De Cielo en Cielo
De Cielo en Cielo

Ilustración al Canto X del “Paradiso”, de la “Divina Comedia”, por Giovanni Di Paolo.
Por Alejandro Gangui
En “Poética astronómica”, el argentino Alejandro Gangui se acerca al universo de la “Divina Comedia” para rastrear sus precisas referencias fantástico-científicas acerca de la conformación del universo astronómico. A continuación transcribimos un capítulo, correspondiente al análisis del Paraíso:
Dante y Beatriz continúan entonces su viaje hacia los cielos. La forma de atravesar las esferas cristalinas es mediante la reflexión de la luz en los bellos ojos de su compañera: en cada etapa del viaje, Beatriz mira fijamente a las estrellas que son arrastradas por los engranajes celestiales y el reflejo en sus ojos tienen un efecto transformador sobre el peregrino. Dante, al observar los ojos de su compañera (“sus luces”), es inmediatamente transportado a la esfera siguiente, “de cielo en cielo”.
Pero este avance no se limita a un desplazamiento hacia lo alto, sino que para Dante tiene una significación mucho más profunda: es comparable a un cambio moral, a un premio para el hombre virtuoso; para aquel que obra con el bien. Así, en el “canto XVIII” del “Paraíso”, cuando el poeta y su guía están por pasar de la esfera de Marte a la de Júpiter, Dante nos explica:
“Yo entonces me volví del diestro lado/ por ver en Beatriz a mi deber,/ con habla o ademanes, señalado;/ y sus luces tan claras pude ver/ y jocundas, que entonces su semblante/ venció a todos y al último soler./ Y como un sentimiento edificante,/ cuando obra bien, al hombre cada día/ muestra que su virtud sigue adelante,/ así pude advertir cómo crecía/ el arco de mi giro con el cielo,/ viendo que aquel milagro más lucía”.
Dante nos señala que, de la misma manera que al obrar bien la virtud del hombre avanza, su movimiento de rotación junto a los cielos había aumentado su circunferencia (“el arco de mi giro”) de tal forma que su vuelo celeste se desarrollaba en una órbita mayor: gozando de un progreso espiritual en cada etapa de la ascensión celeste, los peregrinos habían ahora abandonado el cielo de Martes y se dirigían hacia el del planeta siguiente, Júpiter.
En cada cielo los viajeros se encuentran con las almas de los bienaventurados. En la Luna, hallan a los inconstantes, aquellos que no cumplieron sus juramentos solemnes en la Tierra. Aparecen como meras imágenes difusas, reflexiones borrosas, como era la Luna a los ojos de Dante. Mercurio alberga a los espíritus activos y a los líderes ilustres, y en Venus se encuentran con los amantes famosos. Al Sol, que representaba la luz de la sabiduría, le corresponden los sabios, teólogos y filósofos. Así se sigue hasta Saturno, el más frío y alejado de los planetas de la época, el séptimo cielo astronómico, donde se encuentran con los espíritus contemplativos.
Notemos que la morada de las almas puras en el Más Allá era el Paraíso y que no residían en las esferas celestes —astronómicas— sino en el Empíreo, ese cielo de “pura luz” y última esfera teológica que englobaba a todos los cielos astronómicos, más allá de las estrellas. Con las almas residentes en forma estable en el Empíreo, los espíritus que se les aparecen a los peregrinos lo hacen tan sólo para mostrarles la gloria gradual creciente de la que gozan e indicarles sus antiguos temperamentos terrestres, los que a su vez habían sido muy influenciados por alguno de los siete astros mientras permanecían en la Tierra.