Fabricio Tocco explora un mes emblemático para la Argentina desde la melodía del lenguaje
El escritor, músico e investigador bonaerense radicado en Australia se estaciona entre los ‘90 y el 2001 -con algunas salvedades- para escenificar la vida de un joven migrante.
Fabricio Tocco nació en Argentina y vive en Australia. Es investigador y músico, y hace su estreno en la narrativa con “Parece diciembre”. Foto: Archivo del autor
Fabricio Tocco nació en Argentina en 1985. Es escritor, profesor universitario y músico. Creció entre Buenos Aires y San Pablo. Vivió en Tarragona, Barcelona, París y Vancouver, donde se doctoró en Letras por la University of British, Columbia. Actualmente, reside en Canberra, donde enseña Lengua y Literatura para la Australian National University.
Es autor de libros de ensayo, uno de los cuales inspiró el documental homónimo “Secretos precarios: El thriller político en el Río de la Plata” (SBS on Demand, 2025), filmado por Iván Cherjovsky. Cuenta, además, con tres álbumes: “Rincones de allá” (2019), “Gringuinho” y “Las aventuras perdidas” (Club del Disco, 2022), una musicalización del libro de Alejandra Pizarnik. “Parece diciembre” es su primera novela” (Equidistancias, 2024). Entrevistado por El Litoral, Tocco señaló que “el 2001, después del ‘76, es el año bisagra más importante que tuvo el país en los últimos 50 años”, pero aclaró que “el libro habla mucho de los años ‘90”. Y resaltó que la novela “tiene vigencia porque narra una época del país de la cual todavía no logramos despegarnos”.
“Refugiarse en el tiempo es una forma de refugiarse en el espacio”. Foto: Gentileza Equidistancias
Labios ajenos
“Parece diciembre” es, ante todo, un libro de fronteras. Cada lector/a viaja imaginariamente junto al espectro de un Piero que es narrado por los demás. Pero las fronteras no solo son de tipo espaciales, sino también, temporales. Da la impresión de que las voces que nos cuentan la historia se aferran al tiempo porque se les escapa el espacio. “Cuando uno emigra, como dice uno de los personajes en la novela, el tiempo y el espacio se confunden mucho”, concede Fabricio. “Si uno se queda en su ciudad toda la vida, tiene presentes y visibles distintas etapas en el mismo lugar en donde está. Cuando se va, esas partes están muy asociadas a un lugar en el que uno ya no está. Entonces, refugiarse en el tiempo también es una forma de refugiarse en el espacio. Resistirse a que el espacio sea tan fragmentario y efímero”.
Un breve repaso por la vida de Tocco nos ofrece claves de lectura, tentándonos a ir en la pesquisa de una bitácora. El autor aclara que, a pesar de que la novela “sea muy autobiográfica”, él se propone avanzar “más allá de la experiencia personal”. Ir “en contra de cierta literatura del yo”, dice, haciendo lugar a “las miradas de los otros”. Por esto Piero no narra nunca, es narrado. Está en un fuera de campo permanente y, paradójicamente, es la ausencia la que lo vuelve más presente. “Cuando uno se va, queda ese fantasma en la memoria de los que se quedaron. Al hablar de él, todos hablan de sí mismos: hablan de él en función de lo que él representó para ellos. Esto está tomado de dos libros. Por un lado, de ‘Boquitas pintadas’ (Manuel Puig), en donde Juan Carlos Etchepare nunca aparece en alguna línea de un diálogo; aparece en las notas de la agenda y en los calendarios. Y, después, de una novela de un escritor sudafricano que me gusta mucho: John Maxwell Coetzee; la novela se llama ‘Verano’. Es, también, una novela autobiográfica, pero contada desde labios ajenos”.
