Otro irlandés monumental

John McGaher en la pluma de Lucas Cejas.
Otro irlandés monumental

John McGaher en la pluma de Lucas Cejas.
Por Raúl Fedele
“Cuentos completos”, de John McGahern. Traducción de Gerardo Gambolini. Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2009.
“¿Hubo alguna vez un irlandés de genio que no se convirtiera en un inglés tan rápido como pudiera?”. La ironía de Henry Craik, que sólo en apariencia resulta atinente a geniales irlandeses como Oscar Wilde, no lo es en absoluto para John McGahern (1934-2006), irlandés de cepa y fiel exponente de la que dio en llamarse literatura irlandesa poscolonial. La traducción de estos cuentos, que se suman a la novela “La oscuridad” (publicada el año pasado también por Adriana Hidalgo), nos revelan a McGahern como un digno integrante de esa consistente lista de geniales escritores irlandeses, de Swift a Joyce, y de Yeats a Shaw y Beckett.
El ambiente de estos cuentos es en su mayor parte el de un pueblo rural irlandés cerca de los pantanos Gloria, cruzando el Shannon, con su lago, el bar de Charlie, su iglesia católica y su salón, su asociación de mujeres y hermanos cristianos y su casa protestante parroquial abandonada por haber quedado sin fieles. Hay cuentos que transcurren en Dublín, pero como en el que transcribimos en estas páginas, también allí gravita el peso de un pasado insoslayable “en el interior”. El propio McGahern describía a Irlanda como una isla que contiene 32 repúblicas independientes.
En su realismo, estos cuentos rurales tienen la rara magia de una suspendida temporalidad: uno no olvida que ahí está la capital, la visión cosmopolita, el auge económico de las últimas décadas, y sin embargo es como si se resolviera que para bucear profundo en el alma y las relaciones humanas conviene circunscribirse a comunidades más estrechas, a una moral más restrictiva y a una tradición más firme, en el marco de un paisaje por el contrario abierto, extendido, indefinido. El mismo presupuesto que deben haber sostenido alguna vez autores como Flannery O’Connor, Juan Rulfo o Guimaraes Rosa. Sea la estepa rusa, el profundo sur estadounidense, el sertón brasileño o los salitrales de Di Benedetto, hay allí posibilidades negadas a la vorágine de la gran urbe. No se trata sólo de cuestiones históricas y sociológicas, se trata de algo relacionado con la metafísica y con la palabra misma, con el ansia de inventar expresiones para cada acontecer natural y la imposibilidad de expresar la tragedia (un doble desafío, entonces, para la literatura), tal como señala McGahern en una de sus aperturas magistrales: “Aquí es muy tranquilo. Nunca pasa demasiado. Hemos aprendido a distinguir las voces de las aves y los animales, el aleteo de los cisnes que pasan por la casa, el ruido de los diferentes motores que retumban por los caminos. No a mucha gente le gusta esta tranquilidad. Hay un ansia constante de palabras para cada sonido y observación, y para cada hecho menor. Luego, cuando ocurre algo violento y espantoso, nadie habla en absoluto una vez que el primer impacto pasa a ser una certeza. Las miradas habitualmente ávidas de la mínima noticia y de cualquier rumor infundado se desvían o buscan el suelo”.
La densidad que adquieren estos cuentos, a menudo minimalistas en el pantallazo de una noche de borrachera o una conversación en un tren, proviene del fondo profundamente cristiano que los anima, de una desgarradora piedad, de comprensión amorosa, de fatal pesadumbre. Puede suceder que los personajes que se presentan como los principales, mueran o desaparezcan en las primeras páginas, pero ya han dado el carácter a la anécdota, y entonces persisten como principales personajes, aunque aparecen otros que deben dar cuenta o hacerse cargo de esos ausentes, y en rigor de verdad son pues éstos quienes asumen el principal protagonismo. Pero el cuento se llama, por ejemplo “Fe, Esperanza y Caridad”, que es el nombre del trío musical que ameniza el baile organizado para recolectar los fondos necesarios para los gastos del transporte de los cadáveres, y esos músicos apenas capturados al final del cuento pasan a ser los personajes clave. Y a menudo interviene una primera persona, un narrador apenas atisbado, pero que al dar voz a la historia se perfila como el protagonista principal. En suma, todos los personajes adquieren una dimensión extraordinaria, y ésta es una de las principales maravillas de los cuentos de McGahern.