Eduardo Levy Yeyati es economista y escritor. Antes de obtener su doctorado en Economía en el exterior, estudió Ingeniería y Psicología en la Universidad de Buenos Aires. Hoy pasa la mitad del tiempo en Buenos Aires y la otra mitad en un avión. Creó y condujo los programas “Tasas chinas” (Radio UBA), “Por venir” (TV Pública, premiado como mejor periodístico de actualidad por Fund TV) y “Pensar distinto” (TN).
Eduardo Levy Yeyati explora el reverso de la ciudad
El escritor y economista bonaerense publicó su cuarta novela, profundizando en la distopía sin perder los guiños a la Argentina contemporánea.

Investigador de prestigio mundial dedicado a pensar el cambio tecnológico, el futuro del trabajo y el desarrollo, publicó entre otros ensayos: “Automatizados” (2023), “Después del trabajo” (2018) y “Porvenir” (2015). En el terreno de la ficción, su bibliografía incluye las novelas “Gallo” (2008), “Culebrón” (2013, finalista del premio Letra Sur), “El juego de la mancha” (2018, finalista del premio La Nación-Sudamericana) y “Subsuelo” (2026, Planeta).
Arco (y flecha)
La historia del libro data de principios del siglo XXI. Así lo relata su creador: “Empecé a escribir ‘Subsuelo’ entre 2005 y 2006. Lo sé porque yo escribo en computadora y guardo todos los materiales”, detalla el autor. Eduardo suele partir de un género y luego trabaja en modernizarlo o deconstruirlo. “Me gusta jugar con las coordenadas del género. Porque, por un lado, me da un perímetro de partida. Pero, por el otro, cuando salgo de ellas aparece la sorpresa y su efecto literario”.
Levy Yeyati tenía una premisa, un escenario, dos historias fundiéndose a negro. “Una es el background, la historia de la crisis argentina; la otra, en el primer plano, es la historia de la protagonista que desciende al subsuelo. Soy muy cinéfilo y quería que esos dos planos se juntaran en un clímax, veía al segundo plano acercándose como un tsunami sobre la historia principal”. Eduardo circuló una versión previa entre amigos (“buenos lectores, pero no lectores de Puán”). Necesitaba saber si se entendía, si atrapaba. “Me dijeron que estaba bien pero que faltaba algo. Entonces, la cajoneé”.
Pasaron quince años. El escritor tenía dos proyectos: un guión y la novela en cuestión. Le preguntó a su hija Paula (Yeyati Preiss, escritora y tallerista). “Ella es una gran lectora y me dijo que vaya por la novela de terror, o sea por ‘Subsuelo’. Después se la di a un amigo, lector profesional y gran escritor de no ficción, Matías Bauso. Gracias a sus comentarios terminé de redondear. Como verás, el proceso es muy largo. La primera parte de la edición es encontrar el arco y cerrarlo con un clímax. La segunda es eliminar cosas -como Gordon Lish con Carver-: tachar adjetivos e incluso sacar escenas completas o personajes”.