Por otro lado, como en una mamushka, “Parece diciembre” esconde -o muestra- otra capa: la novela de Piero premiada internacionalmente. O sea, la novela-1 (la que leemos) porta el fantasma de la novela-2 (la novela que imaginamos y que escribe Piero). O viceversa. El autor asume que pergeñó un croquis de la novela-2 sobre el cual pudiera avanzar la novela-1. “Hay personajes que leyeron la novela y otros que no. Tenía que ser muy cuidadoso a la hora de hacer ese juego: si había contradicciones que fueran buscadas y estuvieran explícitas y que no rompieran la verosimilitud de toda la novela. El primer capítulo -del que después se van desprendiendo líneas-, es el de la novela dentro de la novela. Es una forma de hilar los capítulos entre sí para que no quedaran demasiado aislados o en paralelo; la excusa de que hubiera una novela dentro de una novela permitía cohesionarlos”.
Según el autor, el libro “tiene vigencia porque habla de una época del país de la cual todavía no logramos despegarnos”. Foto: Archivo del autor
Desplazamientos
Las conversaciones se tramitan alrededor de diversos ambientes: en un café, en la calle, al lado de la parrilla, a través de audios de WhatsApp (simulados previamente por el autor) y correos electrónicos. Todo transcurre en diciembre de algún año (la primera y la última charla, en 2001). “Buscaba explorar cómo afectan las migraciones al lenguaje”, desarrolla el autor. “En el primer capítulo, el padre de Piero todavía no se fue a vivir a España, pero ya vive en Brasil, entonces aparece mucho el portugués. En otro capítulo habla Chiara, la hermana de Piero, que está en Alemania. Aparecen reflexiones sobre cómo el alemán afecta al castellano, y también aparece mucho catalán. Estos diálogos eran excusas para explorar la oralidad y cómo la realidad se ve afectada por el desplazamiento. Es como si las otras lenguas fueran ruido o contaminación”.
Todos conversan con Piero o sobre Piero. Por lo tanto, se valen de la segunda persona del singular, la más incómoda de todas. “Era uno de los puntos en los que yo me sentía más inseguro”, reconoce Fabricio. “No estamos acostumbrados, pero además hay un juego con el lector: el narrador, en algún punto, le está hablando al lector cuando usa la segunda persona. Sobre todo si el oyente no está tan presente”. Ese fue uno de los grandes desafíos -junto con la oralidad- para darle respiro a la caravana textual y no perder verosimilitud. “Se entiende que en una conversación real hay una ida y vuelta un poco más claro, pero la idea no era representarlo de forma realista, sino jugar un poco con el lenguaje. Yo no quería renunciar a esta estructura en la que todos los capítulos son diálogos monologados. Diálogos para los que no hay una respuesta explícita del interlocutor, pero se siente la respuesta de una forma u otra”.
“Buscaba explorar cómo afectan las migraciones al lenguaje”. Foto: Archivo del autor
Piero es “un cortocircuito caminante”, se lee en el libro. Algo tienen que ver las condiciones espacio-temporales en las que le tocó venir al mundo (nacer en los ‘80 en Argentina). Tocco no se desmarca del conflicto generacional que grafica la novela. “Con la llegada del 2000, las personas que éramos adolescentes, teníamos un mandato: la informática es el futuro. El 2001 vino a cuestionar toda la fe en esos mandatos. Me interesaba hacer lo que hizo Puig con la agenda de Juan Carlos Etchepare, y ver también, no sólo cómo la tecnología media en la comunicación, sino también cómo reproducimos viejas formas de comunicación”. Dicho esto, también es dable señalar que en Piero ganan la vocación y el deseo: “su historia es la de cómo se va despegando de los mandatos familiares y esa identidad -que se supone que tiene que ser heredada- para que triunfe el deseo personal de poder construir un camino propio en un contexto que no invitaba a hacerlo”.
