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Rogelio Alaniz
El 16 de setiembre es la fecha a la que habitualmente se recurre para recordar a la Revolución Libertadora. Ese día, fue un viernes, el general Lonardi se levantó en armas en la ciudad de Córdoba. El fin de semana los sediciosos habían extendido su rebelión a Cuyo y a las bases de Puerto Madryn, Puerto Belgrano y Río Santiago.
No todas eran mieles para los golpistas. En Corrientes, el general Pedro Eugenio Aramburu no controlaba la situación. Rojas se había replegado. En el centro del país, la mayoría del Ejército era profesionalista y por lo tanto no estaba dispuesta a acompañar la asonada.
Para el lunes estaba prevista una intervención militar del general Franklin Lucero a Córdoba. Contaba con el doble de tropas y todo hacía suponer que a Lonardi no le quedaría otra alternativa que rendirse. Sin exageraciones puede decirse que el panorama de los golpistas era desesperante.
Sin embargo, a las 12.45 los militares leales recibieron una nota en la que Perón anunciaba su renuncia. Los generales oficialistas sintieron que habían perdido respaldo político. Cuando la noticia llegó a la calle, la multitud salió a festejar la caída del "tirano".
En la CGT el ánimo era desolador. En algún momento pensaron que Perón los podía convocar, pero la consigna "de casa al trabajo y del trabajo a la casa" se mantenía íntegra. Los pocos obreros que se arrimaron a la plaza se quedaron hablando solos. Agustín Tosco, el legendario dirigente de Luz y Fuerza de Córdoba, relataría su experiencia de haber ido a la CGT a pedir armas para defender al gobierno y haberse encontrado con el local cerrado.
El golpe de Estado de 1955 contó con protagonistas militares decisivos, pero la batalla final la ganó la gente. Mientras el peronismo se desmovilizaba, los "libertadores" ganaban las calles. Esa participación de la sociedad en la calle, participación masiva y activa, es lo que diferencia al golpe de Estado de 1955 de los otros. Borges se refirió a esas jornadas con palabras conmovidas. Según sus dichos, la manifestación del pueblo en la calle lo convenció de que no toda movilización popular era injusta por definición.
Hasta el día de hoy los historiadores discuten si Perón creyó sinceramente en esa renuncia o fue una táctica para negociar con los militares. Atendiendo a sus antecedentes maniobreros, hay razones para pensar que se trató de una táctica. Algo parecido había hecho el 31 de agosto, con la diferencia de que en vez de presentar su renuncia ante los militares lo había hecho ante la CGT. Cuando con calculada previsibilidad la multitud se hizo presente en la plaza para pedirle que se quedara, Perón pronunciaría desde el balcón uno de los discursos más agresivos de nuestra historia, un discurso que produjo como efecto inverso que muchos que hasta ese momento se mantenían neutrales decidieran volcarse de lleno a la conspiración.
Posteriores cartas de Perón permiten convalidar el punto de vista de que la renuncia del lunes 19 de setiembre fue una táctica para ganar tiempo. En una carta a John William Cooke escrita en 1956, le dice que fue víctima de la traición. Algo parecido escribe en su libro "La fuerza es el derecho de las bestias". De todos modos, los argumentos de Perón en este tema no hay que tomarlos demasiado en serio. Se sabe que el general le decía a cada uno de sus seguidores lo que éstos querían escuchar.
En otras circunstancias y ante otros interlocutores, Perón habló de que era necesario evitar la guerra civil. Después diría que nunca hubiera esperado que quienes llegaban al poder iban a ser tan vendepatrias, una explicación que lo autorizaba a decir que si lo hubiera sabido no habría dudado en armar a los obreros y "ser el primer Fidel Castro de América".
O sea que Perón renunció el día 19 de setiembre y Lonardi se hizo cargo del poder el viernes 23. Llegó a Buenos Aires en un avión en cuyas alas estaba escrita la consigna "Cristo vence". Salió al balcón de la Casa Rosada para saludar a la gente convocada en Plaza de Mayo, en el mismo lugar que fuera el escenario de las grandes fiestas del peronismo.
