La vuelta al mundo

Los dilemas de Guantánamo

Rogelio Alaniz

Para los yanquis, Guantánamo ha sido siempre un tema complicado. No es necesario simpatizar con Fidel Castro para admitir que el territorio pertenece a Cuba. La apropiación norteamericana se dio en circunstancias excepcionales, en las que la diplomacia de las cañoneras y la propia corrupción de la clase dirigente cubana de entonces tuvieron mucho que ver.

Como se sabe, Estados Unidos ocupó Guantánamo en 1898 y a partir de 1903 legitimó esa ocupación a través de la controvertida Enmienda Platt. Guantánamo fue desde entonces una franja colonial en el territorio de una nación soberana. Con la revolución comunista, Estados Unidos consideró que la ocupación era a partir de ese momento una causa de Estado. Fidel Castro tuvo la prudencia y el tino necesario para no transformar ese conflicto en un pretexto para una posible invasión.

Hoy, Guantánamo es noticia porque allí funciona un presidio que aloja alrededor de 250 detenidos acusados de terrorismo. El gobierno de Bush fue el responsable de esa decisión. Uno de los argumentos que pretendía legitimar la iniciativa sostenía que se trataba de presos particulares cuyos delitos no podían ser juzgados por un tribunal de EE.UU.

Atendiendo a la “originalidad” del caso se procedió a alojarlos en Guantánamo. Los presos serían juzgados por tribunales militares especiales. Según los líderes republicanos, estos tribunales los constituyeron en su momento dirigentes de la talla de Washington Lincoln, Jackson, Roosevelt y Mac Arthur.

Políticos progresistas de diferentes naciones expresaron sus críticas a lo que se consideraba una grosera violación a los derechos humanos. Guantánamo fue presentado como un campo de concentración. Es más, un destacado dirigente de Amnesty Internacional lo comparó con el Gulag sin prestar atención al detalle que por Guantánamo pasaron en total 750 presos mientras que alrededor de veinte millones de personas vivieron y murieron en el Gulag.

En Estados Unidos, la movilización liberal se fue haciendo cada vez más amplia. Legisladores, activistas de derechos humanos, periodistas transformaron a Guantánamo en una causa justa. Los presos pasaron de la condición de victimarios a la de víctimas. Las fotos y películas exhibiéndolos con sus monos naranjas y sus rostros sufrientes recorrieron el mundo.

Por convicciones o por conveniencias a Obama no le quedó otra alternativa que incorporar el tema a su campaña electoral. Su promesa de cerrar Guantánamo y someter a los presos a tribunales norteamericanos o devolverlos a sus países de origen fue uno de los ejes de su discurso.

Hoy, Obama es presidente y como a cualquier presidente del mundo se le presenta el dilema de compatibilizar sus promesas con la realidad descarnada del poder. Cerrar Guantánamo significa asumir el desafío de resolver la situación de los presos. Trasladarlos a sus países de origen significa que los dejen en libertad en el acto o que los ejecuten en el acto. Ninguna de esas alternativas son aceptables.

Trasladarlos a otras naciones que los reclaman por los delitos allí cometidos tampoco es un trámite sencillo porque la mayoría de esos países se niegan a recibirlos. Para las democracias europeas es una buena causa reclamar por los derechos humanos siempre y cuando ellos luego no tengan que hacerse cargo de las supuestas víctimas. Juzgarlos en Estados Unidos tampoco es tan sencillo como parece.

En principio, habría acuerdo para que cincuenta de los detenidos sean sometidos a esos tribunales. Allí estarían incluidos los responsables de los atentados terroristas contra las Torres Gemelas o contra embajadas o bienes norteamericanos en el extranjero. Pero el resto de los detenidos no sólo no se encuadra en el sistema legal yanqui sino que además habría serios problemas internos para trasladarlo a las cárceles de allí.

¿Encerrarlos en otros penales del mundo? Por ahora, ese penal no apareció. Santa Helena y la Isla de Elba han sido descartadas. El célebre penal de Guayan hoy es un centro turístico.

La opción que queda es dejarlos en libertad. Es probable que algunos de ellos la recuperen, pero lo que importa saber es que estos presos no son inocentes. Sobre cada uno de ellos existen pruebas abrumadoras. El dilema está planteado con tanta intensidad que es motivo de debate incluso entre los propios funcionarios de Obama.

Dana Perino, portavoz de la Casa Blanca declaró los otros días. “Cuando sacás a la gente que tiene un pasado terrorista del campo de batalla no es tan fácil dejarlo ir”. Por su lado, Lawrence Trube sostiene que “no podemos poner a la gente en el calabozo para siempre sin determinar si merecen estar allí”. Robert Gates, actual secretario de Defensa es más sincero: “No sabemos qué hacer con algunos de los detenidos de Guantánamo”.

Las contradicciones, las idas y venidas de Obama en las últimas semanas se explican en este contexto. La poesía de la campaña electoral ahora debe someterse a la rigurosa prosa del ejercicio del poder.

Guantánamo no es una cárcel modelo como dicen los partidarios de Bush, pero tampoco es el infierno que denuncian los opositores. Por otra parte, conviene recordar que ninguna cárcel es un paraíso, que toda cárcel existe para privar de la libertad a las personas y que no es concebible mayor atropello contra la dignidad humana. Si el mundo fuera justo y los hombres, ángeles, las cárceles no tendrían razón para existir. Ocurre que la vida no es así y entonces hay que hacerse cargo de estas realidades.

El derecho ha establecido reglas para ordenar la detención de las personas. Estas reglas descartan las torturas y la condena sin juicio previo. La gestión de Bush ha violado algunos de estos principios. Obama pretende corregirlos, pero la tarea no es tan sencilla. Las dificultades no sólo la ponen los seguidores de Bush sino las propias contradicciones morales de Obama. Él quiere que las cosas se hagan bien, pero ello incluye no sólo el respeto a los derechos humanos sino también la defensa de la seguridad de Estados Unidos. Resolver estas exigencias simultáneas es el gran desafío.

El debate abierto por Guantánamo pone en evidencia una vez más la naturaleza de las sociedades democrática. Sin duda que en Guantánamo se han cometido atropellos. Conviene recordar que las principales denuncias nacieron en el interior del sistema, particularmente del Pentágono.

Así y todo, importa destacar las diferencias. En Estados Unidos, las violaciones a los derechos humanos existen, pero en los despotismos lo que no existe, lisa y llanamente, son los derechos humanos.

Hagamos números. En la actualidad, el ochenta por ciento de las ejecuciones que se aplican en el mundo sin juicio previo ocurre en los despotismos musulmanes. Las dos terceras partes de los presos políticos del mundo están alojados en esas cárceles. ¿Alguien sabe o alguien conoce o alguien escuchó hablar acerca del régimen carcelario y el sistema legal que se aplica en Arabia Saudita, Sudán, Nigeria, o la propia Autoridad Palestina?

Los dilemas de Guantánamo

Los detenidos en Guantánamo son acusados de terrorismo. Las fotos y películas exhibiéndolos con sus monos naranjas y sus rostros sufrientes recorrieron el mundo.

Foto: Archivo El Litoral