La vuelta al mundo

Obama y la paz en Medio Oriente

a.jpg

El primer ministro Benjamin Netanyahu se reunió con Barack Obama en el Salón Oval para tratar temas referentes a la paz en Medio Oriente.

Foto: AFP

Rogelio Alaniz

El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, se reunirá con Obama. El tema a tratar será la paz en Medio Oriente. Ignoro otros detalles que en el mundo diplomático suelen ser decisivos. Pero, en principio, de acuerdo con lo que señalan los observadores internacionales, Obama le reclamará a Israel que reconozca una solución política fundada en la aceptación de la existencia de un Estado palestino. Al respecto, se dice que, por sus relaciones sociales y hasta familiares con musulmanes y por su oposición a la política de Bush, el presidente Obama estaría en condiciones de imprimir un giro decisivo con respecto a la tradicional política de los Estados Unidos en Medio Oriente.

No creo que sea así. En primer lugar, Obama es un integrante legítimo de la élite del poder norteamericano. Sólo a ingenuos o algo peor se les puede ocurrir que es un transgresor o una suerte de izquierdista camuflado en la Casa Blanca. Su reciente decisión de mantener los tribunales militares en Guantánamo demuestra que, en los temas que importan a la seguridad norteamericana, Obama no difiere demasiado de los presidentes anteriores.

Con respecto a Medio Oriente sucede más o menos lo mismo. Las relaciones con Israel por parte de Estados Unidos forman parte de una estrategia estatal que va más allá de los cambios de gobierno. Sin dudas que hay matices, novedades, producto de los cambios de escenarios, pero, en lo fundamental, Estados Unidos no va a ponerse en contra de Israel, y mucho menos se va a embanderar con los líderes de Hamás o Hezbolá.

Lo que puede hacer Obama, lo que va a hacer, es tratar de establecer algunas bases políticas de entendimiento no muy diferentes de las que planteara Clinton en su momento. Para que ello sea posible es indispensable que Netanyahu acepte la existencia de un Estado palestino, reclamo que, por otra parte, la derecha israelí -laica en primer lugar, pero también religiosa en sus versiones moderadas- reconoce desde hace tiempo.

Una reciente encuesta en Israel señala que el sesenta por ciento de la población acepta una solución pacífica fundada en los dos Estados. Para la mayoría del pueblo de Israel, la paz es un bien deseable y, en más de un caso, indispensable. Pacifistas, izquierdistas, reformistas están de acuerdo con estos reclamos desde hace por lo menos veinte años. Por su lado, la derecha israelí ha aceptado esta alternativa, entre otras cosas porque a esta altura de los acontecimientos la reproducción del sistema no necesita ni de la mano de obra palestina ni de más tierras. Es más, en amplios círculos de la derecha judía se acepta la posibilidad de sacrificar tierras en aras de una paz razonable.

Digamos que en Israel el rechazo a un Estado palestino es patrimonio de una minoría. Religiosos fanáticos, nacionalistas militantes se oponen en nombre del Gran Israel a una solución consensuada. Estos grupos tienen una importante influencia en el aparato del Estado y amplían su representación social no tanto porque sus adherentes simpaticen con sus delirios religiosos como por el hecho de que muchos judíos están convencidos de que el reconocimiento de un Estado palestino sigue siendo una amenaza para la integridad política de Israel, por el simple hecho de que los principales dirigentes de esta causa siguen reivindicando la destrucción de Israel y la expulsión de todos los judíos de Medio Oriente.

¿Mienten? No. Tal vez exageren un poco, pero, en lo fundamental, sus aprensiones son compartidas por amplios sectores sociales que, más allá de sus alineamientos ideológicos, no ignoran que se las tienen que ver con un enemigo solapado, inescrupuloso y decidido, por un camino u otro, a liquidarlos.

La paz es siempre un acuerdo de partes. Ésta es una verdad sabida por todos y que nace de la propia experiencia histórica. En Israel la paz es un deseo, una necesidad y hasta un buen negocio. Por esas razones, la mayoría de la sociedad comparte una solución de este tipo. ¿Y qué pasa del lado palestino? Los que desean la paz carecen de autoridad política para consagrarla. Me refiero a Abbas y sus seguidores. Y quienes poseen autoridad política hace rato que se han pronunciado por la guerra. Es el caso de Hamas, que controla la Franja de Gaza.

La situación es, en este sentido, trágica y hasta patética. Los pacifistas no tienen autoridad y, además, son corruptos. Los terroristas, por el contrario, enarbolan las banderas de un integrismo ortodoxo, viven con la gente, rechazan privilegios, pero la principal consigna de su programa es el exterminio de Israel, con la ayuda económica y militar de Irán, claro está. ¿Cómo salir de esta encerrona trágica? Israel, por lo pronto, no tiene problema en firmar declaraciones a favor de una solución pacífica, pero no se va a desarmar y mucho menos va a bajar la guardia. El problema es que, en ese contexto crispado por el clima guerrero, los que ganan consenso interno suelen ser los grupos más conservadores que, al mismo tiempo, son los que imponen el realismo militar en sus versiones más duras.

Ya en el año 2000, un actual colaborador de Netanyahu -el entonces primer ministro Barack- propuso una salida audaz que incluía la entrega de territorios y el reconocimiento para los palestinos de una parte de Jerusalén. Jamás desde Israel se había hecho una propuesta tan generosa y abierta. La respuesta del multimillonario Arafat fue otra Intifada. Una provocación menor de Sharon fue el pretexto para lanzar una guerra cuyas heridas se prolongan hasta la fecha y que tuvieron el efecto de descalificar por un largo período a los sectores progresistas de Israel, que se quedaron sin libreto y sin votos.

Si aceptamos entonces que la paz es un baile de dos, lo que Obama y cualquier observador deberían preguntarse es sobre los pasos de baile que están dispuestos a dar los palestinos. Hace un tiempo, el líder de Hamas propuso que estaría dispuesto a firmar una tregua de diez años. Por supuesto, ellos mantendrían intacto su reclamo acerca de la destrucción de Israel. En Israel esta propuesta despertó algunas expectativas, pero cincuenta años de conflictos le han enseñado a no ilusionarse demasiado con enemigos cuyo objetivo -nunca desmentido- siempre ha sido lograr su destrucción. Pregunto: algún Estado en el mundo, responsable por la vida de sus ciudadanos, ¿firmaría un tratado de paz con enemigos que se valen de una tregua para rearmarse y a continuación lanzar una ofensiva con la solución final incluida?

El propio Netanyahu ha admitido que está dispuesto a aceptar la existencia de un Estado palestino, siempre y cuando le expliciten las condiciones de ese Estado. Desde hace unos años los palestinos en Gaza disponen de un territorio propio con recursos propios y ayudas “solidarias” multimillonarias de todo el Occidente culposo. En lugar de organizar su sociedad sobre bases pacíficas, lo que han hecho es prepararse para la guerra, provocarla todos los días, mientras le imponían a su propia gente las leyes religiosas más duras y atávicas.

Digamos que, para firmar una paz duradera en Medio Oriente, Obama, más que reunirse con Netanyahu, debería hacerlo con los líderes de Hamas. Ojalá lo haga y ojalá lo escuchen.