La salud de Castro y el destino del régimen cubano
La salud de Fidel Castro es un secreto de Estado. Esto ocurre con todos los mandatarios, pero con los dictadores el secreto adquiere otros tonos más sombríos y misteriosos. Puede que Castro se recupere de su enfermedad, puede que no esté muerto, pero hay serias sospechas de que regrese al poder.
Sano o enfermo, la sucesión operó como suele ocurrir con todas las dictaduras y, muy en particular, con las dictaduras comunistas: un familiar, en este caso, el hermano. El propio texto de la delegación del poder pone en evidencia los niveles increíbles de acumulación del poder. Castro es secretario del Partido Comunista, comandante de las Fuerzas Armadas, jefe de Estado y, además, está a cargo de los principales planes de gobierno: salud, energía y alfabetización.
Dicho con otras palabras, tiene en sus manos la suma del poder público, con el añadido de que lleva 47 años al frente del Estado, cifra que lo ubica por encima de Franco, Stalin, Kim Il Sung, Somoza y Stroessner, por mencionar a los dictadores más representativos del siglo XX.
La única persona que lo supera en extensión temporal es la reina Isabel de Inglaterra. No obstante, la diferencia es significativa: Isabel es la cabeza simbólica de una monarquía constitucional; Castro es o fue el titular de una dictadura en la que todas las decisiones del poder -desde la más compleja a la más sencilla- siempre han pasado por su persona.
La delegación del poder que acaba de hacer el mandatario cubano ha sido, de alguna manera, un ensayo acerca de lo que ocurriría si Castro muriera. Todos los pasos ya estarían previstos. La titularidad del poder recaería en su hermano Raúl, habría una discreta movilización de tropas para evitar desórdenes, mientras que en Miami los exiliados saldrían a la calle a festejar la muerte de su enemigo más detestado.
Las posibilidades políticas que se abrirían hacia el futuro son más o menos previsibles, aunque los procesos históricos suelen ser más complejos que los esquemas teóricos que elaboran politólogos e historiadores. Se supone que el propio Raúl Castro sería una transición, ya que el poder real pasaría a ser ejercido por las Fuerzas Armadas, los servicios secretos y la burocracia comunista a cargo de las empresas públicas.
Existiría un amplio consenso en que algunos cambios habría que producir. Ninguna de las alternativas de la nomenklatura prevé un retorno a la democracia o al Estado de derecho. Las estrategias apuntarían a una salida al estilo de China o Vietnam, es decir, una dictadura centralizada y corrupta con una leve y progresiva apertura económica por la que los principales favorecidos serían los burócratas comunistas. Este proceso iría acompañado por un esfuerzo para mejorar las relaciones con los EE.UU. y acordar con ciertos sectores políticos del exilio.
Tanto las vías china o vietnamita, como la vía rusa, diseñada a partir de la privatización de las empresas públicas a favor de los burócratas y militares comunistas, tienen sus variantes y sus riesgos, pero los herederos de Castro confían en la solidez de la estructura de poder montada durante casi medio siglo. Falta saber la respuesta del pueblo cubano.