Atrapados sin salida
"Es una obra que habla de crueles mandatos, de traiciones, de venganzas, de riña, de sangre, de muerte. De la cobardía. De amores que se parecen a odios. De odios que se parecen a amores. Nos muestra, con dureza y belleza poética, la eterna inutilidad de la violencia". Así sostenía Raúl Kreig antes del estreno de "El reñidero", obra de Sergio De Cecco presentada por la Comedia Universitaria de la Universidad Nacional del Litoral. La síntesis es perfecta. Y este trabajo también lo es. El autor ambienta su trama en el arrabal porteño de principios de siglo y es una traslación del mito de Electra. En ella, Elena desea vengar la muerte de su padre, el caudillo Pancho Morales, consumada por el amante de su madre. Por ello es que espera al hermano, Orestes, que deberá ser el brazo ejecutor de la venganza.
En la puesta de Kreig, con certero tratamiento del espacio del mismo y Silvia Debona, el escenario es un círculo, símbolo de perfección. Pero también de idea de eterno retorno, de lo que no puede ser, de algo acabado. Ahí está el reñidero mismo, donde se ventila la sangre. Un mismo espacio para diversas lecturas, todas claras y apropiadas. Todo el movimiento impreso a la puesta por el director produce la sensación de intranquilidad y contrarresta la deliberada inmovilidad de esos personajes atados a las pasiones, atrapados irreflexivamente en ellas.
A esto debemos sumar la luz -también de Debona-, una protagonista más que jerarquiza los movimientos, las cadencias, la fuerza y la expresión en el rostro de los actores. La puesta evidencia un equilibrio entre los lenguajes, en el que ninguno queda sobredimensionado y resulta especialmente acertada la marcación en cuanto a la contención y economía de movimientos. El desenlace es realmente conmovedor y sacude al espectador.
Y aunque la historia esté ambientada allá lejos, lo cierto es que, más allá de las circunstancias políticas que acuse el texto y del contundente tratamiento kreigeriano, el sentido alude a actitudes existenciales. En algunas personas y en algunos pueblos -como el nuestro- pareciera existir cierta inmovilidad frente a la historia y al propio destino. Esta puesta deja en claro esto. El rechazo al cambio verdadero -la obra propone la muerte del matonaje y los odios antiguos- es una actitud cotidiana que se traduce en actos de intolerancia y de ceguera frente a la realidad.
El brillante elenco crea la atmósfera de odio en la que todos están atrapados trágicamente. Daniela Ramírez es la vengativa hija de Morales. Desgarrada, motor que sólo sirve para matar. La actriz plasma con claridad la mezcla de tiempos: al entusiasmo de la veinteañera sigue el grito de venganza y su proceso interno se da con fuerte convicción. Su rostro acompaña y acerca al espectador un texto difícil sin tropiezos.
Sergio Abbate es Orestes y encarna -en el mejor trabajo de su carrera- a ese sujeto torturado, niño que vivió para ganar el amor de un hombre ruin y que tuvo que pagar por ello. Así debe enfrentar la terrible verdad: el verdadero rostro de un padre que nunca lo quiso. El trabajo del actor es estupendo. Surge con nitidez la vida de un personaje enloquecido por el odio de los demás. La escena final es una prueba de fuego que conmueve por la fuerza que Abbate le imprime.
Marta Defeis pasea su seguridad sin desbordes. La escena con Orestes pone a prueba su capacidad para los cambios de carácter: persuasión, tristeza, miedo, seducción y desesperación. Intenta salir del mundo sangriento y su actuación es plena de matices, contundente. Claudio Paz es sin duda el guapo del montaje. Su Pancho Morales está trabajado con toda la crueldad y bajeza del caudillo que tiene que morir. Su malevo está trabajado lejos de los estereotipos acartonados y aburridos. Es también otro excelente trabajo.
Marcos Martínez es un eficaz enamorado que acompaña sin dificultades el trabajo de Defeis. Excelente actor, realiza aquí otra labor de muy buen nivel. Rubén von der Thüsen logra convencer en los diversos roles que interpreta y es correcta la actuación de Carolina Cano. Son de buen gusto el vestuario de Debona y los maquillajes y peinados de Diego Rinaldi. La totalidad -con indiscutible calidad artística- plantea un sistema que marca un deber ser para el individuo y que determina que para ser alguien, hay que hacer determinadas cosas. Lo conflictivo se plantea cuando alguien que tiene que ser de determinada manera siente que se encuentra dentro de un sistema que, no sólo no lo contiene sino que lo expulsa y lo menosprecia.
La obra se pone en escena en el centro cultural y educativo La Juana, 4 de Enero 2735. Las funciones son los sábados, a las 22, y los domingos, a las 21.
Roberto Schneider