De Raíces y Abuelos
Un "prete" inmigrante
Domingo Rinaldi partió de su Italia natal con una expedición de salesianos y en 1883 llegó a la Argentina. Más tarde sería ordenado sacerdote (prete). Se estableció en Gálvez, donde luchó mucho para preservar la fe católica. Su labor hizo hincapié en ayudar a los niños, los pobres y los enfermos.

El padre Edgar Stoffel y Williams Nelso Alcaraz enviaron a De Raíces y Abuelos una investigación que realizaran sobre la vida de Domingo Rinaldi, un inmigrante italiano que fuera el cura párroco de Gálvez, lugar adonde llegó durante los primeros años de la década de 1890-1900. He aquí un homenaje, al cumplirse 150 años de su nacimiento.

Domingo Rinaldi había nacido en la fracción Cologna de la Comuna de Tirano el 15 de junio de 1855, en el seno de una de las tantas familias humildes y trabajadoras que vivían en la "Valtellina". Esta zona está situada en la parte más septentrional de la Lombardía, a unos 450 metros de altura, con una tierra poco apta para la agricultura y surcada por numerosos torrentes que -de tanto en tanto- arrasaban los cultivos que, a duras penas, se lograban en las terrazas hechas ex profeso.

Buena parte de la población estaba mal alimentada y la "pellagra" reinaba por doquier, ya que la polenta era el plato básico que se consumía diariamente. El aspecto habitacional dejaba bastante que desear, y era común la mortalidad infantil.

A la par, los "valtellineses" eran profundamente católicos y marianos. Por este motivo, abundaban los templos y capillas dedicadas a la Virgen María, entre los que sobresale el Santuario della Madonna en Tirano, cuyo quinto centenario se está celebrando en este tiempo.

A pesar de los cambios producidos tras la Revolución Francesa, el aspecto religioso permaneció inalterable e incluso tras la unidad italiana en líneas generales, el catolicismo seguía siendo cultivado por la mayor parte de esta comunidad "montanara".

Esta realidad difícil y compleja generaba un sujeto histórico habituado al sacrificio, dada la vida dura, pobre y peligrosa; laborioso, constante, agradecido y, por sobre todo, profundamente religioso y confiado en la providencia. En el padre Rinaldi estos valores se manifestarán generosamente.

Tras realizar su servicio militar, Domingo Rinaldi ingresó al oratorio salesiano de Valdocco, donde conoció a San Juan Bosco, de quien en 1881 recibiría el hábito clerical.

Con los salesianos

En 1883, Domingo Rinaldi llegó a la Argentina como parte de la octava expedición salesiana. Se desempeñó en el Colegio de San Nicolás de los Arroyos y en 1886 fue ordenado sacerdote por monseñor Cagliero. De allí pasó al Colegio de Santa Catalina -en las cercanías de la estación Constitución-, luego a La Plata y finalmente al barrio "La Boca del diávolo", donde los salesianos tenían la parroquia y el Colegio San Juan Evangelista.

Hacia 1892 y debido a la difícil situación económica que vivía su familia en el "paese" natal, ante la imposibilidad de ayudarlos pecuniariamente debido a su condición de religioso, obtuvo del Papa León XIII la respectiva dispensa.

Por este motivo, pasó al clero secular de la entonces diócesis de Paraná, la que siempre tenía necesidad de sacerdotes italianos para atender las innumerables colonias que surgían, especialmente en Santa Fe.

El 9 de junio de 1893 (en vísperas de la fiesta patronal), el presbítero Domingo Rinaldi llegó a Gálvez, adonde permanecería hasta su muerte, en 1928. El ambiente que lo aguardaba no era para nada propicio, ya que -si bien los colonos que habitaban en la campaña eran profundamente católicos-, no sucedía lo mismo con los vecinos del pueblo, entre los que campeaban las ideas anticlericales, sobre todo si se tiene en cuenta que el lugar era un centro ferrocarrilero.

"Comenzaba de esta manera una historia que duraría casi 35 años, por lo cual al cumplirse 150 años de su nacimiento, queremos rescatar la historia de Rinaldi, ya que él también fue un inmigrante como muchos de nuestros abuelos", explican los autores.

Niños, pobres y enfermos

Ser capellán primero y cura párroco luego en esta localidad no fue tarea fácil ni sencilla para Rinaldi, dado que su feligresía crecía continuamente. A menudo debió soportar ataques y burlas de masones y anticlericales, como también las carencias materiales de la población, que a veces se disimulaban tras la fachada de un progreso que beneficiaba a pocos.

