Cultura: CULT-01
Artesanías de marca
"Sigo mi caminito, no me quejo de nada"
Mirta Passamonti, en la puerta de su taller. Foto: Luis Cetraro

Mirta Passamonti, la alquimista que todo lo transforma en otra cosa, cuenta cómo empezó y qué sentido tiene el trabajo artesanal al que dedicó y dedica prácticamente toda su vida. Habla de los comienzos difíciles, la experimentación, la lucha contra los prejuicios, el éxito, los fracasos y la búsqueda espiritual, una opción de vida original y propia, como su obra.

Parece mentira, pero ya han pasado unos cuarenta años desde que un grupo de jóvenes santafesinos empezaron a imponer una nueva estética en la ciudad, siguiendo una modalidad que hacía furor en otros lugares del mundo: la artesanía. Una estética que buscaba influir en la indumentaria, los accesorios personales y otros aspectos de la vida diaria, como alternativa a los productos industrializados, en serie y despersonalizados, uniformes.

Una de nuestras pioneras en esta actividad es Mirta Passamonti, hoy en día toda una institución, ya que ha mantenido una vigencia constante en el transcurso de los años, desde sus inicios ofreciendo su bijuterie sobre un paño en la peatonal San Martín, en la década del "70, pasando por la época en que impuso su marca en todo el país y en el exterior con sus mates calabaza decorados con un estilo muy personal e inconfundible, hasta este momento en que prefiere los trabajos en metal, como cuando empezó.

"Nací en 1946 -dice-. No sé ni cómo atravesé, digamos, los prejuicios, míos y de toda mi familia... egresé de la escuela de Artes Visuales, Juan Mantovani, nada más que allí no nos enseñaban nada de trabajo en metal. Pero vino Jorge Cohen (un conocidísimo orfebre de Buenos Aires, ya fallecido), a dar cursos de metal. Yo empecé a tomarlos, pero no me alcanzaba la plata. O le pagaba la cuota o compraba las herramientas, entonces decidí ir a clases de oyente, aunque era una clase totalmente práctica. Jorge, desesperado, me decía, "Mirta, me da no sé qué que vos no trabajés'. Y yo le decía, "no importa, don Jorge, yo mirando voy a aprender'. Pasando el tiempo, un día, con mi trabajo de fotografía, consigo comprarme material, herramientas y me puse a trabajar en mi casa, de tal modo que voy y le llevo cosas hechas, y entonces, Jorge (todavía se me cierra la garganta cuando me acuerdo) me dice "la verdad, nunca tuve una alumna como vos'. Y al rato, me propone que yo siga dando las clases, porque él estaba cansado de venir desde Buenos Aires, cada quince días o todas las semanas, no me acuerdo, y bueno, me dio unas clases en un día y seguí dando los cursos yo... así que imaginate", recuerda emocionada.

El altillo y la cocina

Mirta nos recibió en su casa de calle Gobernador Freyre al 4300, donde en un altillo al que se accede por una escalera caracol tiene su taller, y la charla entre estas dos viejas amigas que hace mucho que no se ven no podía darse en otro lugar que no fuera la cocina, té mediante y muchos recuerdos para compartir. Mientras el gato Juanjo, todo negro y de ojos verdes, se pasea orondo como pancho por su casa o roza nuestras piernas en una muestra de confianza y la gata Anuna, menos sociable, apenas asoma y se recluye en su escondite por los techos.

"Por supuesto, yo, desde que me conozco, a todo lo transformo en otra cosa, desde que era chiquita -continúa Mirta-. Entonces cuando Jorge explicaba y yo veía, me daba cuenta que yo lo iba a poder hacer, me sentía que estaba hablando con esos materiales, entonces fue sencillo acceder y después, con los años de trabajo, conseguí un oficio. Aprendí todo: grabado, batido, bruñido, marteler, alambre, cocido, recocido, soldadura.... es mucho. A veces, en vez de hacerle caso a mi padre biológico que quería que tuviera un trabajo y un sueldo seguros, yo no sabía en realidad qué era lo que quería pero sabía que lo que no quería era un empleo, eso lo tenía clarísimo, les hacía caso a mis corazonadas, le hacía caso al corazón, que es otro padre".

