Opinión: OPIN-03

Hipócritas

Las grandes calamidades pueden provenir de los pequeños descuidos. Y si no que te cuenten los que no eran amigos del viejo Noé. Gustavo Roldán


A los actores del teatro griego se los llamaba hipocritai -hipócritas, en castellano-, palabra que hoy se usa para designar a una persona que finge o aparenta lo que no es o lo que no siente.

Los actores usaban un atuendo especial y, además, máscaras.

Según Aristóteles, la tragedia es la imitación o retrato de los "mejores", entendiendo por "mejores" a las personas de alto rango social, que eran nobles no sólo por herencia, tradición o por el poder que ejercían, sino por la dignidad de sus acciones, óptimos para conducir la ciudad; la comedia, en cambio, era la imitación o retrato de los "peores", es decir, de la gente común, de los aspectos risibles de su comportamiento.

En la tragedia, el acto pecaminoso es la soberbia o exceso (hybris) que lleva al hombre a cometer actos no permitidos por el destino, en la creencia de que puede realizarlos sin recibir el castigo de la justicia.

Todo hombre al nacer recibe su porción de existencia o destino (moira) de acuerdo con la cual debe vivir. Todo intento de hacer algo que no esté en su moira realizar es obrar contra el destino. Pero, como el hombre ignora su suerte, no puede prever el pecado hasta que lo realiza de una manera irremediable, en medio de una ceguera, propiciada, en ocasiones, por los mismos dioses.

Arrastrado por su soberbia más allá de lo lícito, no hace caso de las advertencias de los dioses; finalmente, el hombre puede ser inocente y ser arrastrado por dioses que quieren castigar, en él, pecados de los antepasados.

Se consigue con esto crear en el espectador el temor y el pudor. Temor ante lo sagrado, como miedo de contrariar con sus actos la voluntad inquebrantable de los dioses, empeñada en mantener el orden en el mundo.

El temor engendra el pudor, que debe ser entendido como respeto por lo divino.

La acción trágica se caracteriza por la existencia de la peripecia. Aristóteles la define como la "inversión de las cosas en sentido contrario". Quienes determinan la inversión de los sucesos son los dioses o, de una manera más absoluta, el destino.

La tragedia aspira a lograr, como efecto psicológico, la sympatheia (simpatía -sufrir con, identificarse con-) por el héroe, que el poeta robustece asignándole una suma de virtudes, especialmente la de salvador o benefactor de la ciudad.

Por ello Aristóteles señala que el héroe no debe ser rematadamente perverso ni excelente, ya que el castigo del primero no causa impresión por lo merecido, en tanto que la peripecia del segundo provoca compasión y no sentimiento de justicia. Psicológicamente, pues, el héroe debe ser vulnerable: debe haber en él una disposición al error, que lo haga pecar siendo bueno, pero sin llegar a señalarlo como perverso, ya que su castigo tiene que conmover al espectador.

El momento decisivo de la tragedia está en la anagnórisis o reconocimiento de los errores cometidos, además de asumir la responsabilidad que le corresponde.

De los actos cometidos, es la polis la que se perjudica.

Las instituciones de la ciudad no sólo garantizan al ciudadano una administración de la cosa pública, sino, fundamentalmente, el respeto de los -sus- derechos. El Estado mantiene la intangibilidad de la ley sosteniendo la armonía del cosmos político. La eunomía (buen gobierno) se asegura por el respeto a la ley, que no es sólo para las leyes, no escritas, de los dioses, a cuya semejanza han surgido aquéllas.

Si la vida diaria puede mostrar al hombre ejemplos de individuos que han escapado del brazo de la justicia luego de violar la ley, la tragedia enseña al ciudadano que la ley es inviolable y que si alguno escapa de la sanción de la ciudad, no así de la de los dioses. Existe interés político en que el hombre aprenda que toda culpa se expía sobre la tierra. El orden de la polis que él integra no puede ser quebrantado impunemente porque forma parte de la armonía universal.

Cuando Creonte, por ser el pariente más cercano de los muertos (Layo y Edipo), queda como dueño del poder y del trono de Tebas, dice: Es imposible conocer el alma, los sentimientos y el pensamiento de ningún hombre hasta que no se le haya visto en la aplicación de las leyes y en el ejercicio del poder. Por mi parte considero, hoy como ayer, un mal gobernante al que en el gobierno de una ciudad no sabe adoptar las decisiones más cuerdas y deja que el miedo, por los motivos que sean, le encadene la lengua; y al que estime más a un amigo que a su propia patria, a ése lo tengo como un ser despreciable. íSépalo Zeus (1), escrutador de todas las cosas! jamás pasaré en silencio el daño que amenaza a mis ciudadanos, y nunca tendré por amigo a un enemigo del país.

Acto seguido proclama un edicto referente a los hijos de Edipo.

A Etéocles, que halló la muerte combatiendo por la ciudad con un valor que nadie igualó, ordenó que se le entierre en un sepulcro y se le hagan y ofrezcan todos los sacrificios expiatorios que acompañan a quienes mueren de una manera gloriosa.

Por el contrario, a su hermano, Polinices, el desterrado que volvió del exilio con ánimo de trastornar de arriba a abajo el país, y con la voluntad de saciarse con vuestra sangre y reduciros a la condición de esclavos, queda públicamente prohibido a toda la ciudad honrarlo con una tumba y llorarlo. íQue se le deje insepulto, y que su cuerpo quede expuesto ignominiosamente para que sirva de pasto a la voracidad de las aves y de los perros! Tal es mi decisión; pues nunca los malvados obtendrán de mí estimación mayor que los hombres de bien.

La Tragedia acompañó en forma permanente el devenir de los acontecimientos; cambiaron los escenarios, los trajes y los personajes, no tanto los discursos arriba del escenario como las acciones por lo bajo y algunas veces, se trocó en Comedia.

En nuestros tiempos, diríamos: íJuro por Dios y estos Santos Evangelios... y si así no lo hiciere que Dios y la Patria me lo demanden!

(1) Fórmula ritual de juramentos en que se pone al dios como testigo de los términos del juramento y queda así erigido como juez en caso de perjurio.

Luis Juan Fabrizi