¿Cómo un mismo hecho puede ser sometido a análisis y lecturas diametralmente opuestas? Pues aunque a algunos les haya parecido forzado, eso fue lo que ocurrió con la visita presidencial a la provincia esta semana.
De un lado de la vereda -digamos, del lado del Frente Progresista que sería en este caso, el de la oposición- se prendieron de lo que ocurrió en las horas previas al desembarco, y en cómo se dio a conocer la visita. Éstos fueron quienes repararon en que el anuncio de la llegada no lo hizo el gobernador, que se suponía el anfitrión de la provincia, sino el intendente rosarino y socialista, Miguel Lifchtiz. Ésos también fueron los que advirtieron que la actitud del presidente había generado malestar en el peronismo, que volvía a ver el gesto como parte del juego transversal del que se habla prácticamente desde el mismísimo inicio de la gestión de Kirchner. Y también, los que se detuvieron en el viaje relámpago de Jorge Obeid a Buenos Aires (según dicen), sólo para poder descender del avión junto al presidente.
Del otro lado de la vereda -digamos, del lado del Frente para la Victoria que sería en este caso, el del oficialismo- las interpretaciones se orientaron a ver de qué manera la llegada del jefe de Estado rompía los esquemas de la sociedad política que han sellado el PS y la UCR. Entonces dijeron que, en realidad, el contacto de Kirchner con el jefe de gobierno municipal de Rosario enervaba a los radicales que a través de documentos públicos vienen advirtiendo que nadie que esté de acuerdo con la ideología kirchnerista, puede estar en este Frente. Pero hubo otros que dijeron que no, que la lectura correcta venía por el lado de la interna socialista, en la cual un sector -encabezado por Rubén Giustiniani- ha llegado a comparar algunos aspectos de la actual gestión presidencial con el menenismo.
En fin, el acto no duró más que 45 minutos. Las múltiples interpretaciones quizás sólo demuestren la capacidad de adaptación del presidente.