El domingo 13 de noviembre conmemoramos el Día del Enfermo. La palabra "enfermedad" va unida a la palabra "sufrimiento" y el sufrimiento, como un huésped inevitable de la vida, como una realidad existencial, nos coloca en una situación crítica, en un verdadero desafío que pone a prueba toda nuestra integridad humana.
Hay quien nace y vive con y en el sufrimiento; hay quien lo tiene que afrontar de repente; hay quien se siente perseguido por su presencia y, también, quien lo usa como pretexto para evitar sus responsabilidades.
La realidad existencial de quien se ve golpeado por el sufrimiento es muy diversa. A veces, nos sorprende apenas uno se abre a la vida, o cuando se está terminando los estudios, o en medio de las responsabilidades de la vida, o en los años de la vejez.
Porque la vida es un mosaico de tiempos diversos. La Biblia, en su libro del Eclesiastés (Cohelet) 3, 1-8, nos recuerda las experiencias de la vida: "Hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo: un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para edificar y un tiempo para llorar; un tiempo para buscar y un tiempo para perder; un tiempo para hablar y un tiempo para callar; un tiempo para amar y un tiempo para odiar; un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz".
Frente a esta dinámica universal y constitutiva de la vida, como reza el texto bíblico: "Hay un tiempo para buscar y un tiempo para perder". Aparecen, así, un desasimiento y una pérdida en el modo de vivir que nos colocan en situaciones verdaderamente conflictivas, como pueden ser la enfermedad y el sufrimiento.
Aparecen entonces la precariedad y la provisionalidad de nuestra realidad humana, que comportan un desprendimiento y una pérdida de lo que uno era para que nos aboquemos a lo que podamos llegar a ser en tal circunstancia.
La pérdida de la salud nos revela nuestro cuerpo como extremadamente vulnerable; basta un incidente, un descuido, una caída, costumbres diabéticas nocivas, situaciones de estrés mal tratadas, etcétera.
Los progresos de las ciencias han inculcado hoy en el hombre una confianza ilimitada en el poder de la medicina, con la consecuencia de que el hombre de hoy tienes menos paciencia que el de ayer para aceptar sus límites.
Hoy, el hospital alberga el mosaico del dolor humano. Allí se nos desafía a reconciliarnos con una enfermedad a veces crónica o terminal y, al mismo tiempo, podemos estar atormentados con una interminable sucesión de sufrimientos.
A veces, una cirugía nos enfrenta con la pérdida de una parte de uno mismo, una amputación; una fuerte emergencia física representa reacciones de duelos parecidas a las de quien está de luto por la muerte de algún ser querido.
Se constata entonces, en esa emergencia, la transmutación de la propia identidad, que produce alteraciones en lo mental, en lo emotivo y espiritual.
Hay abanicos de reacciones, expresadas personalmente o por familiares: llantos, desaliento, temores, desvanecimientos, dolores, pesadillas, pérdidas de fuerzas físicas, sensación de inquietud y quebranto.
Esos momentos pueden abrirnos a un planteo de autoconocimiento que permite aclarar cómo somos en realidad; puede nacer entonces una reflexión para descubrir los verdaderos ejes importantes de nuestra vida y el sentido último de la existencia humana.
En el silencio de nuestras actividades y en la soledad de uno mismo, surge la necesidad de hacernos nuestra propia biografía, ahora, con toda la cruda realidad, sin las pantallas de ningún mecanismo de defensa.
Será una situación dramática, donde surgen aquellas preguntas fundamentales de nuestro ser pensante: �quién soy yo? �Qué futuro me espera? �Será un futuro esperanzador?
Viene la experiencia de nuestro ser vulnerable con toda la sensación de precariedad humana. Generalmente, nace aquel impulso de trascendencia que alienta al ser mismo a querer seguir viviendo.
Me he encontrado como capellán hospitalario con las inquietudes de alguna culpabilidad, fruto de experiencias equivocadas que pudieron desviar momentos en la vida, llamada a la realización de metas de verdad, de justicia, honradez y solidaridad.
En esas circunstancias se vive la hora de una verdad que no se puede desmentir sin graves complicaciones psicológicas y espirituales.
Son momentos que vienen en apoyo alentador a aquellas personas que transmiten esperanzas y confianza para que no desaparezca aquella identidad humana que no podemos perder, aun en situaciones tan difíciles como en la enfermedad.
Este apoyo humano, junto a la tecnología científica, sostendrá al enfermo en el combate contra desalientos, temores, derrotas y sensación de vacío existencial.
Allí se sale de toda superficialidad existencial para no quedarse en la superficie del misterio de la vida, para ahondar en la búsqueda de una luz que nos restaure, sobre todo, con una esperanza cristiana.
Será bueno recordar aquel mensaje esperanzador de J. Folliet que transcribí en el catecismo de los enfermos:
...Yo creo, Señor... que al final de la noche, no está la noche, sino la aurora.
Creo, Señor, que al fin del invierno, no está el invierno, sino la primavera.
Creo, Señor, que al final de la desesperación no está la desesperación, sino la esperanza.
Creo, Señor, que al fin de la espera no está la espera, sino el reencuentro.
Creo, Señor, que al fin de la muerte no está la muerte, sino la vida".