Rafael Delgado Sexteto: músicas migrantes de Latinoamérica
La agrupación liderada por el músico argentino-peruano traerá las obras que integran “Chelfie 2 - Migrante”. En diálogo con El Litoral, el cellista narró la maduración de su propuesta, el paso de solista a grupo, la adopción del instrumento de cinco cuerdas y la creación del Festival Puntal, dedicado al cello no clásico.
En banda: Mariano Agustín Fernández (piano, dirección musical y producción del disco), Juan Pablo Di Leone (flauta traversa), Carolina Cajal (contrabajo), Rafael Delgado (cello), Leandro Cacioni (guitarra) y Mario Gusso (percusión). Foto: Gentileza Leticia Fraguela
El destacado violoncellista argentino-peruano Rafael Delgado, junto a su Sexteto, comienza con la presentación de su segundo disco, “Chelfie 2 - Migrante”. Después del concierto que brindará en el capitalino Centro Cultural de la Cooperación (el 29 de mayo), el Teatro Municipal “1° de Mayo” de Santa Fe (San Martín 2020) recibirá esta propuesta musical, que fusiona ritmos y melodías de la música popular latinoamericana contemporánea.
Será el 1 de junio, desde las 21.30; las entradas, con precios a partir de $ 4.000, están disponibles en la boletería de la sala (lunes a sábados de 9 a 13 y de 17 a 21; domingos de 17 a 21).
Para conectar al público santafesino con la propuesta, El Litoral dialogó con Delgado, adentrándose en su devenir creativo, la forja del álbum, la especificidad de su instrumento de cinco cuerdas, y su impulso al Festival Puntal.
Transición
-Estás presentando “Chelfie 2 - Migrante”. ¿Qué diferencias y qué evoluciones destacarías de este disco, respecto a “Chelfie 1 - Territorios”?
-Al pensar el primer disco solista se pensó el violoncello en diferentes territorios sonoros, con diferentes agrupaciones: con un quinteto de tango, con una agrupación de chamamé; en dúo con piano o en trío con piano y percusión. Y lo que sucedió cuando hubo que presentar ese disco es que tuvimos que pasarlo a una realidad más de banda: cómo con una banda podíamos presentar toda esa información, ese material en vivo. Y a partir de allí empezamos a armar un grupo (que ahora es el Sexteto) con el que pudiéramos abordar no solamente ese repertorio, sino también uno nuevo.
Y este repertorio nuevo ya fue pensado no como el cello solista, sino el cello al frente de una agrupación colectiva. No me gusta tener la pelota todo el tiempo: me parece de muy mal gusto, hay que compartir; y dicen que los buenos arqueros saben hacer goles. Hay que pasar la pelota para todos lados, y que lo solista se convirtiera en algo colectivo.
Entonces todos los arreglos ya fueron pensados desde el formato del sexteto: Leandro Cacioni en la guitarra, Carolina Cajal en contrabajo, Juan Pablo Di Leone en la flauta traversa, Mario Gusso en la percusión, y en el piano, la dirección musical y la producción del disco Mariano Agustín Fernández.
Se gestó una sonoridad más de cámara, que además nos permite presentarnos en teatros, como hicimos el año pasado en el Centro Municipal de Lima, en el Centro Cultural Kirchner, en La Usina del Arte; y ahora también vamos al Teatro Municipal de Santa Fe.
-Se nota que el cello es la voz cantante, pero que “cede” el lucimiento, o permite que los otros instrumentos “jueguen” más en el arreglo general.
-Creo que en el intercambio también se produce el crecimiento de las músicas. Por ejemplo, hago un arreglo de una chacarera que compuse para mi hermana, “Chacarera para Luz”. Mi arreglo puede estar buenísimo, pero cuando lo expongo al grupo y lo probamos entre todos, con el concepto de banda, cada uno le aporta lo suyo: el músico se apropia de la música y la transforma; y dice desde sí de otra forma.
Ahí es cuando también cada uno empieza a tener su espacio; y si yo no habilito: “Vamos a darle este solo a la flauta acá”, o el espacio a la percusión, el músico dice: “Bueno, toco lo que está”; eso es lo que pasaría en un grupo comercial. Pero en una banda como esta, que es un sexteto, cada uno pone de su parte para que el todo sea más que la suma de las partes.