Las fotos no dejan mentir: la plaza estaba llena de bote a bote como en los mejores tiempos del régimen depuesto. La diferencia entre una y otra, nada más y nada menos, era la extracción social: el 23 de setiembre, la Plaza estaba ocupada por la clase media y la clase alta, los grandes soportes sociales del golpe de Estado. Allí había izquierdistas y conservadores; católicos y laicos, nacionalistas y liberales, estudiantes universitarios y empleados públicos, señoras de la sociedad e intelectuales. El abanico opositor era amplio, demasiado amplio. Tan amplio como lo había sido el peronismo en 1945.
En los años sesenta y principios de los setenta, cuando el peronismo ya había fundado otra mitología, la mitología del "Perón vuelve" y el "Luche y vuelve", la izquierda no peronista le reprochaba a Perón no haber armado a los obreros en 1955. Para esa izquierda, la prueba de que Perón era un dirigente burgués, el último soporte de la burguesía, decían, lo daba su rechazo a organizar milicias populares, porque, como él mismo lo había escrito: "Si a los obreros les entregan las armas después es muy difícil quitárselas".
Esas discusiones fueron parte del clima de la época. Los peronistas de izquierda se ponían rabiosos cuando a su jefe se lo acusaba de esa falta, porque para ellos Perón era el anticipo de la patria socialista y su gestión entre 1945 y 1955 era una suerte de revolución socialista frustrada que ellos iban a completar a través de la guerra popular y el retorno de Perón. El resultado de esas alienaciones ideológicas acerca de un Perón socialista hoy está a la vista. Fue el propio Perón el que se encargó -después de su retorno en 1973- de dejar en claro cuáles eran sus opiniones de fondo.
Hoy, sin embargo, creo que merece destacarse como positiva la decisión de Perón de no alentar la guerra civil. Para 1955 el país estaba partido por la mitad y efectivamente la orden de Perón de resistir hubiera sido la antesala de la guerra civil. Creo que ahora no hace falta abundar en demasiadas consideraciones teóricas para concluir que una guerra civil hubiera sido el peor de las escenarios posibles. Cualquiera que hubiera sido el resultado de ese enfrentamiento, los costos que habría pagado la sociedad habrían sido altísimos, muy superiores a los que luego efectivamente se pagaron.
No hay una respuesta única sobre los motivos que obligaron a Perón a presentar la renuncia. Atendiendo a su perspicacia política y a su capacidad para percibir las tendencias sociales, es probable que hubiese llegado a la conclusión de que su tiempo político estaba agotado. Sin el apoyo de las Fuerzas Armadas y de la Iglesia, el poder de Perón quedaba reducido casi a la nada. Alguien dirá que le quedaba el apoyo de los trabajadores. El que razona en esos términos no conoce a Perón, no sabe que fue en todos los casos un hombre de orden, un militar de carrera que cuando se percató de que las Fuerzas Armadas lo abandonaban o no le respondían como él suponía decidió dar un paso al costado.
La pregunta a hacerse es por qué Perón permitió que, en menos de un año, un escenario político favorable se transformara en su contrario. Para setiembre de 1954 el peronismo estaba en el poder y todo hacía pensar que iba a seguir en ese lugar por mucho tiempo. A mediados del año se había convocado a elecciones para elegir vicepresidente, y el candidato oficialista Teissaire sacó casi el setenta por ciento de los votos contra el 32 por ciento del radical Crisólogo Larralde, que, dicho sea de paso, y como para tener una idea del clima reinante, al día siguiente fue detenido.
Había problemas pendientes, claro está, pero a todos ellos el peronismo los podía manejar sin grandes preocupaciones. La oposición se quejaba por la falta de libertades públicas y los más atrevidos denunciaban el acuerdo firmado con California para explotar el petróleo en Santa Cruz. Ninguna de esas imputaciones, por derecha o por izquierda, afectaban al peronismo.
A los medios de comunicación los controlaba el régimen. La radio y los diarios respondían de manera disciplinada a las órdenes de Apold y los pocos diarios no oficialistas que se mantenían en la calle se preocupaban por ser prudentes en sus criticas. Era el caso de La Nación, por ejemplo.
Los arrebatos antiyanquis del general habían cedido lugar a una suerte de relaciones carnales con Eisenhower. Gómez Morales en el Ministerio de Economía, aseguraba racionalidad económica y si bien habían algunos problemas de inflación, en general la situación económica era manejable. No fue la economía lo que derribó a Perón en 1955; lo que lo derrotó fue otra cosa, pero sobre este tema seguiremos conversando el próximo miércoles. (