Santiago Craig es un escritor nacido en 1978. En 2017, publicó “Las tormentas” (finalista del Premio de Cuentos Gabriel García Márquez 2018), obtuvo la primera mención en el Premio Nacional de Literatura y una mención especial en el Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz. Es autor de “27 maneras de enamorarse” y “Animales”, ganador del Segundo Premio Nacional de Literatura y del Premio Municipal; de las novelas “Castillos” y “Vida en Marta” (finalista del Premio Fundación Medifé Filba en 2025).
Santiago Craig: "Los libros tienen que escuchar, no que decir"
Recientemente publicó “El nombre de todos los sonidos del bosque”, volumen que reúne siete cuentos atravesados por tópicos como la paternidad, la maternidad, la soledad, los afectos, la distancia y el modo de habitar el tiempo.

Además, publicó el ensayo poético “A un costado de las cosas” y, en colaboración con Pablo Bernasconi, el libro-álbum “Un coso” (seleccionado en The Braw Amazing Bookshelf de la Feria de Bologna 2023). Algunos de sus libros fueron traducidos al portugués y al francés y adaptados a teatro. En diálogo con El Litoral, el autor bonaerense desarrolló los ejes conceptuales de su flamante obra, “El nombre de todos los sonidos del bosque” (Tusquets, 2026).
El tiempo
La primera pregunta apunta al espacio. Pero no al ambiente dispuesto por cada una de las cápsulas narrativas, sino al hábitat en el que coexisten. Con su respuesta, abrirá otra puerta: la del tiempo. “Fui escribiendo estos cuentos a lo largo de varios años, mientras publicaba otras cosas. El libro se hizo y rehizo un montón de veces”, cuenta.
Atención, también hay una fatalidad para el autor. “Todo lo que escriba va a tener una misma condición: que lo hice yo. Y en ese yo hay un punto ciego, algo que no sé bien qué es. Creo que tiene que ver con un modo de habitar el tiempo, de mirar las cosas y de estar en el mundo que se filtra inevitablemente en lo que escribo”. Pero la unidad, vuelve Santiago, no dependerá únicamente de esa fatalidad, sino también de ciertas inquietudes o temas: la soledad, la paternidad, la maternidad, los afectos, el tiempo, la distancia. “Porque en ese intento de ir hacia algún lado, cuando uno escribe, en el fondo está buscando siempre algo parecido”.
El presente está suspendido: se monta y se desmonta como un set de televisión del sueño a la vigilia. En “Seis cartas desde el campo”, el escritor teje una frase que, por metafórica, no pierde un gramo de agudeza: el olor a podrido del tiempo estancado. Casi al final del volumen nombra el estiramiento felino de los domingos. Hilvana, a cada paso, dos presentes discontinuos, el urbano y el rural. “Estamos en una época en la que hay una sensación de tiempo estancado”, revela el entrevistado. “No tiene que ver, como en otras épocas, con las rutinas y el aburrimiento. Sino con una idea de falta de futuro y de perspectiva. Yo creo que la literatura siempre ofrece una idea de futuro. Un libro es un modo de atravesar el tiempo: asume que algo va a pasar y que hay un otro (por más que esa persona esté representada de una manera fantasmal o imaginada). La lectura nos permite interactuar con muertos, con gente que no conocemos nunca. La literatura nos hace quedar ahí, estar en el lugar. Mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos, como decía Pizarnik. Deshacerse en la contemplación de lo que sea”.

Los otros
“El nombre de todos los sonidos del bosque” está compuesto por siete cuentos. La otredad invade la perspectiva del narrador en todo momento. Los demás, léase: personas, animales, constelaciones, sueños, discursos de televisión y radio. El modo en que está montada esa intromisión tiene el aura de la maqueta de la Nueva York dentro de Nueva York ideada por Charlie Kaufman en “Synecdoche, New York” (2008).
Santiago recuerda la película protagonizada con maestría por Philip Seymour Hoffman, encuentra los paralelismos. “El tipo iba construyendo capas de ficción. Se le transformaba en una realidad infinita y calidoscópica. Siento que, de algún modo, eso pasa. Mi punto de partida al escribir es esa inquietud, ese no saber. En general, los escritores y escritoras que me atraviesan, me interpelan y me gustan tienen ese efecto de lo otro sobre uno que va configurando capas que, a la vez, tapan y muestran el mundo. Te hacen no ver algo que veías y saber qué distancia hay entre vos y las cosas”.
El escritor escribe. Genera un tiempo y un espacio en el que las personas y las situaciones suceden. Craig agrega que “ese tiempo y ese espacio” de la literatura hay que inventarlo, también, en la vida. “Porque habitamos el tiempo de los otros”, explica. “No reivindico el tiempo propio, sino asumir la condición de no disponer de una individualidad los otros. Habrá algunas cosas que debamos evaluar de qué modo nos atraviesan. Otras serán puro misterio”.
Nos podríamos hacer algunas preguntas. ¿Cómo se desplazan los personajes por esas coordenadas? ¿Hacen lo que deben o lo que pueden? “A la mayoría de los personajes parecen pasarle las cosas por al lado y no hacer lo que deberían hacer. O lo que uno esperaría que hicieran. Es un modo de generar tensión muy parecido a cuando los nenes miran a los títeres. Ellos siempre ven algo que los títeres no ven, entonces les empiezan a gritar. Me gusta tener personajes a los que nos da ganas de sacudirlos y de gritarles. Siento que ese movimiento podría completarlo el lector. El movimiento por el que los personajes se someten a ciertas situaciones como si fueran inevitables (y uno puede ver que no tanto) o naturales (cuando parecen ser rarísimas) es algo que me gusta. Cortázar hace eso todo el tiempo. Hay algo que me quedó muy grabado de su lectura juvenil: la idea de los planos superpuestos, de las capas de realidad y de fantasía que finalmente configuran una realidad propia, una realidad efectiva”.

