¿Qué vio esa noche fatal Agnes, la última, cuando descendió insomne las escaleras de su habitación y disparó -con su aspecto atribulado- esta pregunta que me carcome las energías hasta hoy (hoy que ya no está) y cuya respuesta recreo imaginariamente una y otra vez?. Agnes vio, creo, en esos pocos pasos de pesada oscuridad, en su yaciente reposo posterior, lo que vendría; y, aun peor, vio con abrupta claridad que nada que se hiciese podría modificar ya ese futuro próximo, casi tangible, que sabía venir con la fuerza de un viento caldeado e incendiario.
Yo la vi esa noche de febrero; vi sus muslos azulados por la luz lateral de la ventana que arrastraba la de la luna; vi su ropa interior, su pelo enloquecido y hermoso; vi su cuerpo, el cuerpo que deseaba locamente y que sabía imposible, corrompido por la mirada trastornada de quien no ha dormido y ve venirse una pesadilla. Ella no me vio; se sentó en oscuro silencio, a fumar y a beber. Yo me quedé en la galería, petrificado y seducido por su extraordinaria quietud; y por el ansia, creo, de descubrir qué es lo que le sucedía en esa noche terrible, en la que nadie parecía poder dormir y cuyos funestos pronósticos parecían avenirse sobre nuestra casa.
Todo comenzó (supongo, yo no tenía más de quince años) en la cena. Mi padre tenía esa velada hondas ojeras y la palabra más seca que de costumbre; mi hermana Lucía, una suerte de nerviosismo muy pronunciado; su amiga Agnes no disimulaba su incomodidad. Pese a mi condición de imberbe, yo percibía una terrible pesadez en el ambiente; pero terminé de comer y me fui a ver TV, no sin antes mirar a Agnes una vez más. Ella tenía veinte años, una simpatía e inteligencia desaforadas, y un costado entre oscuro y perturbado que yo no entendía ni pretendía entender pero me fascinaba. Pasada la medianoche bajé a fumar un cigarrillo en la galería, a escondidas de mi padre. Entonces la vi bajar, hermosa y oscura. Y ya no pude, ni quise, volver a la habitación a dormir.
Traté de seguir, pese a la penumbra, el movimiento de sus ojos, entre llorosos y opacos, que parecían haber avistado el infierno. Agnes bebía el resto del vino de la noche. Una y otra vez traté de darme valor para entrar a la casa y hablarle. Pero fui cobarde. Simplemente la observé. Agnes quedó rígida, de frente a la pared del living, y bebió con fruición un cuarto de botella. La sensación que tuve, quizás exacerbada por mi corta edad, fue que había comprendido o descubierto algo esencial, definitivo y terrible.
Pero vi más en Agnes; vi en ella la convicción de un hallazgo siniestro; y peor aún, la imposibilidad de contar a otros ese hallazgo; y, peor aún, la percepción del futuro venírsele encima: esto es, el abandono de su amiga Lucía, mi hermana. Y por ello el final de una época, de un tiempo, de un momento. Como no tengo respuestas, sólo puedo conjeturar: ella experimentó el entendimiento de una áspera y reseca verdad; la sensación de final estallarle en las manos, a la usanza del sordo ruido que haría un cuerpo al caer desde alturas inconmensurables. ¿Qué sentí yo?: que ni toda la piedad del mundo podía ayudarla y que nunca más, fuera de mis sueños, la vería. También para mí fue ese final.