Al margen de la crónica
Una corona compartida
Al margen de la crónica
Una corona compartida
En su célebre libro “Carne y piedra”, Richard Sennett recuerda un episodio en el que un tribunal popular ateniense condenó a muerte a los capitanes de una flota acusados de abandonar a la tripulación en una tormenta que derivó en naufragio. La opinión pública se inclinó por la absolución y luego por la condenación, al calor de encendidos discursos de los oradores en uno y otro sentido. Tras la condena, se alzaron voces de arrepentimiento, con acusaciones de manipulación.
Ya Platón hizo claras sus críticas a la democracia, afirmando que no era un gobierno de los mejores sino de los que hablaban más lindo o caían más simpáticos; ante situaciones de crisis, no faltaba un oportuno golpe de Estado aristocrático (un tío suyo había sido parte del “Régimen de los 30”).
Milenios más tarde, Sir Winston Churchill afirmó con su peculiar sentido del humor: “La democracia es el peor sistema de gobierno... con excepción de todos los demás”. A 25 años de la recuperación democrática en la Argentina, aquellas palabras ayudan a pensar. La democracia es un sistema siempre perfectible, pero siempre degradable. Tiene límites, puede derivar en excesos, pero con todo no deja de ser la forma de vida en comunidad que mejor garantiza los derechos sociales y las libertades individuales, preservando el interés de la mayoría sin pisotear a las minorías.
Churchill gobernó una monarquía parlamentaria, la primera del mundo en iniciar la transición hacia la vida democrática. La forma de gobierno republicana va (al menos en los papeles) más allá. Cuando se dice que “el soberano es el pueblo”, se está diciendo literalmente que cada ciudadano es también un poco rey de una nación sin rey.
Así, una de las claves de la superación democrática es que cada uno se haga cargo de la porción de corona que le toca, y no se refugie en una servidumbre autoinfligida desde la cual criticar la administración de la vida en común.