El destino
Personajes que, a veces, parecen títeres es lo que deja entrever en su respuesta Santiago. Lo que subyace es un destino o, más bien, predestinación tramado por cuotas de deber y de costumbre. La “rutina-caracol”, diría Palo Pandolfo. Los oficios y los roles. A propósito de lo dicho, Craig rememora una conversación con su hijo mayor. “Estaba un poco angustiado. Me contó que cuando está con gente es como si estuviera en un talk show en el que tiene que responder determinadas preguntas en piloto automático. Yo le dije que me parecía que él estaba ante una situación estereotipada en la que tenía que cumplir un rol. Es incómodo, artificial. Mucho de lo que hoy asumimos como natural -desde la política hasta el modo de circulación de la cultura o el entretenimiento- es absurdo”.
Por eso, el autor que nos convoca apela a una premisa que lo sostiene a la hora de escribir: “algo absolutamente prescindible, no existente hasta el momento y aleatorio, se transforma en lo único posible y necesario”. Como el recién nacido que le dice “Hola” a la madre o el tipo que tiene el trabajo de mirar a la gente y luego remonta a su perro en un barrilete. “Tendrán que ver cómo toman y viven esas circunstancias para que sea o no extraordinario. Lo extraordinario, a veces, no tiene que ver con el hecho en sí, sino con el punto de vista. A mí me interesa más la literatura que te deja un poco perplejo y te hace preguntar ¿qué estoy mirando? a la que propone el hecho sorprendente y avasallante que te dice ¡mirá esto! Me pasaba más con Kafka y Beckett que con autores efectistas.

El espacio
La rosa de Pizarnik es, en el libro, también la rosa de Huidobro. Esa rosa que hay que hacer florecer en el poema. El toque creacionista se aprecia, sobre todo, en los ámbitos. Resulta necesario nombrar el balcón, el baño o la plaza para que sean un balcón, un baño o una plaza. “Quienes escribimos tenemos la necesidad de nombrar las cosas para que existan”, recoge el guante Santiago Craig. “Es una falla de origen porque aprendimos a ver algo en el nombre de las cosas. Aprendimos a valorar esa vitalidad que emerge y que tiene efectos sobre la realidad. Puede pasar con el modo en el que llamamos a las sillas, pero también con los conceptos como patria o libertad”, ajusta.
A esta altura, es bueno aclarar que el entrevistado se encuentra en un bar. Toma café. Cada diez, quince minutos llega un contingente que aporta un grano de su voz al murmullo general. Los otros andan haciendo ruido (guardar esta cápsula para el próximo apartado). El bar está en la zona de Pacífico. No me digan que la literatura no metió la cola, por favor.
“A mí me interesa que quien lea lo que escribe pueda estar en un lugar. Tener conciencia de estar en un lugar es una propuesta -no sé si estética- de parar y decir: ‘Esto es esto’. El libro se llama ‘El nombre de todos los sonidos del bosque’ y en la tapa hay un campo. Es una confusión adrede, un mínimo corrimiento. Pienso que cuando se corre un poquito el velo de lo dado, nos damos cuenta de que un baño es un lugar demente. Y lo empezamos a vivir con otra intensidad. Esa intensidad no tiene que ver con la sorpresa ni el deslumbramiento ni la epifanía, sino con poder estar completamente ahí. Yo creo que si algo hacen la lectura, los cuentos, las novelas es que uno pueda desarrollar un modo de ver las cosas, un tipo de conciencia que incluya los lugares, los otros, el tiempo. Algo que, en general, otros tipos de discursos nos sacan”.

Los ruidos
“Siempre hay un ruido de fondo” (2026:121) se lee en el penúltimo cuento titulado “De casa al trabajo, del trabajo a casa”. En el primero del septeto, el que bautiza la obra, se sentía el arrullo al definir los genes como “la partitura de un ritmo” (pág. 14). El proceso de detección de la banda sonora -incidental- llegó a Santiago por dos vías: deliberada e involuntaria (las famosas antenas). Pero, además, intervino la literatura dejando su sombra de sonoridades.
Santiago fue invitado a participar en una antología sobre la escucha antes de la publicación de este libro. Él venía leyendo la saga “El volumen del tiempo”, de Solvej Balle. Craig trae el recuerdo a la mesa: “El personaje se queda detenido en un día: el 18 de noviembre. Me acuerdo porque es el cumpleaños de mi hijo, por eso me compré el libro. En el último volumen, la protagonista se pone a escuchar todos los sonidos del día en ese lugar en el que está y los agota porque se repiten una y otra vez”.
En un punto confluyen todas las dimensiones: tiempo, espacio, otredad, destino y ruidos. Quizá la frase compuesta por dos palabras que aparece en el ocaso del libro los junte a todos: “Suben súbitos” (2026:127). Ellos son los que hablan-cantan, o sea, están moviendo el tiempo. Pero para hablar y cantar antes hay que oír. “La escucha es una de las herramientas fundamentales para existir pero, sobre todo, para escribir”, propone Santiago. “Yo creo que los libros tienen que escuchar, no que decir. Siento que hay libros que me escuchan. Me muestran que hay un lugar, me están cediendo ese espacio para entrar en los sonidos que el libro propone. Del ruido se sale a medias, hablando de determinados temas, profundizando. Se sale con una música, con otra cosa que sea parecida al ruido pero armónica. Tratando de configurar el propio sonido”.








