Las elecciones legislativas
Ni caos ni salvación: final abierto
El kirchnerismo pinta como un infierno un eventual retorno a las condiciones bajo las que mejor gobernó y la oposición vende una derrota oficialista como sanación política e institucional. Lo importante es lo que harán luego de las elecciones.

Cristina Fernández de Kirchner, Daniel Scioli y Néstor Kirchner.
Sergio Serrichio
politica@ellitoral
CMI
Aunque lo abandonó en el tono y aparentemente- hasta en la fraseología, Néstor Kirchner sostuvo el jueves en La Plata, al cerrar con su discurso el acto de presentación formal de los candidatos oficialistas por Buenos Aires para las elecciones legislativas del 28 de junio, el discurso de “nosotros o el caos”.
Es cierto, el ex presidente de la Nación y actual presidente del Partido Justicialista (distinción que parece no resultarle clara, a juzgar por el uso descarado de los recursos y atributos del Estado que hace el PJ en su campaña electoral) aclaró: “a nosotros nos votaron hasta 2011 y tengan seguridad que vamos a seguir”.
Pero a menos de un suspiro, el primer candidato a diputado nacional oficialista por una provincia que recorrió más en helicóptero que como ciudadano de a pie, alertó: “si triunfa la máquina de impedir se nos caen los pobres y volvemos a situaciones espantosas como las que vivimos en 2001”.
Del análisis del discurso de campaña surge que el kirchnerismo debió hacer concesiones formales al discurso del miedo, pero lo mantuvo en esencia.
De ahí que Kirchner afirmara que su esposa seguirá gobernando hasta 2011, porque para eso fue elegida. Una afirmación que sería del todo innecesaria si el “modelo”, sea lo que sea lo que se entiende por él, se percibiera sólido y sostenible, y las propias voces K no hubieran instalado la idea de que si en junio los votos no los acompañan, los Kirchner le tirarían a Julio Cobos el gobierno por la cabeza. Y ahí nomás, para matizar, la advertencia catastrófica.
Probabilidades
Es natural de que un gobierno, de cualquier signo político, procure lograr y si la tiene- preservar o aumentar su mayoría legislativa. Lo llamativo, en el caso del kirchnerismo, es el dramatismo con el que expone las cosas, sabiendo como sabe- que los resultados le serán adversos en el terreno en el que plantea la diferencia entre el éxito y el fracaso.
Entendámonos. A menos que surja una sorpresa que vuelque los votos decididamente hacia el lado del oficialismo o de las alternativas opositoras, las elecciones del 28 de junio difícilmente tengan un ganador y un perdedor nítido.
Una geografía electoral dividida en tercios y la existencia, en el oficialismo y en la oposición, de más de un referente capaz de capitalizar los resultados, aseguran que en la noche del 28 de junio, y en los días subsiguientes, el debate en torno de la interpretación de los resultados se diluirá en especulaciones sobre lo que seguirá.
Pero lo que sí es muy probable, al punto de ser casi una certeza, es que el kirchnerismo perderá la mayoría en el Congreso, como también es cierto que detentará, en el peor de los casos, la primera minoría en ambas cámaras.
Justamente ése, el escenario más probable, más allá de las lecturas comiciales, el que Néstor Kirchner asimila con la vuelta al 2001.
Bondades de la etapa de minoría
Que los Kirchner aborrezcan perder su mayoría es comprensible. Por caso, llevan seis años gobernando con “superpoderes”, que seguramente no podrían renovar a fines de este año. De hecho, hasta la rebelión fiscal del campo y la lucha legislativa en torno de la resolución 125, el Congreso era visto, hasta por los propios legisladores oficialistas, como una mera escribanía del Ejecutivo.
Pero el temor a quedar en minoría también es paradójico. El período de mayor crecimiento económico y de mayor concordia política de la Argentina en lo que va del siglo fue, precisamente, aquel en el que Néstor Kirchner gobernó con el estigma (producto de la ruindad política de Carlos Menem, que se transfugó de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales 2003) de haber sido elegido sólo por el 22 por ciento de quienes votaron.
En ese período el ex presidente resistió con éxito un intento de la Corte Suprema “adicta” y corrupta que había armado Menem, de ponerlo a la defensiva con un fallo en contra de la “pesificación”, y luego la desarmó, poniendo en marcha un Tribunal independiente y calificado. De ese período datan también la declaración de inconstitucionalidad de las “leyes del perdón” y el reinicio de las causas por violaciones a los Derechos Humanos.
En lo económico, el trienio 2003-2005 fue el de mayor crecimiento: casi 30 por ciento acumulado, con un pico anual en 2005, cuando el Producto Bruto Interno (PBI) se expandió 9,2 por ciento.
Fueron también, doble paradoja, los años en los que la Argentina mantuvo, algunos meses activamente, otros en suspenso, relaciones crediticias con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que regularmente enviaba sus molestas misiones de supervisión.
Desde el ministerio de Economía, Roberto Lavagna mantenía una relación tensa pero funcional con el organismo, y en ese período completó lo que el propio Kirchner llamó “la reestructuración de deuda soberana más exitosa de la historia”.
No se postula aquí que los Kirchner, o cualquier otro gobierno, gobiernan mejor cuando no tienen mayoría legislativa o cuando entablan relaciones con el FMI.
Otro escenario
Los años pasan y las circunstancias políticas y económicas cambian. Los buenos gobiernos son aquellos que saben adaptar sus políticas y programas manteniendo un núcleo de objetivos, de convicciones y valores, de prácticas institucionales, e incluso ideológico.
En otras palabras, lo que suceda en la Argentina después del 28 de junio no estará determinado por el resultado electoral, sino por las condiciones objetivas del país incluidas las cuentas públicas-, las acciones legislativas y de gobierno, las dificultades objetivas del supuesto modelo y el contexto local e internacional.
La idea del caos por pérdida de mayoría legislativa con la que busca meter miedo el kirchnerismo es tan falaz como la de una salvación política e institucional que intentan vender algunos líderes de oposición cuando llamar a castigar electoralmente al oficialismo.
El país no está como dice Kirchner- condenado al caos si el oficialismo pierde una elección, ni está exento de él porque la oposición prometa buena conducta. La elección legislativa es un momento político clave. Pero más importante aún es qué harán luego quienes resulten elegidos. Para votar, no hace falta el miedo. Ni tampoco falsas seguridades.