El entretejido conversacional tiene toques de oralidad performática casi teatral que “saca de la modorra” ciertas frases costumbristas del imaginario argentino. “No me di cuenta que estaba haciendo eso”, reconoce Fabricio. “Pero, al poner un discurso oral por escrito, hay algo de llamar la atención sobre la melodía del lenguaje, la entonación, lo que es coloquial: el habla popular. Y cómo eso se va transformando con la migración”, profundiza. “Chiara -que vive en España hace muchos años- habla en una mezcla de español peninsular y rioplatense, muy distinto a Daniel, el padre de Piero. Me interesaba explorar eso porque me parece que todos tenemos una idea muy marcada de a qué suena cada acento. Entonces, enseguida nos puede chirriar una expresión; ese fue un laburo de mucho detalle con el editor Enrique Satara. Yo vivo afuera hace años y tenía que estar muy consciente de esas cosas porque rompen la verosimilitud si uno no presta atención. Me pasa mucho cuando leo autores argentinos que viven afuera y se ponen a usar el tú cuando hay un personaje que nunca se fue de Argentina”.
“En los ‘90, en donde todo sonaba mejor en inglés, el tango llega a reconectar con un país que ya no existe”, admite Tocco. Foto: Archivo del autor
Tenemos el tango
Piero avanza en la narración, dicho por otros, como el personaje de “Giros”, canción y disco publicados por Fito Páez en 1985 (año en que nació el autor de la novela). La letra, cuenta Fabricio, “encajó como anillo al dedo y fue lo último que escribí. En gran medida, se lo debo a Enrique por haberme desafiado a ver cómo pensar eso para que se volviera verosímil”.
Además del componente lírico, “Giros” evidencia, extrapola el autor, uno de los cruces más nítidos de la cultura popular argentina entre las esferas del tango y el rock. “Hace muy poco me enteré por qué muchas letras de tango de los años 1930 y 1940 hablan de emigrar. Me llamó la atención porque en esa época Argentina era un país de inmigrantes, no de emigrantes. Un periodista de 85 años me entrevistó y me explicó que muchos tangueros eran bohemios que vivían de la música como podían en París. Y le escribían a su Buenos Aires que la extrañaban”.
Tocco tiene claro que su vida parece una novela y procede a ejemplificar. “A los dieciséis años me enteré que me iba a vivir a España. Estaba atravesando una búsqueda por otro tipo de música. Me llamaban poderosamente la atención esas canciones que habían sido grabadas sesenta o setenta años antes; me hablaban a mí en ese momento. Todavía no me había ido, pero sabía lo que era emigrar porque crecí entre Brasil y Argentina. sabía lo que era la nostalgia, sentirse lejos del lugar donde había crecido”, reconstruye desde el aquí y ahora. Pero hay algo más que justifica la cruzada arrabalera: “Me parecía vital para el arco narrativo de Piero, en cuanto a que no sólo triunfa la vocación y el deseo, sino cierta conciencia. No quiero decir ‘nacional’ porque no me gusta mucho la palabra, pero algo de eso hay, ¿no? Habiendo crecido en los años ‘90, en donde todo sonaba mejor en inglés -por la informática, porque estudiar inglés era un mandato y por razones políticas-, el tango llega a reconectar con un pasado, con una historia, con un país que ya no existe. Pero a mi editor no le convencía que un chico de dieciséis años, antes de emigrar, se pusiese a escuchar tango”.
El siguiente paso fue investigar académicamente, con la ayuda de una colega que también reside en Australia, Mara Favoretto (Doctora en Letras, nacida en Venado Tuerto, autora de libros como “Charly en el país de las alegorías”, “Cerati lírico”, “El circo de Fito Páez” y “Luis Alberto Spinetta. Mito y mitología”, todos ellos publicados por Gourmet Musical). “Ella me pasó artículos que hablaban sobre las conexiones entre rock y el tango porque Enrique me decía que si había algo que un adolescente escuchaba en esos años era rock. Y di con ‘Giros’ como una especie de eslabón perdido entre el tango y el rock... y funcionó para la historia. Al mismo tiempo, me hizo dar cuenta de que yo pude recibir el tango porque tenía ese bagaje del rock, y porque ese rock es distinto al rock inglés o al rock americano. Si en el rock inglés hay más folk y celta, en el rock americano hay más country y blues. Nosotros tenemos el tango”.