Los mates

"Siempre lo cuento: yo me acosté a dormir una siesta y lo soñé, soñé con una cajita hecha con una calabaza que todavía veo, y de ahí no paré, porque buscar el material era un problema, dónde conseguía los miles de mates que yo necesitaba, y bueno hice el camino, hice el camino... lo que salió no era lo que era mi sueño, era mucho más lindo, así que yo me sorprendía "y yo cómo hice esto', no sé... por eso creo que las ayudas de otros lados vienen".

Así, empezó a buscar mates en el norte de la provincia, en el Chaco, también los hacía plantar y después compraba la plantación. "Un día cayó aquí un camión con acoplado todo lleno de mates, yo no sabía dónde ponerlos. El hombre, de Hermoso Campo, en el norte de Santa Fe, me preguntó "¿le mando toda la producción?', y yo dije sí. Yo me imaginé una camioneta..."

Miles de mates pasaron por las manos de Mirta y fueron transformados en otra cosa, en objetos estéticos, en pequeños cofres, una obra inconfundible, imposible de imitar, que se hizo conocida en todo el país y el exterior. Hoy Mirta sigue produciendo sus artesanías, que recorren los mismos mercados de siempre, especialmente los del noroeste, su lugar preferido, al igual que Bolivia y Perú, los Andes y la cultura coya. Zona adonde viaja periódicamente desde hace unos treinta años y donde ha hecho muchos amigos. "Ahí mis cosas parecen estar cómodas, ahí está el turista que gusta de esas cosas... pero si yo viviera ahí no haría nada, no me dan ganas de hacer nada. A mí me encanta trabajar acá, estar en mi casa, producir, hacer, toda la parte creativa es acá, tengo que tener la contención de mi casa, mi taller, por supuesto que si me viera forzada a ir a otro lugar, me adaptaría, pero me va a costar. Yo nací acá, por algo habré nacido acá".

Acerca de los orígenes de su vocación, compartida de alguna manera con otros integrantes de su generación, Mirta comenta: "Acordamos con otros artesanos que no nos gustaba el modelo que teníamos, que era nada de búsqueda, era conseguir el sueldo seguro, aquello seguro, y se ve que en la historia de la humanidad era una etapa de buscar la palabra libertad, que depende de quien la mire es distinta, cada uno la buscaba por su lado, pero todos creyéndose que cada uno tenía la razón y eso es lo triste del caso...".

El mono rascándose la cabeza

"Había un poster que siempre se me aparece, era un mono que se rascaba la cabeza y decía "cuando tuve todas las respuestas se me cambiaron todas las preguntas', me parecía genial, en el transcurrir cada vez que a mí algo se me afirmaba y... se me movía el piso, me acordaba, y ah, esto no era como yo pensaba, y eso a mí me encanta... cambiar, mientras haya evolución, no cambiar por cambiar. Mis padres le tenían terror a lo que yo hacía, y yo no es que no le tenía miedo, me costó muchísimo hacer que no tenía miedo y lograr lo que quería. Tenía la duda de no saber quién era yo. Sentí que me tenía que parir yo, que yo no sabía quién era".

Así, continúa, "ya de grande empecé a buscar por lugares más espirituales, que por cuestión generacional eran como prohibidos, porque había que ser ateo, mis padres no me dieron formación católica, hice la Comunión para ponerme un lindo vestido... pero siempre me faltaba algo. Creo que a los humanos siempre nos falta algo, nos faltan respuestas y nos faltan preguntas, porque no sabemos qué preguntar también. Allá con los coyas, esa cultura me dio como un panorama de que había respuestas muy grosas".

"Así busqué otros caminos, era eso lo que necesitaba. Una búsqueda, mi corazón me estaba avisando que lo que yo tenía que transformar era a mí misma, entonces a partir de ahí siento de qué se trata la libertad. Tenemos que tratar de transformarnos a nosotros mismos y no tratar de cambiar al otro, porque eso no se puede hacer, desarrollar la tolerancia, hay otros caminos que están, están, para el que los quiera buscar. Ahora lo estoy aprendiendo, nunca lo voy a terminar de aprender pero me encanta, estudio Cábala. Sigo mi camino, mi caminito, no me quejo de nada. Nunca me siento sola, me siento muy acompañada".

Laura Osti