“Mi arreglo puede estar buenísimo, pero cuando lo expongo al grupo y lo probamos entre todos, con el concepto de banda, cada uno le aporta lo suyo: el músico se apropia de la música y la transforma”. Foto: Gentileza Frank Aguirre
Travesía musical
-Abordan un repertorio muy variado en cuanto a compositores y países de origen. ¿Cómo fue armar el setlist de este segundo disco, y cómo fue arreglarlo junto a Mariano?
-Es parte de una historia personal y grupal. Nací en Perú, hace años que vivo en la Argentina; conozco mucha música de diferentes lugares de Latinoamérica por haber viajado, por haber tocado, por haber grabado. Y lo mismo le sucede a los integrantes del sexteto, que tocan en diferentes proyectos: Leandro Cacioni es tremendo compositor de música afroperuana, y además hace música brasileña; Juan Pablo Di Leone toca harta música uruguaya con Nicolás Ibarburu, ha tocado con Aca Seca, ha grabado con todo el mundo; Carolina Cajal tiene el Quinteto Bataraz, que ha explorado muchas músicas latinoamericanas.
Al grupo lo atraviesa estas músicas que yo llamo “migrantes”; y cuando tuvimos que elegir el repertorio fuimos viendo qué músicas nos implicaban de diferentes lugares de América, no solamente de Argentina y de mi corazoncito que está en Perú: hacemos música andina y afroperuana. Pero también hay música del Río de la Plata: incorporamos un tema del “Negro” (Carlos) Aguirre, “Milonga gris”; incorporamos un tema de Hugo Fattoruso; dar cuenta de lo que pasa por esta zona, también está la chacarera.
Quisimos viajar un poquito más lejos, e incorporamos un tema de Silvio Rodríguez, de Cuba, y un merengue venezolano; pero también algo de Chile: un tema de la compositora Elizabeth Morris. Son músicas que nos han ido transitando, porque las hemos hecho en diferentes formatos; Juan Pablo grabó el tema “Hurry!” con el trío Aca Seca: ya conocía el tema de mucho antes incluso, se lo pasó Fattoruso personalmente en un camerino.
A partir de la definición de los temas (que queríamos hacer en un formato más de cámara) nos pusimos a trabajar con Mariano qué escenarios posibles teníamos para cada instrumento: ¿Cuándo puede agarrar la melodía el contrabajo, cuándo la flauta?; porque yo ya sabía que iba a querer tocar todas las melodías en el cello (risas). A esa altura ya sabía que era colectivo, y que el cello iba a ir al bajo, a contramelodía.
Fuimos probando: el concepto de producción implica macerar los arreglos un rato; después ponerlos en conjunto con el grupo, retransformarlos, tocarlos en vivo. Cuando la primera mitad del disco ya estuvo arreglado, salimos salimos a tocarlo; cuando la segunda parte estuvo, lo seguimos tocando y entramos a terminar la grabación. Fue un proceso bastante largo: empezó en 2019; pero lo que se produce después lo siento como un resultado natural, de un crecimiento y una decantación hacia lo que debería ser la música que esperamos.
Respiraciones
-En el medio estuvo la pandemia. ¿Cómo los afectó?
-Estuvo complicado para todes, sobre todo para les músiques independientes: fue difícil resignificarse, poder dar clases a distancia, pero en este caso además arreglar. Rápidamente con Mariano descubrimos cómo trabajar a distancia con el Digital Audio Workstation, con programas como el ProTools. Estuvimos trabajando un montón de ida y vuelta, preparando varios temas.
Afortunadamente hacia fin del primer año de la pandemia pudimos hacer un streaming, encontrarnos a tocar con todas las medidas de precaución, como corresponde, desde el espacio Domus Artis. Ahí empezamos a probar los arreglos: que no sean solamente en el laboratorio a distancia. Un poquito después nos invitaron para el CCK, para presentarlo, después otra vez se cerró todo.
Pero por suerte pudimos tocar, y se hicieron muchos encuentros a distancia: creo que muchas personas, muchos oficios, nos redescubrimos en la distancia, encerrándonos, cuidándonos, pero con canales de comunicación; capaz no tocar juntos, pero sí canales creación. Se produjeron cosas muy bien, conozco casos muy interesantes de músicos de diferentes lugares que trabajan en la pandemia. Me pareció fantástico cómo trabajó Ramiro Gallo su último disco. Escuché historias muy locas, en todo nivel.
Encontramos una forma de trabajar, no exenta de probar y de tocar; porque creo que ese es el momento donde nos encontramos como banda, y cada uno va proponiendo eso que le parece que es lo mejor que puede suceder para la música en ese momento. Ahí todo este se resignifica y toma un vuelo colectivo.