El reverso
A la par de la protagonista, orbitan personajes marginales como el mendigo y la artesana, resortes de la reconstrucción del clima de crisis. Explica Levy Yeyati que el recurso tiene dos funciones. Por un lado, son señales o rastros de la crisis. “La novela es muy nocturna. Cuando baja la luz, cuando baja la marea, cuando baja el ruido, se ven los intersticios de la ciudad. Se observan detalles de una cierta decadencia o degradación. Es algo que vas viendo desarrollándose detrás con pequeñas pruebas. Obviamente, cuando explota la crisis, uno puede imaginar varios de esos personajes en los saqueos, en la plaza, en el grito”.
Por otro lado, hay una relación “menos obvia” que también es parte de la historia, según cuenta el autor de la novela. “El subsuelo es el reverso de la ciudad y estos personajes son los huecos de la ciudad. El deterioro, la crisis, el proceso de degradación del año 2001 tiene como correlato ese subsuelo: la historia dura, oculta, secreta de la ciudad, que no existe. Los personajes que viven en el subsuelo tienen su correlato en estos personajes intersticiales que uno ve durmiendo en la plaza o, de pronto, aparecen como una cosa anormal o loca. Son lados ocultos, imperceptibles, que están siempre con nosotros, pero no los vemos. Intenté que los dos planos estuvieran jugando todo el tiempo. Imaginate que pasás un rayo X, cambiás tu visión y empezás a ver cosas que estaban ahí pero antes no terminabas de percibir”.
Junto a las “larvas de la crisis”, aparecen elementos que enrarecen la atmósfera al tiempo que la acercan al fin del siglo XX en Argentina. Por ejemplo, la referencia a Racing campeón (como anticipó, en tono cambalache, Miguel Mateos en “Bar Imperio”) o al nuevo cine argentino. Todo ello condimentado con las especias del humor. “Todas mis novelas son muy oscuras: porque son nocturnas y porque el material se va oscureciendo a medida que avanza”, cuenta Eduardo. “El humor te baja un poco, te dosifica esa oscuridad. También es una característica del nuevo terror tratar de no abrumar al lector. El humor distancia y, de alguna forma, genera una sensación de control de la situación. El terror y el humor (en inglés sería understatement: el humor sin enfatizar, sin ser muy explícito) combinan bien porque bajan la acidez, la gravedad, la solemnidad. Es como echarle un poco de azúcar a la salsa de tomate. Tiene que ser una experiencia en donde el lector se sienta cómodo, donde puede entrar y salir cuando lo desee”.

Pasadizos
Levy Yeyati anudó lecturas y trabajo de campo. “He visitado túneles en varios países. En un momento se relanzó La Manzana de las Luces y eso incluía una suerte de catacumbas romanas y, obviamente, túneles. Los típicos túneles que había en los castillos. Los castillos eran lugares amurallados, pero cuando caía el castillo tenías que tener lugares de fuga”. Igualmente, el escritor y economista reconoce como insumo clave de su memoria visual a la ficción. “La sensación de meterte en una realidad subterránea viene fundamentalmente del cine y de las novelas góticas (sobre todo Lovecraft)”.
En cuanto a las lecturas que acompañaron la escritura de “Subsuelo”, Eduardo prefiere no hablar de influencias, aunque identifica cierta familiaridad con el new weird (nuevo terror). “Son novelas que me fascinan, incluso si no están bien escritas. Me fascina el interés y la curiosidad del autor por generar escenarios hiperrealistas (o realistas de una manera rara)”. Destaca, entre libros, series y películas, “La casa de hojas” (Mark Z. Danielewski), “The Backrooms”, “El resplandor”, “Us”, “Weapons” y “Barbarians”. “Jordan Peele hizo ‘Us’, quizás la película más cercana a esta novela por la idea de que hay un reverso de gente como nosotros, pero distinta”.
Además del material mencionado, el entrevistado cruza material periodístico de época sobre la lobotomía y el electroshock. “Yo estudié Psicología cuando era muy joven, y siempre me fascinaron los relatos de los sujetos que habían sobrevivido a la lobotomía. Esa gente contaba que se sentía igual pero distinta: algo le faltaba pero era muy difícil de describir. La lobotomía, sobre todo en su versión americana, fue un procedimiento muy brutal. Fue una medida de represión para gente díscola (como el electroshock) que seccionaba el lóbulo frontal. La gente del subsuelo es el emergente de una historia de represión, de una historia reprimida y, de alguna forma, también dialoga con esos personajes de la noche que son los excluidos o los ocultos. Pero tampoco son excluidos, son gente que se cayó del barco, que se cayó de la realidad que uno ve todos los días”.

