Al margen de la crónica
El equilibrio de Damocles
Con el cambio de año, una de las palabras que tiene asistencia casi ideal en cualquier ámbito -ya sea en discusiones públicas o en íntimos análisis- es el vocablo “balance”.
Todos, en algún momento en los últimos días de 2008, hicimos una pausa para examinar lo que nos pasó en este fragmento de tiempo, comparando lo que hicimos con lo que dejamos a un lado, lamentando y sonriendo en forma dispar, mientras se intentaba trazar una línea que marcara el punto medio entre las diferencias extremas.
Pero aquí radica un poco el halo de absurdo que tiene esta empresa. En primer lugar, ¿por qué el recorte a medir debe coincidir con el calendario? Muchos luchan en medio del mar, tratando de mantener firme el timón frente a la desmesurada tormenta, por lo que lejos están de llegar al feliz puerto que les brinde la contención para evaluar recorridos pasados. No es el ajeno almanaque el que dicta los límites de un acontecer sino el propio -y enredado- devenir de la gesta.
Pero además, ¿cómo se pesan en forma objetiva hechos a la distancia? Quizás aquello que nos lastimó de muerte una vez, después disparó una serie de circunstancias que movilizaron el mundo hacia la felicidad. Entonces, ese dolor, ¿en qué lugar de la balanza se coloca? También la vejez de las huellas tendrá su impacto: no se sentirá con el mismo fuego la cicatriz de una decapitación en el lejano febrero que el abrazo de una tibia caricia en el reciente noviembre.
Encontrar el equilibrio en un balance cuya báscula oscila en un movimiento perenne es pura ilusión. Lo saludable, precisamente, es que esa sucesión se mantenga incesante, porque es preferible la llaga más profunda a la rigidez sacramental. La espada siempre estará al borde de la caída; de lo que se trata es de vivir sin mirar para arriba.