-Hay un momento en que el arreglo tiene que asentarse en los músicos, y eso sólo se puede hacer a la hora de tocar.
-Sí, porque hasta las respiraciones, los tiempos, cuándo hacemos un corte (y si estamos de acuerdo con ese corte); si hay algún acorde que hace un poco de ruido. Del laboratorio y del cerebro de la producción (es muy bueno lo que hace Mariano) hay que pasar a la práctica, al campo: hay que arar la tierra (risas); acá hay una piedra, acá hay que sembrar. No hay forma si no es en lo real del sonido.
Siento que hasta en los mínimos detalles hay cosas del encuentro: cómo decir juntos cada detallito; eso en el todo también se siente. Siento que el disco como un viaje astral por Latinoamérica, y voy recorriendo diferentes lugares.
Música sólida
-Este disco se se pudo hacer también en parte gracias a una campaña de financiamiento colectivo. ¿Cómo fue esa experiencia?
-Cuando empezamos a hacer el disco pensamos que (como muchos de los discos que estamos haciendo con diferentes proyectos) iba a ser en un formato digital; y está muy bien: hoy en día podemos presentar muchos trabajos, y mucha gente tiene acceso por Spotify, YouTube o cualquier distribuidora a muchísima música hoy en día. Pero teníamos la idea del objeto físico, que te baja a la realidad, como cuando tenías el cassette y tenías que darle vuelta con la lapicera para llegar al final.
Hay algo físico ahí del disfrute, y de agarrar la tapita; me acuerdo de cuando copiaba cassettes (risas), me hacía hasta la fotocopia de la tapa para ver toda la data. Y lo mismo me pasaba con los CD. El objeto cultural te lleva a una experiencia diferente, reflexiva: detenerte un poco a pensar, no solamente cómo fue ese material sino quiénes participan, en qué lugares, en qué momentos; hay un montón de información que se pierde a veces en los espacios digitales (no en todos hay algunos donde está).
Uno escucha un tema “cantado por tal, autor tal”, ya está; y hay un montón de personas que trabajan colectivamente en la producción, hasta en la fabricación. Entonces teníamos esa idea de hacer el algún objeto físico; y en un momento surge la posibilidad de hacer un financiamiento colectivo (también llamado crowdfunding) en el que por suerte tuvimos una muy buena respuesta de diferentes personas, de diferentes ciudades. Algunos pocos hicieron una compra anticipada del disco de vinilo (decidimos hacer un vinilo y no solamente un CD); otras personas solamente aportaron con diferentes recompensas: por ejemplo, que les mandáramos el material en alta calidad; otros aportaron sin querer nada a cambio, gente muy generosa. Otros quisieron tomar algunas clases de instrumentos.
Afortunadamente pudimos hacer una tirada corta de discos de vinilo, que fue además apoyada por el sello Shagrada Medra, que dirige Carlos Aguirre; lo cual también es para nosotros un honor, porque es un gran referente para nosotros, para esta música que hacemos.
Lo vamos a estar llevando a las presentaciones, quien lo quiera comprar lo va a encontrar a la salida del concierto (por ejemplo en el Teatro Municipal); también están los discos en CD de “Chelfie 1 - Territorios”. Hay gente que pregunta: “¿Para que hacen el disco?”; y sin embargo cada vez que doy algún concierto siempre las personas quieren llevarse algo físico de ese momento. Todavía me emociona estar firmando discos, “dedicado a tal persona”; lo hice en la gira del año pasado a Perú, un par de CD se vendieron, y la dedicatoria a personas a las que les va a quedar: “Estuve en tal concierto”, no pasó como si nada, algo en esa persona cambió.
Creo que eso es parte de la función de los artistas: en situaciones tan críticas como las que estamos viviendo hoy (de tristeza, desazón, de desesperanza) poder llevar también un momento de viaje, de poesía, de imaginación, a las personas. Tal vez es lo que hace falta: dejar de pensar sólo en la economía y pensar en otros valores que son muy buenos para las personas.
Escuchar y tocar
-¿Cómo nació tu interés por el cello, y cómo fuiste explorando el instrumento hacia géneros no clásicos?
-Tuve mucha suerte: de chiquito en casa había un cello, lo tocaba de manera vocacional mi madre. Cuando tenía cinco años me dijeron que quería de regalo de cumpleaños; y les dije a mis viejos: “Quiero ese cello que está en esa vitrina, de tal casa de música”. Era un cello chiquito, como para mi medida. Tuve la suerte de que los locos de mis viejos dijeran: “Bueno, te lo regalamos”.
