Una provincia muy golpeada
Después de un ciclo económico favorable, impulsado por la constante apreciación internacional de nuestros productos agrícolas, Santa Fe ha ingresado abruptamente en un tiempo de vacas flacas. Peor aún, las siete plagas de Egipto parecen afectar a una provincia caracterizada durante años por la abundancia de sus ingresos y el orden en sus cuentas. A tal punto que en la debacle nacional de 2002 fue una de las pocas que pudo esquivar la emisión de alguna cuasimoneda, aquellos papeles envilecidos que aparecieron por doquier a raíz de la asfixia financiera de las provincias y la necesidad de seguir funcionando aunque fuera con remiendos.
Ahora, a Santa Fe se le presentan varios y graves problemas simultáneos y convergentes. El primero comenzó con la ajetreada discusión de la resolución 125 que aspiraba a quedarse con toda la crema de un extraordinario precio internacional de la soja inflado por una demanda sostenida del centro y el oriente de Asia, las cotizaciones récord del barril de petróleo que le abrían camino a los biocombustibles y, también, por compras especulativas de fondos de inversión. Este combo comercial, económico y financiero que, según los analistas, tenía un vasto horizonte de desarrollo, llevaron a las nubes los precios de los granos, al punto que la soja traspasó la marca de los 600 dólares por tonelada.
Frente a este panorama, el gobierno nacional, sediento de recursos, le apuntó al plusvalor que obtendrían los productores y ante la resistencia del sector -afectado por la inflación en dólares de los insumos que emplean en la agricultura- inició las hostilidades que terminarían en una confrontación que paralizó al país. Finalmente, la resolución de referencia terminó siendo rechazada en el Congreso. Y poco tiempo después, la crisis económica internacional con epicentro en los EE.UU. partió al medio los precios de las commodities. Cartón lleno. Y un año desperdiciado.
En verdad, el gobierno y los productores perdieron ingresos. Las consecuencias se vieron pronto a través de la caída generalizada de los indicadores de actividad. Y esta vez, entre las provincias más golpeadas aparece Santa Fe.
Afectada por el derrumbe de los precios de los granos, las restricciones a las exportaciones de cortes cárneos y leche en polvo -seguidas de la caída mundial de sus precios por la contracción de la demanda global-, la paralización de la compra de maquinaria agrícola y la pérdida del estímulo que para la exportación suponía la sobrevaluación del dólar, entre otras causas, toda la cadena agroindustrial sufre un parate histórico y, por lo tanto, ha dejado de transmitir energía al motor económico de la provincia.
Por si esto fuera poco, la pelea política crece desembozada mientras la población queda atrapada en calidad de rehén. El salvajismo del que somos capaces aparece en escena en el peor momento y desoye los llamados al diálogo y la construcción compartida que se realizan desde el llano y las instituciones.