Sin embargo, nada de esto fue obstáculo para el ejercicio de su ministerio. Se destacó por su sencillez, su bondad, su amor al prójimo, su fervor y su devoción. Desde el primer momento de su estadía entre los galvenses (al decir de un contemporáneo) "... las puertas de su casa, como de su corazón franqueadas fueron siempre al primer llamado para el triste y el desgraciado".

En su labor pastoral, sus predilectos fueron los niños, los pobres y los enfermos, y destinó a los primeros mucho tiempo para la catequesis y la educación. Llegó hasta abrir una escuela de primeras letras, donde se pusieron de manifiesto sus cualidades como docente, adquiridas entre los salesianos.

Además, hacía llegar -siempre de modo discreto y sin ostentación- la ayuda económica a aquellas familias que pasaban necesidades, especialmente las que vivían en los suburbios y dependían del trabajo temporario, o en las que faltaba el jefe de familia en una época en que no había previsión social. También las ayudaba con la construcción de una pieza para alojar a los inmigrantes que se desplazaban en busca de trabajo, a los que no le faltaba un lugar donde dormir y un plato de comida similar al que el consumía.

Visitaba a los enfermos en sus hogares, incluso en tiempo de la peste bubónica de 1919 (lo que le valió el aislamiento policial) y acompañando a la "Sociedad de Beneficencia" local, que en aquellos tiempos pretendía aliviar la situación de los enfermos de escasos recursos y construir un hospital.

Templo parroquial

Al padre Rinaldi también le preocupaban los colonos situados en los confines de su curato. Los iba a visitar personalmente o los esperaba hasta que llegaran para comenzar la misa. Incluso, supo suscitar numerosas vocaciones sacerdotales que formaron parte del clero santafesino.

Pero junto a la obra que se edifica en los corazones, impulsó la construcción de uno de los símbolos de Gálvez que aún perdura, a pesar de los profundos cambios producidos en la sociedad y en la Iglesia: el templo parroquial.

Esta obra, que se distingue desde lejos, fue posible en aquel tiempo no sólo por su empeño sino por su generosidad y abnegación, que lo llevó a invertir tiempo y dinero propio. Los galvenses eran remisos a encarar una construcción de tal magnitud y no faltaban quienes apostaban a su fracaso.

A poco de comenzarla, en 1901, una serie de fracasos estuvieron a punto de hacerlo desistir, pero tomó como un signo providencial la llegada de dos carros de arena que no había solicitado. Él recordaba que "confié en el Señor y me abalancé a la ardua empresa'.

Finalmente, el 22 de setiembre de ese año, el obispo Boneo bendijo la piedra fundamental durante su primera visita pastoral a la localidad.

Historiar el proceso de construcción de la parroquia -aclaran los autores- llevaría páginas, pero lo cierto es que para 1908 estaba habilitada parcialmente y en 1915 concluido el cuerpo principal. Luego, en 1916 se procedió a la construcción de la torre y en 1925 se concluyeron las naves laterales, previa colocación de tres campanas.

La fuente de inspiración de este templo fue el Santuario della Madonna, en Tirano, a cuya sombra había crecido. Pero no se trata de una copia fiel, ya que las formas de aquel fueron trasladadas sin demasiadas precisiones técnicas y adaptadas a las necesidades de nuestro medio por el albañil Ángel Tonini, su hermano Juan (ambos lombardos) y el mismo padre Rinaldi.

Progreso y crecimiento

El padre Rinaldi -que llegó a nuestras tierras como misionero- fue también un inmigrante que, como tantos otros, debía ayudar a su familia empobrecida en el "paese' natal.

Se preocupó por los inmigrantes que deambulaban buscando trabajo y predicaba en la lengua de los colonos (para lo cual debió aprender el piamontés), para estar más cerca de ellos. Y, como todo inmigrante se trajo un pedazo de su mundo, que dejó plasmado en el templo parroquial.

"Hoy se encuentra sepultado en dicho templo y una calle de la localidad de Gálvez lo recuerda. Pero como la memoria es frágil creemos que estas líneas son necesarias para que las nuevas generaciones no lo olviden, ya que contribuyó no sólo al crecimiento de la Iglesia sino también al progreso del pueblo", concluyen los autores.

Mariana Rivera