Las dictaduras totalitarias reproducen sus propios mitos fundacionales. El putsch de Munich protagonizado por Adolf Hitler fue recordado con unción por los nazis mientras ejercieron el poder. Algo parecido, con las inevitables diferencias históricas del caso, ocurre con el asalto al Moncada, el intento de Fidel Castro y un grupo de combatientes de tomar una de las principales fortalezas militares de Cuba.
Hoy se sabe que el proyecto fue mal planificado y peor ejecutado. El ejército en pocas horas controló la situación. Las ejecuciones sumarias y las torturas a los prisioneros fueron las respuestas del régimen de Batista, un sargento que había accedido al poder a través de un golpe de Estado 16 meses antes. Las gestiones de la Iglesia Católica, junto con las debilidades de una dictadura que nunca terminó de consolidarse, explican que Fidel Castro no corriera la misma suerte que muchos de sus desgraciados compañeros, la mayoría modestos campesinos semianalfabetos.>
El asalto al Moncada fracasó desde lo militar, pero desde lo político le permitió a Castro transformarse en el principal líder de la oposición. El juicio, en el cual pudo elaborar su propia defensa, contribuyó a hacerlo famoso dentro y fuera de Cuba. Dos años después, Castro fue amnistiado y desde México planificó nuevas acciones militares, cuyos resultados hoy conocemos.>
En el asalto al Moncada participaron alrededor de 135 combatientes. Noventa lograron salvar sus vidas y hoy más de la mitad está en el exilio. La liturgia oficial tejió su propia leyenda sobre el operativo militar. Como todo relato dictatorial, estableció sus propios héroes y villanos y, lo más importante, sus propias omisiones.>
Hoy casi ni se habla de que la primer condena al asalto al Moncada la produjo el Partido Comunista Cubano, tradicional aliado de Batista. No hay una explicación convincente sobre los suicidios de Haydé Santamaría y Osvaldo Dorticós. El nombre de los combatientes, que luego manifestaron su disidencia al régimen, no figura en los textos de la historia oficial.>
Tampoco se dice una palabra de las torpezas cometidas por los dirigentes del operativo y no existe ninguna explicación sobre los motivos que dieron lugar a que Fidel Castro elaborase su propia defensa. Menos aún, cómo pudo ser posible que una dictadura sanguinaria le otorgase la libertad al jefe del operativo, mientras la mayoría de los prisioneros eran ejecutados.>
La violencia política estaba instalada a pleno en la sociedad cubana de la época de Batista. Fidel Castro fue un exponente fiel de esa situación. Inteligente, mitómano, manipulador e inescrupuloso, sus antecedentes como dirigente estudiantil incluían el asesinato de dos dirigentes juveniles, según documenta Carlos Fuentes, poeta y camarada de ruta de los comunistas hasta el año 2001.>
Como Primo de Rivera, Castro siempre creyó en la dialéctica de las pistolas y en la manipulación política como recurso legítimo de poder. En ese clima, el consenso a favor de salidas violentas como sinónimo de alternativas liberadoras se fue consolidando. De buena y mala fe los cubanos creyeron que la violencia era la partera de la historia y trabajaron en esa dirección. Todavía no sabían que estaban cavando su propia tumba.>