborar a interrumpirlas y que los niños y jóvenes aprendan a reparar el daño.
Una escena, en las redes sociales, por ejemplo, que se repite incesantemente termina insensibilizando a quienes la miran. Y la escuela es un tiempo y un lugar para sensibilizar sobre los efectos de dolor social de las violencias y para generar actos de justicia afectiva. La institución escolar es un lugar donde niñas y niños necesitan sentirse seguros. La escuela es un escudo protector.
-Usted advierte sobre discursos violentos desde esferas de poder. ¿Qué efecto tienen?
-Me preocupa que se premie la humillación, el odio y la crueldad desde las esferas más altas del poder. Al mismo tiempo, la cultura digital, omnipresente en las vidas cotidianas de niños y jóvenes, los anestesia frente al dolor ajeno y los abandona a la soledad. Necesitamos recuperar culturas que nos hagan lazo, que nos conecten desde nuestra humanidad. La escuela suele promover valores y sensibilidades que hacen contrapeso frente a las violencias, promoviendo empatía, cooperación, compasión y solidaridad.
Que la escuela sea un refugio
-En su último libro usted define a la escuela como un “refugio”. ¿A qué se refiere?
-Para algunos estudiantes la escuela es un refugio, para otros no. La propuesta es pensar la empatía como base de una experiencia escolar que fortalezca la autoestima. Este es un sentimiento estructurante que permite construir confianza y seguridad para afrontar la vida.
-¿Qué señales deben alertar a docentes y familias?
-Hay escenas temidas: el miedo a ser excluido, a la humillación, a no ser reconocido. Cuando un niño está aislado en los recreos, no es elegido por sus compañeros o no es invitado a actividades, se enciende una alarma. La experiencia escolar puede estar atravesada por el sentimiento de desprecio, que afecta profundamente la subjetividad. Si el niño es despreciado, suele vivenciar menosprecio: "no valgo nada".
-¿Cómo promover vínculos solidarios?
-La pedagogía amorosa es central para que la escuela sea un lugar hospitalario. Trabajar con las emociones abre un camino a la responsabilidad de estar juntos. El lazo social se funda en la afectividad, en el amor entendido como experiencia de vínculo. Somos seres interdependientes: necesitamos de los otros para construir sentido a nuestra existencia. La ternura es una forma de ese lazo. Cuando falta, lo que aparece es una subjetividad herida.








