EDITORIAL

A medio siglo de la revolución Cuba está peor

El hecho de que a cincuenta años de la Revolución Cubana la titularidad máxima del poder siga en manos de los Castro es la demostración más elocuente no sólo del carácter dictatorial del régimen, sino del fracaso de la supuesta revolución, que se propuso crear al “hombre nuevo” y terminar con todo tipo de explotación e iniquidades.

Cuba, por más que no les guste a epígonos y panegeristas, está peor que hace medio siglo; es más pobre y en más de un aspecto más injusta, a pesar de que la propaganda del régimen insistió siempre en presentar a la Cuba anterior a la revolución como un infierno, una nación devastada por la explotación y la pobreza. La realidad —siempre compleja— es que junto a una corrupción insoportable, a esa fecha la isla tenía el índice de alfabetización más alto de la región, un sostenido grado de desarrollo y la clase media y empresaria más aguerrida.

Por supuesto que había problemas muy serios. El poder estaba en manos de un déspota que lo ejercía desde hacía siete años. Los gánsteres invertían en juegos de azar y prostíbulos; y en el campo, la explotación en muchas regiones era precapitalista, pero todos esos vicios y desvíos podían corregirse, porque existían reservas institucionales y económicas para hacerles frente.

La Revolución Cubana prometió combatir todos aquellos males con democracia. La propuesta de Fidel Castro era el retorno al Estado de Derecho y la plena vigencia de las libertades públicas. Se sabe que una vez llegado al poder borró con el codo lo que había escrito con la mano. El pretexto fue la intervención norteamericana, pero habría que decir que la decisión de marchar al comunismo y abrazarse con Moscú estuvo siempre presente en los principales dirigentes de la revolución. Sin duda que los errores de los gobiernos yanquis contribuyeron a que Cuba marchara hacia el comunismo. En el contexto de la Guerra Fría esos deslices parecían inevitables, pero queda claro que la posibilidad de resistir a la injerencia de la Casa Blanca no incluía necesariamente otorgarle a la revolución un sesgo marxista leninista. Es verdad que la enmienda Hickenlooper era una herida en el orgullo nacional, pero el intervencionismo de los Estados Unidos fue muy inferior al posterior intervencionismo soviético.

No obstante, Cuba tuvo la oportunidad de afrontar el desafío del desarrollo. Lo desperdició miserablemente en aventuras militares, disparates políticos y errores económicos trágicos. Los subsidios soviéticos le permitieron sostener algunas conquistas sociales en materia de educación y salud. El sesgo igualitarista de la revolución permitió avanzar en esos rubros, pero el precio a pagar por la nación por esas conquistas fue muy alto, porque no sólo se perdieron libertades sino que la alfabetización tuvo como contrapartida el adoctrinamiento ideológico.

Hoy Cuba es un verdadero manicomio político y económico. Las salidas que se avizoran hacia el futuro son oscuras, y la caída o el derrumbe del régimen están relacionados con la persistencia de los Castro en el poder.