Opinión: OPIN-04
Al margen de la crónica
La vanidad en los Narcisos modernos

Narciso, dice la versión romana de un personaje de la mitología griega, era un joven de singular belleza, hijo de Céfiso, dios del río, y la ninfa Liríope, indiferente a los sentimientos de los demás e incapaz de prodigar amor hacia otros, que vivía pendiente sólo de sí mismo. Hábil en el uso de las armas, se detuvo un día de calor en medio de una cacería a beber de una fuente. Al inclinarse, vio su rostro reflejado en el agua y quedó tan subyugado que se enamoró perdidamente de su imagen.

Absorto y atrapado en su autocontemplación, ignoró el paso del tiempo, se olvidó de comer y se dejó morir de hambre en absoluta soledad. Sus despojos se desvanecieron en la hierba y de él sólo quedaron los ecos de esa lastimosa forma de morir y una flor que lleva su nombre.

La vanidad excesiva, conocida como narcisismo, tiene su origen en este mito que se transmitió a través del tiempo. Siempre hubo narcisistas. La psicología moderna los define como individuos intensamente pendientes de su imagen fisica; sin embargo, el lenguaje común denomina narcisistas a las personas cuya fascinación por ellas mismas es rayana con la egolatría.

Esa ingenua vanidad de quienes ante el espejo alimentan sin cesar la admiración hacia sí mismos es frecuente en muchos que aparecen como paladines de ideales puros, cargados de proyectos que los ponen en el centro de la escena. Se sueñan idolatrados, aclamados, admirados, reconocidos. Se piensan llamados a ocupar puestos prominentes, creen que triunfar en la vida es un camino fácil y disfrutan de antemano hipotéticas victorias. Es común que sufran por su pasado, que renieguen y se avergüencen de sus orígenes y que sean capaces de dar su vida por treinta segundos de "gloria". Mediocres y haraganes, desconocen cómo hacer algo serio y honesto en la vida y por eso buscan aliarse con el poder Äno importa de dónde vengaÄ para sentirse seguros.

¿Quién no conoce uno? Intrínsecamente dañinos, no miden ni siquiera los riesgos que predice la leyenda: cuenta la fábula que el pobre Narciso no dejó más huella de su paso por el mundo que la reiteración en los decires de su estúpida forma de morir.