Una de las primeras cosas que nos enseñan de chicos es el respeto que debemos tener hacia las otras personas. Por no estar solos en el mundo y obligados a convivir, hay normas, reglas de conducta, que se deben tener en cuenta para garantizar una vida social armónica. Al menos es lo que los educadores -padres, maestros-, se proponen conseguir. Quizás por ser tan básico y elemental, es que ese comportamiento muchas veces es relegado u olvidado.
Eso puede observarse, por ejemplo, al momento de concurrir a un espectáculo, reunión pública o evento privado que congrega a muchas personas. Empezando por la falta de puntualidad: cada uno demora su llegada previo cálculo de que otros también lo harán y entonces, el comienzo de la ceremonia o función, se demora.
Es así como quienes respetan los horarios, son castigados con largas esperas y molestados cuando los personajes tardíos llegan al lugar abriéndose paso e interrumpiendo desde películas hasta discursos. A esa falta de respeto hacia el tiempo o el trabajo del otro, se suma la no menos frecuente costumbre de hablar en los actos formales cuando alguien está dirigiendo algún discurso o interpretando algún hecho artístico. Se trate de una conversación paralela o del sonido de un celular encendido, lo cierto es que se perturba a los actores y a los receptores. Es común ver cómo en diferentes reuniones, cuando se requiere de un momento de atención precisa, de un gesto de cortesía hacia aquellos que convocaron al evento, estos personajes desconocen el esfuerzo, el motivo y hasta el hecho por el cual fueron invitados. Es mucho más evidente si la convocatoria incluye algún tipo de brindis; entonces la grosería de algunos actúa como disparador y por contagio, se multiplica.
Otra instancia de los maleducados la componen aquellos padres que llevan a sus pequeños a restaurantes o a presenciar espectáculos que no son exclusivamente infantiles. Lejos de tener en cuenta a sus vecinos de mesa o de butaca, dejan que los gritos y caprichos de los chicos fluyan libremente, como si las personas que los circundan no tuviesen derecho a disfrutar del momento y sí la obligación de someterse mansamente al castigo de tener que soportar la iracunda conducta familiar colindante. Pero ése es todo un tema y merece un desarrollo exclusivo en otro "Al margen de la crónica".