Si pudiera definir con pocas palabras los acontecimientos que concluyeron con la creación del Museo de la Memoria en el edifico de la ESMA diría lo siguiente: una causa justa manipulada por un presidente sectario y algo oportunista.
También podría agregar que los problemas de la Argentina son muchos más serios que bajar los retratos de dos dictadores y, si me permitiesen decir algo más, recordaría que hoy es más o menos fácil torear a militares que están en sillas de ruedas, padeciendo las consecuencias de derrames cerebrales o transitando las fronteras de la demencia senil, pero las mismas bravuconadas que hoy Kirchner ensaya con entusiasmo de debutante, hubiera sido interesante escucharlas hace quince o veinte años atrás, cuando la derecha defendía su causa con uñas y dientes y muchos pensaban que los militares regresaban al poder en seis meses como, efectivamente, intentaron hacerlo a través de Seineldín y Rico, hoy asumidos militantes peronistas.
Apropiarse de una causa en la que se tuvo poco y nada que ver es una típica habilidad peronista. Algo parecido hizo Eva Perón con el voto de la mujer, conquista que se logró debido a la militancia abnegada de mujeres inteligentes y valientes, muchas de las cuales pagaron con la cárcel su audacia, mientras la señora Eva lagrimeaba en los novelones sentimentales de la radio, posaba en la tapa de la revista Antena, coqueteaba con coroneles, se peleaba con Libertad Lamarque y se divertía con Pedro Quartucci.
Durante los años de la dictadura y los primeros años de la democracia, nadie tuvo conocimiento de que Kirchner haya escrito o dicho algo acerca de las violaciones a los derechos humanos. Su nombre no estuvo en ninguna de las abundantes solicitadas o manifiestos que se redactaron desde 1980 en adelante y no tengo noticias de que se haya opuesto al indulto firmado por Menem.
Es verdad que a Kirchner nadie le puede reprochar su actual identificación con una causa que en el pasado jamás le interesó. La defensa de los derechos humanos se la practica sumando y no restando, pero convengamos que el presidente no está autorizado por eso a creer, como los chicos, que la película empieza cuando él ingresa al cine.
El presidente sólo se equivoca en un detalle de tiempo verbal cuando empleando la primera persona del plural, dice que debemos pedir disculpas por haber estado callados todos estos años. Lo correcto hubiera sido que, sencillamente, use la primera persona del singular y él, personalmente, pida disculpas por no haber dicho esta boca es mía, durante todos estos años.
De todos modos, es importante que desde la máxima autoridad política del Estado se reivindique a los sobrevivientes del campo de concentración más poblado de América. Las lágrimas que asomaron a los ojos de las mujeres y los hombres que regresaron a la ESMA expresaron el sentimiento de todos los que condenamos a una dictadura militar genocida, aventurera y corrupta.
Para quienes vivieron el infierno de la ESMA, no deja de ser conmovedor y gratificante regresar al lugar en donde la constante fue la muerte. Quienes recorrieron las instalaciones de la ESMA deben haber sido dominados por las imágenes de otros años, en donde una muerte rápida podía parecerse a la liberación. Entre esas paredes, ahora iluminadas por la luces de las cámaras, se ocultó el infierno cotidiano de cientos de mujeres y hombres sometidos a las torturas de sádicos, psicópatas, violadores de mujeres, secuestradores de niños y expropiadores de patrimonios privados.
La dictadura militar fue execrable y el símbolo de esa experiencia siniestra fue la ESMA. La supuesta defensa del occidente libre se hizo recurriendo a las armas del salvajismo y la barbarie. En su momento, Leopoldo Lugones habló de la hora de la espada; nuestros militares no pudieron ni supieron estar a la altura del poeta y entendieron que lo que había llegado era la hora de la capucha, la picana y los vuelos de la muerte.
Hoy, los militares siguen pagando los costos de aquella aventura maldita, pero lo grave es que todavía existen oficiales que en nombre de un equívoco sentimiento de cuerpo no están dispuestos a aceptar la sanción social y política de la que son merecedores los autores del llamado "Proceso". A casi treinta años de aquellos acontecimientos, los militares en actividad deben preguntarse en serio hasta cuándo van a seguir pagando los platos que ellos no rompieron.
En la Argentina, no es poco lo que se ha hecho en materia de derechos humanos. Seguramente, podría haberse hecho más, pero lo que se hizo no tiene antecedentes en Occidente y mucho menos en América latina. Mienten o faltan a la verdad los que por ignorancia o ceguera ideológica dicen que lo que se ha impuesto es la impunidad. Videla, Massera, Suárez Mason y los principales responsables de la dictadura están presos. Y los que están en libertad no pueden salir ni a la esquina de su casa.
