Es razonable que el Estado asuma responsabilidades sin atractivo para la iniciativa privada, como la de salvar a especies en extinción, y sería el caso del gran show televisivo. Se trata, al fin, de un servicio público que acaba de ser re-estatizado por la emisora oficial con el lanzamiento de "Séptima noche" (Canal 7, sábados de 22 a 24), que se inscribe en ese género algo híbrido donde predominan los números musicales mezclados con rutinas de humor y algunas notas periodísticas, cuerpo de baile, oropel y público en vivo, en distintas proporciones, ya que no fue lo mismo "Casino Philips", donde el modelo llegaba de la televisión europea de los '60, que "Badía y Cía.", de fórmula menos revisteril.
Los libros de Historia indican que el primer gran show apareció en 1952 en Canal 7 y se llamó "Tropicana Club". Allí Troilo estrenó "La cachila" y se conoció a Antonio Prieto, en tiempos en que los maestros de ceremonia podían usar frac y galera sin que nadie se riera de ellos. El espectáculo descansaba en la idea de "llevar el Maipo a los hogares" en versión debidamente descremada, ya que la única premisa común a estas manifestaciones es la de "ser pensadas para toda la familia".
Esa misma consigna proclamaron Juan Alberto Badía y Federica Pais en el debut de "Séptima noche", cuya apertura estuvo a cargo de una big band dirigida por el trompetista Oscar Serrano interpretando "Sing, sing, sing" y un cuerpo de ballet que también fue utilizado como elemento plástico y decorativo durante toda la jornada. Luego, la orquesta acompañó a la cantante Deborah Dixon en "Fly to the moon" . Siguió Dan Breitman, un especialista en stand-up, la variedad cómica en la cual el comediante se dirige directamente a la audiencia, en un estado de desnudez extremadamente vulnerable, bajo la presión de estar obligado a provocar una corriente ininterrumpida de risas. A merced del público, el comediante se relaciona con audiencias en particular, lo que supone que el traslado del stand-up a la pantalla de televisión es ingrato, por la impersonalidad del público masivo. Breitman salió maltrecho de la experiencia.
Como atracción internacional actuó Pasión Vega, la bien alimentada cantante madrileña, seguida por el grupo de Aníbal Pachano con algunas fichas de su music hall "Dominó", como su original versión de "Se dice de mí", en una muestra de la creatividad que habitualmente no llega a la tele, ya que no responde a sus estereotipos.
Badía entrevistó con champagne a Ari Palluch, un popular periodista que actualmente atraviesa un momento difícil, ya que se ha dedicado a la autoayuda y da consejos como el de que "hay que ser uno mismo", o "no hay que alimentar el ego", tan impropio en el medio televisivo. Su entusiasmo por la meditación fue volcado en el libro "Combustible espiritual", que tal vez pueda conseguirse en estaciones de servicio.
Por su parte, Federica País inauguró una sección donde extrae objetos personales de un baúl, en este caso pertenecientes al poco apasionante pasado de Miguel Angel Rodríguez, como una forma de provocar una hemorragia evocativa en el entrevistado.
Otra atracción de cartel fue Adriana Varela, a quien mucha gente ha confundido con una cantante de tangos, que sobreactuó un par de canciones reas acompañada por guitarras. También bailó una pareja de "Air condition", en una danza en la cual los bailarines desafían las leyes de gravedad levitando con arneses, y que superan con exquisito buen gusto la posibilidad de ser confundidos con medias reses colgando de un gancho.
Entre los "desconocidos", fue presentado el trío tucumano QV4, cuyo humor, como algunos de los números ya citados, se alternarán en la cartelera estable de "Séptima noche", que siempre cerrará con el recital de un consagrado, y que en el debut se encomendó al baladista Alejandro Lerner.
Con Badía, la tele es selectiva: con un piso de buen gusto, es sabio para combinar a famosos con artistas sin cartel, reclutados en circuitos off. "Para los que no encuentran un lugar en la televisión" fue la consigna que formuló al finalizar. Naturalmente, sería injusto responsabilizarlo de los pasos ulteriores de sus revelaciones, y basta con recordar que Tinelli se inició con Badía.