Duendes
Por Lucio N. Miranda

Daniel me dice que uno se enamora de la ciudad al primer golpe de vista. Le respondo que eso puede pasar, pero que a una ciudad nunca se la termina de conocer, que siempre nos sorprende con una nueva revelación. Daniel acepta mi observación señalando que la ciudad que uno ama nunca traiciona, las mujeres sí, agrega. Me río y le recuerdo que alguna vez escuché una letra de tango que decía algo parecido, después le señalo que prefiero la posible traición de las mujeres que la presunta fidelidad de las ciudades.

Estamos hablando de estas cosas sentados a la mesa de un bar de la peatonal mientras tomamos unos lisos. Deben ser las siete, o siete y media de la tarde, no hace mucho calor, pero a esta altura del año los días empiezan a ser más largos y es lindo contemplar la caída de la tarde desde la mesa de un bar, acompañado de lisos y algunas aceitunas y cuadraditos de queso que Daniel le acaba de pedir al mozo.

Daniel vive en Córdoba pero estudió en Santa Fe. Cuando se recibió -allá lejos y hace tiempo- intentó trabajar acá pero no le fue bien. Después el suegro lo conectó con algunos colegas de Córdoba y no le quedó otra alternativa que irse, aunque cada vez que puede regresa a la ciudad a visitar a los amigos, a comer asados en Rincón, a caminar por las calles de su ciudad.

Nos encontramos hace un rato en la esquina de San Martín y Tucumán y después de caminar un rato por la peatonal nos sentamos a la mesa de un bar al aire libre para seguir conversando. No recuerdo por qué motivo salió el tema de la ciudad, aunque es muy probable que haya sido Daniel el que empezó a hablar de Santa Fe ya que eso es lo que ocurre -con las variaciones del caso- cada vez que nos encontramos.

Esa tarde Daniel me contó una historia que nunca había escuchado. Yo no sé si la inventó o es verdadera, lo más probable es que haya hecho un poco de cada cosa. Según sus palabras, todo empezó la misma tarde que llegó a la terminal de ómnibus, entonces ubicada en calle Mendoza, al frente del correo. Bajó del colectivo con su valija de estudiante pobre (esas fueron sus palabras), miró la dirección de la pensión que su padre le había escrito en una agenda y se dirigió a un taxi.

El taxista era un tipo de edad mediana; un tipo que sonreía y que hablaba como seguramente hablan los personajes del tango. Daniel recuerda que tenía el pelo oscuro, la piel trigueña y los ojos claros. Empezaron hablar enseguida, como si se conocieran de toda la vida. Daniel le dijo que era de un pueblo del norte de la provincia y que a la ciudad de Santa Fe había venido de chico a visitar a unos parientes.

El taxista, en cierto momento -Daniel cree que el coche iba por bulevar- le ofreció pasearlo por la ciudad para que la conozca. Daniel desconfió al principio de la propuesta, pero el tipo era tan simpático, tan cordial, que no tuvo otra alternativa que aceptar, entre otras cosas porque se sentía cómodo y realmente estaba interesado en conocer la ciudad.

Daniel recuerda que pasearon por bulevar, siguieron por avenida Freyre, en un café de Zavalla tomaron un liso. Después conoció Parque Sur y se metieron en Centenario y vio por primera vez -casi desde abajo- las tribunas de la cancha de Colón. El recorrido continuó después por el norte. Daniel cree que pasaron pro Aristóbulo del Valle y tomaron otra cerveza en un bar cuyo nombre recordaba a una quinta o algo así.

El taxista le hablaba mientras tanto de la ciudad, de las costumbres de los santafesinos, de los patios cerveceros, de la playa de Guadalupe, de los bailes en Unión o en Regatas, de las milongas en Villa María Selva y Sargentito. Lo que más le llamaba la atención a Daniel era el entusiasmo que el tipo ponía en hablar de la ciudad, como si quisiera presentarle algo muy querido, muy íntimo.

Daniel cree que estuvieron dando vueltas con el auto casi hasta medianoche. En algún momento el taxista lo invitó a cenar y a esta altura del partido Daniel estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa. Comieron un puchero de gallina en un bar que se llamaba el Gran Paraná, ubicado en la esquina de Mendoza y la Cortada, un bar -recuerda- poblado de taxistas y hombres y mujeres de la noche.

La ciudad de Santa Fe fue siempre la protagonista de la charla. Daniel recuerda que en ningún momento sospechó del hombre y mucho menos se le ocurrió preguntar sobre el precio del pasaje. Estaba claro que el taxista se haría cargo de todo, aunque nunca quedó claro por qué esa preocupación para que él conozca la vida, el ritmo de la ciudad.

Daniel llegó a la pensión como a las tres de la mañana. El taxista lo despidió en la puerta con un apretón de manos y lo último que recuerda es su sonrisa simpática y al auto, -un Sian Di Tella- que se perdió en dirección a López y Planes.

Pasaron muchos meses y muchos años, pero Daniel nunca se olvidó de esa historia, de ese hombre generoso y cordial que sin ninguna razón o interés le presentó la ciudad. Lo más curiosos del caso es que Daniel nunca más volvió a ver a ese hombre. En algún momento intentó encontrarlo, preguntó a otros taxistas, pero nadie supo darle ninguna noticia, nadie lo recordaba, nadie parecía conocer a ese hombre de edad mediana, delgado, de pelo oscuro y ojos claros.

Daniel pide dos lisos más al mozo y se propone ponerle punto final a una historia que a mí me parece que no tiene ni pie ni cabeza. Me dice que ya desistió de encontrar a su guía, pero mucho más interesante que su renuncia son las conclusiones a las que ha arribado casi treinta años después de ocurrido los hechos. Y en este punto la historia empieza a tener algo de cabeza aunque sigue sin pie.

Después de terminar el liso y mientras enciende creo que su quinto cigarrillo, Daniel me dice que él está convencido que esa persona que lo recibió en la vieja terminal de ómnibus no existió nunca, que jamás hubo un taxista así en la terminal y en ningún lugar de la ciudad, que a él en realidad lo recibió un fantasma o un espíritu, o como se quiera llamar, que se propuso hacerle conocer Santa Fe, presentarle la ciudad.

Cumplida su misión -sentencia Daniel- desapareció para siempre, o tal vez siga en la ciudad con otro rostro o con otro trabajo. Cuando Daniel se pone así prefiero hacer silencio, pero ahora soy yo el que enciende un cigarrillo y le pide al mozo que sirva otra vuelta de lisos.