Los que agitan las banderas de una supuesta impunidad, los que en nombre de los derechos humanos condenan a los torturadores de derecha pero no dicen una palabra de los torturadores y fusiladores de izquierda, a quienes como los tuertos les gusta mirar la realidad con un solo ojo, bueno es recordarles que los derechos humanos son una conquista de la humanidad y que en su interior hay lugar para todos, para creyentes y ateos, conservadores e izquierdistas, liberales y socialistas, blancos y negros, hombres y mujeres.
Los derechos humanos no pueden estar fiscalizados por un déspota. La ética de los derechos humanos no tiene nada que ver con los desplantes autoritarios de Hebe de Bonafini y sí se parece a la militancia comprometida de una Estela de Carlotto. Los derechos humanos no están para cumplir la función de máscaras ideológicas de una derecha que los reivindica para asegurar sus privilegios y una izquierda que los agita en nombre de la dictadura del proletariado.
Los derechos humanos no pueden ser objeto de manipulaciones oportunistas al estilo Kirchner, y tampoco pueden ser el arma preferida de una izquierda anacrónica de la cual habría que decir lo mismo que en su momento se dijo de los Borbones cuando regresaron al trono: "No aprendieron nada, no olvidaron nada".
La historia argentina no empezó en 1976, pero en 1976 se produjo un feroz ajuste de cuentas que se venía prefigurando desde hacía unos años y, muy en particular, a través de esa otra experiencia nefasta que fue el gobierno de Perón e Isabel. Habría que recordar a las bandas armadas exterminándose en la calle, a las Tres A ajusticiando disidentes, a los Montoneros ejecutando a políticos, militares y dirigentes sindicales y a rufianes y mafiosos encaramados en el poder de la mano del matrimonio Perón.
Con sus vicios y sus horrores, el peronismo preparó el golpe de Estado del cual fue víctima y victimario. Es cierto lo que dicen los peronistas cuando recuerdan que ellos aportaron la mayoría de los presos, pero esa verdad es apenas una verdad a medias, ya que para que la verdad brille en su totalidad es bueno recordarles a los muchachos que, antes del 24 de marzo de 1976, las cárceles estaban llenas de presos y que esos presos estaban en ese lugar por orden del gobierno de Isabel Perón, quien ejercía las funciones de presidente, porque Perón así lo había dispuesto.
La letanía siniestra de la muerte se inició el 20 de junio de 1973. De allí en más, las bandas peronistas se exterminaban alegremente en las calles, provocando un fenómeno político que asombró a investigadores y académicos. Torturados y torturadores, asesinos y asesinados militaban en el mismo partido, defendían los mismos símbolos y reivindicaban al mismo líder.
Es cierto que algunos se mantuvieron neutrales, pero en este enfrentamiento el que menos estuvo prescindente fue el propio Perón, que no sólo le otorgó a López Rega poderes extraordinarios, sino que además avaló la asonada nazi fascista de Navarro y Lacabanne en Córdoba. Para que no queden dudas acerca de lo que pensaba el presidente Perón, el 1° de mayo de 1974 expulsó de la plaza a los Montoneros acusándolos de imbéciles, imputación que, en su momento, me pareció injusta, pero que hoy estaría dispuesto a aceptar, ya que no de otra manera merecen ser calificados los que vivan a un líder que ordena exterminarlos.
En la Universidad Nacional del Litoral, los militares que llegaron el 24 de marzo no necesitaron ni reprimir ni cesantear a nadie. La administración peronista de García Martínez había hecho el trabajo sucio. Recordemos que para esa misma época, el rector de la Universidad de Buenos Aires nombrado por Perón era Alberto Ottalagano, fascista confeso, estafador de profesión y antisemita militante.
A modo de conclusión, diría entonces, que siempre me ha fastidiado la ignorancia histórica y las sobreactuaciones. Siempre he pensado que las buenas causas se defienden con lucidez, discreción y mesura, y no a los gritos o con teatralizaciones lacrimosas. A un buen actor, como a un buen amante, se le pide sobriedad, reserva y buen gusto. Él puede optar por la ramplonería y el sensacionalismo. Pero entonces no puede pretender que le crean y, mucho menos, reclamar el cariño o el aplauso de las personas de buen gusto o, simplemente, de los que en nombre de la memoria recuerdan que el libreto puede ser leído e interpretado de otra manera, con un elenco más amplio y otra calidad actoral.
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