EDITORIAL

El ejemplo de Lula, genuino hombre de Estado

El presidente Lula no cedió a la tentación ofrecida por sus colaboradores de presentarse a la reelección por un tercer período. Tal vez lo frenaron las palabras del ex presidente Cardoso, tentado en su momento con una tercera reelección, cuando dijo: “Tres períodos es monarquía”. Tal vez su espíritu democrático y republicano se impuso a sus ambiciones personales. Tal vez presintió que un tercer período no sólo era excesivo, sino que ponía punto final a un sistema que hasta el momento ha dado excelentes resultados institucionales y políticos.

Lo cierto es que, por un motivo u otro, Lula no será candidato en las próximas elecciones. Cuando tiene todo servido -cuenta con el 80 por ciento de aceptación social-, su renuncia responde a la visión política de hombre de Estado, a sus convicciones republicanas y a su responsabilidad institucional. Brasil es un país bien encaminado en todos los sentidos como para que un dirigente cometa la torpeza de echar todo por la borda.

La decisión de Lula es ejemplar para los brasileños, pero también para muchos países latinoamericanos entre los cuales, por supuesto, se encuentra el nuestro. El presidencialismo, el cesarismo, el deseo compulsivo de permanecer en el poder hasta el fin de los tiempos es una constante de la política criolla y de los populismos en general. En Cuba, Fidel Castro ejerce el poder absoluto desde hace medio siglo; en Venezuela, Ecuador, Nicaragua, los mandatarios acomodan las instituciones a su antojo para satisfacer esa ambición de perpetuidad. En su momento, Menem quiso hacer lo mismo que ahora pretende hacer la pareja presidencial. En todos los casos, se invoca el preclaro liderazgo de un hombre, sus especiales condiciones y su capacidad para garantizar presuntas conquistas sociales.

El ejemplo de Lula no es único en la región. En su momento, Patricio Aylwin en Chile se opuso a la pretensión de diseñar una reelección. El propio Ricardo Lagos fue tentado y rechazó la oferta. En Uruguay, Sanguinetti hizo lo mismo. Los presidentes que lo sucedieron: Lacalle y Vázquez no intentaron manipular las instituciones a su favor. Todos, una vez concluido el mandato, regresaron a sus casas, con la frente alta y la satisfacción del deber cumplido.

Nuestra Constitución Nacional permite una reelección. Así lo ha establecido la reforma de 1994 celebrada en nuestra ciudad. En su momento, desde estas columnas, se criticó la convocatoria a una reforma constitucional en la que el afán reeleccionista era su principal objetivo. Las concesiones impuestas por los hechos y las relaciones de fuerza modificaron la norma inspirada por Alberdi en 1853. La concesión no impidió que luego Menem intentara una tercera reelección. En el caso de los Kirchner, el gambito fue más complejo: la pareja matrimonial maniobró para cumplir con las ambiciones que Menem no pudo satisfacer. En todos los casos, faltó la cultura cívica, la grandeza personal y la visión de estadista que suele distinguir a los demócratas de los caudillos populistas.