Cartas a la Dirección

La voz sin eco

Señores directores: Soy un eterno peregrino, eterno como el espacio, las estrellas, el viento, el sol, la luna, la lluvia; vibrante, alegre, libre. Nací por decisión soberana, con una misión sublime y siempre fue claro y definido mi propósito de llevarla a cabo.

Fui extendiendo mi cuerpo y mis brazos con fascinante libertad, desde mi tranquilo nacimiento, corro, salto, brinco, murmuro, canto llevando vida a la madre tierra, humedeciéndola para que generosamente dé buenos frutos alimentando a los hombres. Mi vientre está siempre lleno de nueva vida para todos los habitantes sin distinción de credo o color. En mis frescas orillas pequeños indígenas han sido bautizados, he recibido sus tristes cantos rogando por lluvia y con ellos he cantado para ayudarlos a elevar sus lamentos, también me uní a sus danzas agradeciendo al padre sol su bendición.

Muchos conmigo han sido felices recogiendo mis regalos para pobres y ricos, niños y ancianos; los he dejado deslizar por mi cuerpo navegando, acortando distancias y compartiendo mi alegría de existir. He sido totalmente generoso, he dejado a todos gozar, soñar, sin pedirles nada a cambio. Cuando las benditas lluvias se tornan copiosas, constantes, mi cuerpo es empujado y exigido a llevar con más premura mi caudal, me torno peligroso, entonces no me callo, envío mis mensajes, mis señales en hermosos y floridos camalotes, mis hermanos menores presurosos se refugian en ellos y emprenden el viaje de salvación; hasta el más pequeño, el humilde caracol asegura sus huevos en lo más alto de los árboles o ramas.

Mi hermano mayor, el hombre, es indiferente tanto que no sé por qué fue usando mis brazos, esos brazos que le extendí con tanto amor, los fue cercenando cada vez más y más sin importarle mi dolor, fue ocupando mi cuerpo, mis entrañas, sin tener en cuenta mis súplicas, mi desesperación, no escuchó mis gritos, no me entendió; fue dejándome en lenta y solitaria agonía, solitaria porque hasta me taló la dulce y verde compañía, esa compañía que majestuosa se erguía dando sombra a quienes a mí acudían. Ellos, tan inteligentes y orgullosos de su tecnología, nada hicieron para aplacar esta furia que me domina, me ha transformado en bestia descontrolada que no sabe dónde va. Hombre grande, hombre sabio, no me culpes hoy de este horror, no me mires con rencor, no quiero hacerte sufrir, no quiero llevarme los cuerpos de tus hermanos pegados a mí, sólo quiero que te salves, te pido que me escuches, que me ames, que me devuelvas la libertad y retorne a mi cauce normal, solamente así volveremos a nuestra antigua, generosa y bien compartida amistad. %s Nelly López.

La voz sin eco

Señores directores: Soy un eterno peregrino, eterno como el espacio, las estrellas, el viento, el sol, la luna, la lluvia; vibrante, alegre, libre. Nací por decisión soberana, con una misión sublime y siempre fue claro y definido mi propósito de llevarla a cabo.

Fui extendiendo mi cuerpo y mis brazos con fascinante libertad, desde mi tranquilo nacimiento, corro, salto, brinco, murmuro, canto llevando vida a la madre tierra, humedeciéndola para que generosamente dé buenos frutos alimentando a los hombres. Mi vientre está siempre lleno de nueva vida para todos los habitantes sin distinción de credo o color. En mis frescas orillas pequeños indígenas han sido bautizados, he recibido sus tristes cantos rogando por lluvia y con ellos he cantado para ayudarlos a elevar sus lamentos, también me uní a sus danzas agradeciendo al padre sol su bendición.

Muchos conmigo han sido felices recogiendo mis regalos para pobres y ricos, niños y ancianos; los he dejado deslizar por mi cuerpo navegando, acortando distancias y compartiendo mi alegría de existir. He sido totalmente generoso, he dejado a todos gozar, soñar, sin pedirles nada a cambio. Cuando las benditas lluvias se tornan copiosas, constantes, mi cuerpo es empujado y exigido a llevar con más premura mi caudal, me torno peligroso, entonces no me callo, envío mis mensajes, mis señales en hermosos y floridos camalotes, mis hermanos menores presurosos se refugian en ellos y emprenden el viaje de salvación; hasta el más pequeño, el humilde caracol asegura sus huevos en lo más alto de los árboles o ramas.

Mi hermano mayor, el hombre, es indiferente tanto que no sé por qué fue usando mis brazos, esos brazos que le extendí con tanto amor, los fue cercenando cada vez más y más sin importarle mi dolor, fue ocupando mi cuerpo, mis entrañas, sin tener en cuenta mis súplicas, mi desesperación, no escuchó mis gritos, no me entendió; fue dejándome en lenta y solitaria agonía, solitaria porque hasta me taló la dulce y verde compañía, esa compañía que majestuosa se erguía dando sombra a quienes a mí acudían. Ellos, tan inteligentes y orgullosos de su tecnología, nada hicieron para aplacar esta furia que me domina, me ha transformado en bestia descontrolada que no sabe dónde va. Hombre grande, hombre sabio, no me culpes hoy de este horror, no me mires con rencor, no quiero hacerte sufrir, no quiero llevarme los cuerpos de tus hermanos pegados a mí, sólo quiero que te salves, te pido que me escuches, que me ames, que me devuelvas la libertad y retorne a mi cauce normal, solamente así volveremos a nuestra antigua, generosa y bien compartida amistad. %s Nelly López.