Rastros y licencias
Los sueños atacan varias escenas de “Subsuelo”, sobre todo aquellas que se dan entre la madre de Iván y Ana. “Algunos lectores han dudado si el escritor estaba insinuando que una parte de la novela era imaginada. El sueño me parece una salida facilista a algo que podría ser mucho más elaborado y ominoso. Si no es un sueño, es simplemente la realidad que de pronto expande los límites de tu percepción y aparecen cosas que vos no pensabas que pertenecieran a la norma”.
En este punto, Levy Yeyati retoma el famoso “Canon Occidental” de Harold Bloom, en el que el teórico estadounidense incluye “La interpretación de los sueños” de Sigmund Freud. “Es muy interesante porque el sueño como objeto es extraordinariamente literario. Da licencias para imaginar y para interpretar cosas por fuera de la realidad, pero no totalmente inventadas. Las escenas podrían ser reales. El sueño se vive como real. Toma rastros de la realidad diurna, de la vigilia, para reconstruir una realidad que es trucha pero que te está contando algo. Lo mismo que la fantasía y el terror, el sueño te permite exacerbar (y combinar) la realidad para revelar aquello que no está visto en el cotidiano. La novela no se explica como un sueño o una alucinación, pero deliberadamente expande la frontera de manera que todo se lea casi como un sueño. O como uno leería la interpretación de los sueños desde el punto de vista literario. Es real porque, si no lo fuera, sería mucho menos inquietante. Que vos dudes si es real o no es parte de la experiencia”.
Eduardo encuentra restos de “El juego de la mancha” en su sucesor, “Subsuelo”. “El registro de la nocturnidad y el uso fantasmático de la ciudad” pigmentan los escenarios de ambas novelas. En el libro publicado en 2018, recuerda el autor trazando un paralelismo con su flamante producción, “la ciudad se revela de manera fantasmática como si metabolizara la bronca, la incertidumbre y la angustia de los habitantes están abandonados a sí mismos, sin ningún trabajo que los ordene. Yo salgo de los temas que trabajo en ensayos y me meto en la novela. Puedo hacer, decir e imaginar lo que quiero. Es como un complemento”.

Coordenadas porteñas
En la mitad del recorrido lector se encuentra esta señal: “... tomo la curva del Velódromo en la que se mató hace años el cantante de Pastoral y pienso en él cuando el derrape de ruedas chirriantes del automóvil me desacomoda...” (2026:109-110). La referencia es para el recordado Alejandro Osvaldo De Michele, fallecido un 20 de mayo de 1983 a los 28 años.
Eduardo Levy Yeyati rememora el Velódromo, que estaba al lado del Club Universitario, del que sus padres eran socios. “Íbamos mucho por esa curva”, reconstruye. “Es una de las primeras curvas que tuvo un límite de velocidad exigible en la Argentina. Yo vivo en Belgrano y paso todo el tiempo por ahí. Me sigo acordando de la tragedia del pibe de Pastoral. Es una digresión súper realista. Quería que la protagonista estuviera en un lugar reconocible, aún para un español. Como el café en el que se encuentran, es el Varela Varelita. En una época, mi hija estudiaba Teatro en la escuela de Hugo Midón que está a la vuelta, y yo la esperaba en el Varelita. Son signos, coordenadas bien identificables”.
Aquí Eduardo se permite hablar de influencias. “Fui muy amigo de Luis Chitarroni, mi primer editor. Él era muy amigo de Charlie Feiling; el primer autor de terror argentino, diría. Su novela ‘El mal menor’ es extraordinaria. Es una novela sobrenatural pero los lugares son perfectamente reconocibles. De repente, voy por Plaza Rivadavia y aparece el diablo. Ese contraste entre lo real y lo imaginado que ves en ‘El maestro y Margarita’ (Mijaíl Bulgákov) y en ‘El mal menor’ es deliberado. Me gustó la idea de que vas caminando por Callao y ves una persona que no parece humana. Vos estás en una realidad que, de pronto, se abre y aparece algo extraño. Después se cierra y volvés a la realidad. Estás todo el tiempo entrando y saliendo de algo que es perfectamente cotidiano”.