Hicieron un esfuerzo para comprarlo, y pude tomar clases desde pequeño; entonces fui desarrollando durante mi más tierna infancia un cariño hacia el instrumento; que recién a partir de los 12 años lo formalicé, decidiendo querer ir al conservatorio en Perú y después seguir estudiando acá en Argentina: cuando terminé el secundario vine a estudiar al Conservatorio Nacional López Buchardo (que ahora es la UNA) del que soy egresado.
Desde muy pequeño me gustó la música popular peruana y de toda Latinoamérica. Cuando era adolescente me grababa en cassettes, de una radio folclórica peruana que pasaba música de toda América, las canciones, para escucharlas varias veces. Porque ese programita si no lo grababas después ya no lo podía escuchar en otro momento.
Y en casa se escuchaba mucha música argentina: Mercedes Sosa, (Astor) Piazzolla, (Carlos) Gardel; mucha música de Atahualpa (Yupanqui), también de (Alfredo) Zitarrosa, Violeta Parra: de toda América.
En algún momento tuve la oportunidad de tocar guitarra y aerófonos andinos; pero siempre mi sueño era tocar músicas populares con el cello. Entonces recién cuando terminé la carrera en el Conservatorio pude dedicarme a explorar todo eso que excedía la formación académica; porque la formación académica tradicional es de música clásica en el cello: lamentablemente ha sido así hasta no hace tanto. Recién actualmente existen espacios como el Conservatorio Manuel de Falla, la Escuela Marechal, la Escuela de Música Popular de Avellaneda o el Instituto Universitario Patagónico de las Artes, donde ya se puede estudiar el violoncello en las músicas populares. Eso es muy bueno, porque estamos generando nuevos espacios de exploración.
Pero cuando terminé el Conservatorio no estaban y tuve que hacer una exploración por mi cuenta de toda la música que tenía ganas de hacer; me llevó un rato largo. Me fueron invitando diferentes grupos a tocar, grabé muchos discos afortunadamente; y en algún momento me animé y dije: “Quiero sacar mi disco solista”. Entonces en 2016 logré sacar “Chelfie 1 - Territorios”, y me quedé con las ganitas de querer seguir trabajando en esto.
De buena madera
-Tocás con un cello de cinco cuerdas, algo relativamente poco común, incluso en un instrumento hecho para vos. ¿Cómo fue el encuentro con esta variante del instrumento y cómo se adapta al toque de lo que hacés?
-Fue una búsqueda de bastante tiempo. Muchas veces me invitaban a grabar o a tocar en grupos, y terminaba haciendo de bajista. Pero el cello tiene un grave que no es suficiente para hacer de bajo, siempre queda una octava por arriba de un bajo posta. Iba viendo diferentes posibilidades, y un día uno de los maestros que yo más admiro, Jaques Morelenbaum (que fue arreglador y cellista de Caetano Veloso), en un concierto que dio en Buenos Aires había tenido un cello de cinco cuerdas. Dije: “Guau, Morelenbaum resuelve todo antes” (risas).
Soy medio fanático, entonces lo esperé en la puerta para pedirle tomar clases. Me contó que es un cello convencional, que él fue con un luthier suyo y le hizo poner una cuerda más. Pensé un poco: podría hacer eso con un cellito bueno o tal vez hacer una apuesta distinta; y ya que se consiguen quintas cuerdas, más graves (averigüé que las producía la marca D’Addario, que son auspiciantes míos, afortunadamente) hablé con diferentes luthiers de Argentina a ver quién se animaba a hacer un cello de cinco cuerdas. Porque las medidas no son exactamente iguales, y la tensión que recibe tampoco es la misma, es mayor: con una cuerda más, con un puente más ancho, con un mango más ancho.
El que se animó fue Gervasio Barreiro, que se formó en Cremona, y que actualmente es el luthier oficial del Teatro Colón. Además me hizo una contraoferta: hacerlo con maderas nacionales que él tenía, muy antiguas, que estaban estacionadas; me ofreció hacer el fondo completo (que en general se hace en dos partes) con una sola tapa de la madera raulí, y hacer el frente con alerce. Cuando vi esas maderas me enamoré y dije: “Sí, quiero. Me parece hasta simbólico hacer con maderas de nuestras tierras; que suene esa música con esas maderas, tal como hacen las guitarras”.
Gervasio tardó lo que se tarda en hacer un instrumento: un año. Cuando fue terminándolo me lo fue mostrando: ver el nacimiento de un instrumento es como ver nacer a un hijo; es tremendo. Porque cuando te lo dan no sabe sonar: suena bien, pero hay que hacerlo madurar. Me llevó varios años de tocar el instrumento y empezar a hacerlo a andar; y animarme a hacer todas las grabaciones de este disco con ese cellito de cinco cuerdas, que tiene un sonido cada vez más bonito.
Y el sonido que tiene va a seguir progresando; porque los instrumentos de cuerda a medida que uno los va tocando y los va desarrollando, va mejorando su sonoridad. Es conocido por muchas personas que los instrumentos antiguos, cuando son bien tratados y son de muy buena manufacturación, con el tiempo mejoran. Lo seguimos tocando; y después quién lo herede, porque espero que ese cello siga sonando a través de los siglos, que lo haga sonar cada vez más bonito (risas). Tienen vida propia los instrumentos; y excede la de sus dueños temporales.
En viaje
-¿Qué viene para el sexteto este año?
-Ahora estamos empezando las presentaciones: después del Centro Cultural de la Cooperación y el Teatro Municipal de Santa Fe, estamos presentando propuestas para ir a Córdoba, a Santiago del Estero, a Tierra del Fuego. Además a las poquitas semanas voy a participar del Encuentro Circular en Medellín: también para tratar de llevar el Sexteto a otros países.
La idea es manejarnos en Argentina, porque hay muchos escenarios y el público es muy amplio y muy receptivo estas propuestas, y también tratar de conseguir algunas fechas por afuera. Tenemos que seguir presentando el disco, así que tenemos toda la segunda mitad del año por delante con eso.
Apuntar a otros arcos
-Desde 2021 sos creador y director del Festival Puntal, un evento dedicado al violoncello no clásico. ¿Cómo surgió y cómo va creciendo?
-A medida en que me he ido desarrollando en las músicas populares latinoamericanas, he visto que es una inquietud de muchas personas; no sólo de Argentina, sino de toda la región. En la pandemia tuve talleres para unos 150 cellistas de diferentes lugares de América que tenían estas inquietudes. La idea de que el alumno, egresado del Conservatorio, va a tocar música académica en una orquesta, ya no existe como tal; a muchos estudiantes, muchos músicos en formación, no les interesa hacer eso: les interesa tocar otras músicas.
Entonces mucha gente tiene proyectos increíbles, muy interesantes, que necesitan espacios de legitimación: lugares donde mostrar lo que hacen. Un poco lo que hice fue canalizar esa energía, generando un festival que permitió el intercambio entre estas personas. Lamentablemente el primer festival fue en pandemia, y lo hicimos en a través del streaming; fue muy enriquecedor, porque hubo manifestaciones de diferentes lugares, incluso una profe de Colombia que hizo un experimento de enseñar canto y cello, que estuvo muy bueno.
El segundo ya lo hicimos el anteaño pasado en el Conservatorio Falla y en la escuela Esnaola, y vinieron músiques de diferentes lugares. Tuvimos la alegría de recibir a Kike Catena de Santa Fe, que vino a tocar cello solo: tocó bárbaro, tiene unos arreglos fantásticos. Vino Leila Cherro (ex cellista de Lisandro Aristimuño) de Chubut. Y vinieron a participar como estudiantes cellistas de otros lugares de América.
Entonces redoblamos la apuesta y en octubre de este año vamos a hacer el tercer festival, y ya tenemos invitados de Colombia, de Uruguay. De Córdoba viene Flor Sur Cello Trío, dirigido por Eugenia Menta; que también pertenece a Shagrada Medra. Y de diferentes lugares de Argentina: para que sea lo más federal posible, que sea un festival inclusivo, y que dé cuenta de todas esas músicas que llamamos cello no clásico: los que hacen jazz, rock, folclore, música experimental; espacios que en general los festivales de cello académicos no contemplan. Y es muchísimo más lo que se está produciendo hoy dentro de estas músicas.
Así que parte de mi militancia es generar nuevos espacios, no solamente para la música que hago; sino que hay un montón de cellistas que tienen música bellísimas para compartir con el público. Espero que en algún momento este festival no se haga sólo en Capital, sino también en otros lugares por lo menos de Argentina: ya haremos eso cuando consigamos los fondos (risas).
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